–Pasamos tres días y tres noches sin salir de casa, sin dejar de amarnos, como intentando recuperar todas las horas que habíamos perdido en esos diez días de distancia. Todo era luz, color, fuegos de artificio en mi corazón, que volvía a latir con a fuerza de una juventud que yo había sepultado entre libros, evasiones y escondites. Lía era un flor en mis manos y yo un juguete en las suyas… y fuimos felices. Fugazmente felices. Dios… qué tres días más perfectos me regaló la vida…
“La mañana del cuarto día me desperté temprano y decidí salir a comprar algo que rellenara la nevera. Lía se revolvió en la cama y abrió tímidamente sus ojos. Me miró con ternura y me preguntó en un susurro si podía usar mi teléfono para llamar a su hija. La mención de la niña rompió, de algún modo, el hechizo que nos había mantenido despistados y como amnésicos durante los días anteriores. Nos miramos serios hasta que ella rehuyó mi mirada y entonces volví a pensar con la claridad que, quizá, no debería haber ignorado.
“Sus ojos contenían tanta insatisfacción que comprendí, de pronto, que aquello había sido un espejismo, una imposible y quimérica realidad en la que nos habíamos refugiado sin pararnos a pensarlo. Sí, nos queríamos, pero ella no estaba sola y su equipaje lastraba demasiado nuestra hipotética relación, fuese la que fuese. Su niña era su vida, el recuerdo de su hijo muerto la tenía medio poseída y, pese a todo, amaba a ese marido sumido en depresiones y en perpetua baja laboral por el abuso al que sus desalmados alumnos le tenían condenado. No era una vida de cuento de hadas, pero al menos tenía un sentido… la nuestra, nuestra vida en común, no era más que una evasión.
“Le dije que, por supuesto, podía usar el teléfono y me marché. Bajé al bar de la esquina y me ensimismé en todo mi dolor mientras frente a mí se enfriaba un café con leche y dos porras rancias. Ella me quería pero no podía dejar atrás su vida así como así, desentendiéndose de sus obligaciones de mujer casada. Tampoco podía volver al pueblo y borrar de su memoria esos tres días o los anteriores, junto a la puerta del cementerio. La suya era una situación difícil y sin ninguna solución, porque hiciera lo que hiciera, no iba a conseguir encajar en ninguna parte.
“Estaba ensimismado en comprender el laberinto que todo ello suponía para Lía cuando en mi mesa se sentó un hombre que jamás había visto en mi vida. Era negro, enorme, con los ojos verdes tan brillantes que parecían esmeraldas pulidas, un traje de corte exquisito y un olor dulzón y almizclado que, a esas horas y con el estómago vacío, casi me hizo vomitar. Me sonrió mostrando dos hileras de dientes blanquísimos y su rostro dejó de ser imponente para hacerse casi el de un amigo. En seguida me dio seguridad estar a su lado, como si le conociera de antes, como si supiera que él estaba allí para hacerme un favor de amigo.
“Sólo abrió la boca para decirme que podía hacer que mi dolor se fuera, que sólo tenía que pedir y obtendría el anhelo más ardiente de mi corazón. Y, a cambio, sólo debería darle mi alma tras diez años gozando de los placeres que pudieran ocasionarse de mi petición. Pese a lo absurdo del cuadro, te puedo asegurar que supe que decía la verdad y que en ningún momento tuve miedo. Más bien le agradecí a quién fuera su intervención, porque no podía imaginar solución más factible al problema que tenía entre manos.
“Le miré tranquilo. Pensé un segundo en las opciones y decidí, casi al instante, lo que iba a hacer. No sabía que entonces empezaba a morirme. Que firmaba mi sentencia de muerte porque aunque mi hora llegue el domingo que viene, llevo muerto casi diez años. Eso lo tengo muy claro.
“Quiero que ella vuelva a su casa y halle la felicidad con lo que allí tiene. Que aquello sea suficiente, que no se arrepienta jamás de quedarse allí. Que no se mortifique por dejarme. Por favor… le dije.
“Me levanté de la mesa y él me imitó. Me tendió una mano firme que yo estreché sin tiempo para echarme atrás. Mi destino quedó sellado en apenas dos minutos.
“Volví a casa sabiendo que ella ya no iba a estar ni en mi cama ni en mi vida. Me recosté en al cama que habíamos compartido y me empapé de su olor, intentando clavarlo a fuego en mi memoria, para que me durara los diez años que me quedaban por delante, para ayudarme a soportar el dolor de pensar que ella iba a ir convirtiéndose, poco a poco, en un recuerdo: el único recuerdo de una vida de verdad.
“No volví a verla en dos años. Volví por el pueblo a terminar de arreglar la venta de la casa de mi abuela y la vi de lejos. La espié un par de horas mientras comprobaba que no estaba mal, que se había borrado de sus ojos ese lamento mudo que se los velaba en la época en la que la conocí y la amé y volví a Madrid feliz y derrotado al mismo tiempo.
“Desde entonces he tratado de comprender de qué me ha servido todo esto del Pacto que suscribí aquella mañana en una cafetería de mala muerte del centro de Madrid, con un tipo enorme y bien vestido que deseaba mi alma al cabo de una década. He buscado, he tratado de encontrar respuestas y me he desesperado… pero ahora sé que todo eso fue una pérdida de tiempo, porque a parte de encontrarte a ti, no hay ni un solo hilo del que tirar. Y por más que pienso, no logro concebir que nada bueno me vaya a pasar cuando llegue el domingo y ese tipo reclame lo que es suyo… por eso, por eso estoy aquí, sintiendo el contacto de otro ser humano por última vez, diciendo adiós y sabiendo que agoté todas mis opciones.
...queda ya el último capítulo de este macro-culebrón.... jajajja, perdón por la pesadez de las entregas de este panfleto por fascículos...
Holaaaaaaaaa..por aqui la perdida.....feliz de leerte. Besos
No sé si te acordás de mí, pero igual espero hayás tenido un buen inicio de año...
Cuidáte mucho.
Lois Lane me ha emocionado este relato de amor, no se si es real o imaginario pero te felicito, pocos hombres en esa situación actuarían de esa manera,para que una mujer como Lía volvería a su hogar con su familia.
Feliz fin de semana.
Te invito a pasar por mi blog.
Maika luzblanca7
Hola... nos quedamos con las ganas de leer el último capítulo...
Estás bien? Llevas ya un tiempecito sin escribir ppor aquí...
Besos.
Muy buenos escritos.
Un saludo