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La Coctelera

La otra vida de Lois Lane

Las cien mil miradas

1 Julio 2011

La Victoria

Para Raúl. para París

 LA VICTORIA

Se despierta sobresaltada en mitad de la noche y durante un instante no sabe dónde se encuentra ni quién es la persona que duerme a su lado. Entonces lo recuerda todo y una amplia sonrisa se pinta en su cara. Piensa que si todo está escrito, si nada hay dejado al azar, el destino debe de estar carcajeándose ahora mismo de ella... la chica de la planificación y el terreno seguro, la que nunca había hecho nada ni dado grandes pasos hacia ninguna parte, la que no es espontánea ni sabe sacarle el jugo a la vida... si el destino la está viendo ahora, seguro que, al menos, una risa cómica se escapa de sus hipotéticos labios.

Parece lejano el momento en el que atravesó las puertas del museo y se halló frente a la estatua alada, pese a que apenas han transcurrido unas horas desde aquella misma mañana. Había buscado a propósito y en primer lugar aquella obra, tras madrugar y acceder a un Louvre extrañamente desierto. ‘La Victoria de Samotracia' presidía una escalinata grandiosa, ocupando un espacio de preferencia en la estancia. La había situado como la primera visita de su agenda, como un punto de partida simbólico, un hilo del que empezar a tirar.

Conocía la estatua de la imponente mujer incompleta desde sus días de estudiante, de verla primero en libros y luego, de estudiarla a fondo en sus clases de Arte en la universidad. Quizá porque ella también se llama Victoria, siempre había sentido que esa obra era especial y que algo las unía de algún modo.

Lo extraño era que nunca antes la había visto con sus propios ojos. Ni esa, ni ninguna otra obra de las que ella había estudiado primero, y enseñado como profesora de arte después. Había hecho del arte su profesión, pero no se movió de su sitio. No viajó, no tuvo ningún romance, no avanzó en su vida ni quiso aventuras, y se conformó siempre con ir sobreviviendo, sin darse cuenta de que se iba haciendo cada vez más gris y pequeñita con el paso de los años. Y cuando los 33 se hicieron reales y ella hizo balance, se percató de que no había dado nunca ni un solo paso en ninguna dirección concreta en toda su vida.

Empezó por darse cuenta de que sus ojos jamás se habían posado sobre ninguna de las obras de las que enseñaba y eso la llevó a las lágrimas. De ahí pasó a una reflexión más profunda sobre sus carencias vitales y emocionales y, luego, a la premura de ponerle remedio a todo ello.

En su interior se hizo necesario un cambio. Quiso dejar de estar sola, de ser un personaje triste, de no tener mundo ni experiencias, y en apenas unos días había organizado un viaje por todos los lugares que siempre deseó visitar y nunca se atrevió a abordar sola. Ahora iba a hacerlo, sola, pero decidida. Hizo una pequeña maleta con lo indispensable, gestionó billetes y hoteles y una mañana soleada de marzo cogió el primer avión de su vida, con rumbo a París.

Su primera parada fue el Louvre. Y dentro del museo, ir a ver a la diosa que llevaba su nombre, la Niké griega que tanto había significado para ella en todos esos años. El símbolo de su soledad, de sus carencias, de ese desgarrador sentimiento de estar incompleta. Y allí, parada de pie, con la estatua frente a ella, se desnudó emocionalmente y se reconoció como lo que era: una mujer sin propósitos ni sueños en la vida.

-Es hermosa. Trágicamente hermosa- oyó entonces decir a su lado, en castellano, con un ligero acento eslavo.

Se dio cuenta de que había un hombre a su lado que le hablaba a ella. A esas horas estaban solos en la escalinata y ‘La Victoria de Samotracia' no tenía su habitual círculo de curiosos rodeándola aún. Los madrugadores estaban centrados en correr a ver a la ‘Mona Lisa' o a la ‘Venus de Milo'. La imagen de la diosa Niké siempre se dejaba para después. El folleto del museo en castellano que llevaba en la mano le debía de haber dado la pista sobre su nacionalidad.

-Se llama como yo- dijo ella tras un momento de vacilación por la intrusión del hombre en sus ensimismados pensamientos.

Luego calló y le miró intensamente durante unos segundos que se hicieron eternos, deteniéndose en su mirada gris y serena. Volvió luego a posar su atención sobre la estatua. Parecía dispuesta a atesorar en su mente todas las arrugas de la gasa de piedra que recubría el cuerpo de la mujer alada, mientras sentía su soledad inmensa y sus ojos comenzaban a inundarse con timidez de lágrimas pequeñitas.

-y me siento igual que ella.

No supo porqué había compartido aquello con el extraño, en un susurro ahogado, aunque se sintió reconfortada al hacerlo. Entonces él hizo algo que la dejó paralizada. La hizo girarse lentamente y le pasó los dedos por las lágrimas que empezaban a resbalar por sus pálidas mejillas. Ella lo dejó hacer, entre contrariada y asustada, inundando sus pensamientos con una calidez desconocida hasta la fecha, abrumadora y excitante. Se sintió viva por primera vez en sus 33 años de vida.

-Soy Luka- dijo él -y asumo que tú eres Victoria.

Aún no cree lo rápido que había ido todo. Lo a gusto que se había sentido con Luka desde el momento en que él tocó su cara con las yemas de sus dedos y la hizo sentirse segura. El modo en que él la arrastró fuera del museo y la llevó a conocer los rincones de la ciudad mientras le hablaba de viajes, comidas, anécdotas y de música... Luka era músico, sin domicilio fijo, hábil con todos los instrumentos -aunque prefería el piano-, artista de mil facetas, con conciertos a sus espaldas en escenarios de todo el mundo.

Y Luka, un alma libre y vivida, que podía tener todo lo que quisiera en el mundo, la había elegido a ella para aprovechar sus pocas horas en París. Para redescubrir una ciudad que nunca pensó en volver a pisar, porque allí le había dejado plantado una mujer a la que había querido y despertaba malos recuerdos en su memoria.

-Me dejó donde te he encontrado a ti. Y lloré como tú. Y deseé que alguien calmara mi llanto, limpiara mis lágrimas y me sacara de allí.

-¿Y por qué has vuelto al mismo lugar donde fuiste tan infeliz?- preguntó ella sin entender muy bien que alguien pudiera aferrarse a los recuerdos dolorosos de esa manera, cuando ella siempre había preferido evitar las confrontaciones.

-Porque siempre me gustó esa estatua de mujer sin cabeza y no quise que el recuerdo de una mujer sin corazón me la estropeara. Porque algo bueno tenía que obtener de enfrentarme a los escenarios donde he sido desdichado y porque esta mañana me he despertado sobresaltado por el timbre del teléfono en mi habitación de hotel, avisándome de que mi entrada para el Louvre, que yo no había pedido, estaba en recepción. Habían confundido el número de habitación, pero de pronto no quise sacar al recepcionista de su error y me vestí a toda prisa para recoger la entrada y correr hasta el museo.

El día era espléndido y la compañía de Luka, lo más enriquecedor que ella había conocido en toda su vida. Le contó sus días tristes como profesora y sus ganas de sacudirse el yugo de la mediocridad que la empezó a ahogar una mañana cualquiera, sin previo aviso, y que la obligó a dejarlo todo para buscarse una vida de verdad, de la que luego estar orgullosa o arrepentirse, pero una vida que pudiera saborear y sentir suya. Él, por su lado, le contó su amor por la música, heredada de generaciones de virtuosos y grandes figuras en su Sarajevo natal. Le contó cómo debió dejar la ciudad cuando la guerra le alcanzó, aunque no antes de que el conservatorio cerrara sus puertas por los excesos bélicos y le obligara a trasladarse a Berlín para acabar de madurar y convertirse en alguien que deseaba volar a todas partes y llevar por un mundo que no acababa de comprender su pasión por las melodías que componía, dedicadas a los que dejó atrás y al país que tanto amaba y que se desintegraba poco a poco.

Y cuando ya eran íntimos y se sabían uno del otro, la llevó a comer a un pequeño bistrot alejado del centro, donde probaron sabores de la cocina más tradicional del país, y luego la condujo a un café populoso, donde la hizo sentarse en su regazo frente a un elegante piano de cola, y tocó para ella con sus dedos entrelazados. La hizo reír, la cubrió de flores al borde de las Tullerías y la subió en brazos a lo alto de la Torre Eiffel, donde la besó por primera vez mientras el sol reflejaba la emoción de sus ojos enamorados. Y cuando el día declinaba y la alegría había prendido en el pecho de la mujer como una llama viva, roja y ardiente, la llevó de nuevo al Louvre, frente a la estatua y allí, con un anillo hecho de alambre, pronunció votos de amor eterno que obtuvo, a su vez, de ella, toda lágrimas de alegría y sonrisas. Les hablaba el corazón.

Y así, casados ante ‘La Victoria de Samotracia', que convino en ser su único testigo, se fueron cogidos de la mano hasta la habitación de un hotel donde él la despojó de ropa y tristezas pasadas y la encendió en llamas.

Ahora ella se pregunta sobre las jugadas del destino, mientras acaricia en las sombras la suave piel de los brazos que la rodean amorosamente. Y se regocija ante el error del recepcionista por la entrada equivocada que le había ofrecido a Luka y por la prisa apremiante que él sintió por visitar el lugar de su antigua derrota amorosa.

-Yo también me he sentido como la misteriosa y descabezada Niké. Siempre. Alado e incompleto. Sin rumbo, sin mapa, pese a tener las armas para comerme el mundo. Ahora tú eres mi cabeza... eres mi guía- le había susurrado él antes de caer dormido a su lado, pegando su cuerpo al suyo.

Y ella, que no sabía lo que era vivir hasta ese momento y que siempre se movió cómoda en un mundo gris y plano, supo al instante que él era su victoria y su regalo, su cabeza, sus alas y su vida entera.

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luarsk

luarsk dijo

Un regalo maravilloso....

20 Agosto 2011 | 04:05 PM

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Mil y un puntos de vista para la vida, para las cosas que nos pasan, para esta sociedad en la que vivimos, para nosotros mismos, cómo nos vemos, cómo nos ven... todo tiene puntos de vista diferentes, muchas visiones, miradas para un mismo hecho. Yo quiero abrir mis ojos y ser capaz de ver todas ellas.

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