Krysta percibía la emoción que iba embargando poco a poco el relato de Peio. “Ella fue a buscarle –pensó– , le encontró. La historia pudo haber acabado bien…” Pero algo se había torcido, algo había salido mal y la muchacha, aún acurrucada junto al hombre, aún asombrada por la apertura de aquel extraño para con ella, se estremeció al pensar en cómo la vida se encarga de acabar con toda la esperanza que el amor nos concede.

–La abracé con fuerza cuando me recuperé de la impresión de verla allí, junto a mí, después de haberla dado por perdida, de haberla llorado, de haberla idealizado y haberla subido al pedestal de mis anhelos. Lía estaba de nuevo junto a mí, me había elegido y nada podía hacerme más feliz que su sola presencia encajonada en el hueco de mis brazos, su corazón latiendo cerca el mío, su calor templando mis propios huesos…

Peio volvió a callar. Una lágrima solitaria siguió el mismo curso que otra había tomado apenas unos minutos antes y Krysta, siguiendo un impulso dictado por la ternura que ese hombre le suscitaba entonces, se la borró con un dulce beso en la mejilla. Le abrazó fuerte, le intentó dar ánimos, le susurró palabras de aliento en sus oídos y se quedó allí, en sus confortables brazos, en espera de que el hombre retomara el hilo de sus pensamientos.

–Pero…

“Pero…”, siempre había un pero, siempre pese a todo. La historia no iba a acabar bien, bastaba ver a Peio para saberlo. Krysta se incorporó ligeramente, le tomó del mentón y le miró a los ojos con la seriedad de sus derrotas refulgiendo ávidamente.

–El Pacto.

Las palabras parecieron puñales para Peio, que las desechó con el dolor del golpe haciéndose real en cada punto de su cuerpo.

–El Pacto…– susurró con la voz rota.