Angélica

Angélica no suele dormir mucho. Le pasa desde siempre y desde siempre ha sabido muy bien en qué emplear sus horas de insomnio.
De pequeña le gustaba usar el tiempo en que los demás dormían para dibujar, sobre todo a sus hermanos. Se le daba bien y sabía captar los matices de cada uno con trazos precisos y cargados de un talento que no supo explotar del todo con el paso de los años. Reproducía con maestría la soberbia de Marco, la ingenuidad de Pablo y los sutiles matices que diferenciaban los rostros casi idénticos de Mercedes y Cecilia. A ellas las pintaba siempre juntas y sonrientes, como las recordaba de sus primeros años. Luego, cuando Cecilia se fue, seguía dibujando sus caras sonrientes, pese a que llegó un momento en que se fue olvidando de las pequeñas diferencias de ambas y siempre pintaba a Mercedes repetida y falsamente alegre, porque desde que le faltó Cecilia, Mercedes ya no supo reproducir esa alegría en su carita de niña dulce con la que las gemelas habían nacido.
A su padre le pintaba poco, le daba miedo incluso de pequeña. Alguna vez lo intentó pero sin mucho acierto y siempre le temblaba la mano al intentar copiar en el papel sus labios firmes y severos que nunca sonreían o sus ojos claros y fríos, que la miraban como si fuera un insecto. Al pintar a Marco algo de su padre se grababa en su hermano, cada día más parecidos, y con eso se iba conformando la Angélica de ocho años que apenas podía dormir.
A los trece años le dio por matar las horas de sueño escribiendo, aunque nunca se le dio tan bien como luego demostraría Pablo. Escribía historias felices de familias normales donde había un padre y una sola madre, y no tres ausentes y una postiza, y los niños no se morían a los cinco años. Escribía sobre padres generosos y amantes, que sacaban a sus hijos de paseo los domingos y les comparaban chucherías y les reían las gracias. Y Angélica se reflejaba a sí misma en brazos de un padre jovial y despreocupado y de una madre amable y atenta que le hacía sus platos favoritos y le preguntaba qué tal le había ido en el colegio. Y describía hermanos que se querían entre ellos y no estaban distanciados por una brecha de orgullo y odio insalvable, incluso con tan pocos años como los que Pablo y Marco tenían entonces.
Sus historias de familias felices acabaron en la basura cuando, a los quince años, se enamoró de Martín y empezó a escribir sobre la vida real en un diario de tapas rojas que guardaba en un estante escondido de su armario. Conocía a Martín desde siempre, pero una mañana de marzo muy ventosa, cuando salían del instituto, él corrió detrás del gorro de lana que se escapó de su cabeza por efecto de los vientos huracanados que sacudían la ciudad y al devolvérselo la sonrió como si la viera por primera vez. Y entonces ya sólo existió Martín, aunque en silencio y compartido, porque a la vez Mercedes y Pablo también vieron al mismo chico al que conocían de toda la vida y también se enamoraron de él y otra tragedia empezó a sobrevolarles cuando aún no habían olvidado a las madres ausentes y la muerte de Cecilia.
A los 18, aún enamorada pero con la certeza de no ser correspondida jamás, cambió su diario por los estudios y empezó Medicina con muchas ganas y con la seguridad de que en aquello iba a ser buena, iba a destacar y, sobre todo, a sentirse a gusto y correspondida por primera vez en su vida. Y así, mientras Marco se iba distanciando de todos y pareciéndose más a su padre, Mercedes se instalaba cómodamente en el rincón del salón, sentada al piano y Pablo disfrutaba de Martín porque fue él quien se lo llevó finalmente de los tres, Angélica se agazapó en la sombra, y empezó a querer hacerse invisible mientras aprobaba asignaturas y cursos y mataba sus horas de insomnio con términos médicos y libros gigantescos que la apartaban cada vez más de la realidad.
Una realidad que había sido casi normal en los años del instituto, cuando sus hermanos y ella se disputaban cordialmente la atención de Martín y los cuatro tomaban chocolate con churros en una cafetería del centro que pronto convirtieron en refugio en sus batallas adolescentes. Una realidad que se fue fundiendo a negro poco a poco cuando su padre no la dejó irse a estudiar un año al extranjero, cuando perdieron a Martín en un suspiro, cuando Pablo y Marco casi se matan uno a otro y cuando tuvieron que internar a Mercedes que, de pronto, se rompió como una muñeca de porcelana.
Con la licenciatura bajo el brazo y con el control de su padre sobre ella más férreo que nunca, convencido ya de que Angélica era a la única de sus hijos que siempre había podido controlar con facilidad, Fabio le volvió a negar la huída del nido cuando ella quería volar en solitario y acabar de descubrirse. Sin el cobijo de los estudios regulares de la facultad y con el insomnio aún abrasándole el alma noche tras noche, Angélica se decidió a seguir formándose y entró a formar parte del equipo de un minucioso investigador oncológico y allí, por primera vez, se sintió en casa.
Y fue esa la única época feliz de su vida, cuando creyó que era válida por sí misma y nadie la juzgaba. Cuando se miraba en el espejo y no deseaba para sí el carisma de Marco, la belleza de Pablo o el talento artístico de Mercedes. Cuando ella fue importante y le gustaba en quién se había convertido. Cuando tuvo cerca a Luka y el mundo era una explosión de colores y ni las miserias pasadas le podían hacer perder la capacidad de soñar con escapar de su padre y ser libre de sus amarguras.
Incluso llegó a conciliar un sueño plácido y regular en el breve periodo de libertad que supuso su marcha a Budapest después de batallar con un intransigente Fabio, que tuvo que morderse los labios de rabia cuando su hija le anuncio sin reservas que se iba a Hungría a tomar posesión de una vacante en un hospital del Pest por espacio de seis meses, donde podría seguir sus estudios sobre células cancerígenas y donde (esto no se lo dijo a su padre), podría estar con Luka sin que él se entrometiera.
Pero hace ya un siglo que volvió de Hungría o al menos ella lo siente así. Hace un siglo que vuelve a dormir poco y mal, que se despierta en la oscuridad de la noche y sólo piensa en cómo rellenar los huecos. A veces se despierta con un terrible dolor de cabeza que sólo se va si deja caer sobre ella el agua tibia de la ducha o si logra conjurar a sus demonios particulares para que la dejen en paz. Lo del dolor de cabeza es nuevo, eso se lo trajo de Budapest y del recuerdo de Luka que tiene grabado dentro. Ahora cuando se desvela sueña despierta con la niña que ha crecido temiendo a su padre, sintiéndose culpable por querer irse de su lado, mientras el dolor de no haber vivido del todo la empapa y, de nuevo, como una pescadilla que se muerde la cola, la impide dormir y soñar dormida con lo que de verdad quisiera hacer con su vida.
Y piensa que todo puede ir a peor, y si no, mira a la pobre Mercedes, llorando al amor de su vida que no se negó a luchar por ella, sino que se ha muerto, sin ninguna posibilidad de volver y hacerla sonreír de nuevo. Y con lo que le costó a Mercedes volver a sonreír y volver a querer estar viva... sí, todo puede ir a peor, por desgracia, puede ocurrir.


americahb dijo
hay una teoria que dice que nada es tan malo que no pueda empeorar , o mas o menos asi , Teoria del caos la vida de tu personaje Angelica jaja esperemos que mejore
Besos
Gia
6 Junio 2011 | 05:19 AM