Peio cerró sus ojos, manteniendo a salvo el recuerdo de Lía, caliente en sus entrañas, ardiendo en su corazón. La quiso casi desde el principio, por eso de reconocer en sus ojos la mirada de un igual, de aquella que había nacido para completarle. No podía explicar objetivamente la sensación de comodidad, de sentirse en casa, que experimentaba estando con ella, pero sabía que era real, que por ella había estado vagando 35 años sintiéndose extraño en todas partes.

Sintió la tímida mano de Krysta rodeando sus hombros, dándole el consuelo que sabía que ya jamás encontraría en otros brazos. Sintió la compasión de la muchacha rezumando en su leve contacto y se propuso recomponerse. Debía acabar su historia.

–Un par de semanas después de que nos conociéramos, y ya cercanos como amigos del alma, como si siempre hubiéramos estado juntos, mis ideas no podían ser más claras y más confusas a la vez. La quería, la deseaba, pero sobre todo, la respetaba por todo lo que ella era. tenía claro que la amaba, pero no tenía ni idea de lo que hacer con tales sentimientos. No era fácil, no lo fue nunca. En casa tenía una vida y yo no podía ofrecerle nada salvo comprensión, reconocimiento y mucho amor, todo el que nunca antes había entregado a nadie.

“Una tarde especialmente fría en la que me encontraba en mi hotel, pensando en mis opciones para con ella, saboreando los momentos que aquella misma mañana habíamos compartido en la puerta del cementerio, unos pasos vacilantes se detuvieron ante mi puerta. Supe que era ella al instante, presintiendo su desbocado corazón a través de la fina capa de madera que nos separaba. Abrí antes de que ella llamara, antes de que se atreviera, porque se lo estaba pensando, librando en su interior una terrible batalla entre el deber y el querer. Me miró un instante, los ojos tristes, y luego, sin titubear, se echó en mis brazos y comenzó a llorar mientras me besaba y me decía que no podía evitar el estar conmigo.

“Ninguno de los dos había sido nunca más feliz que en aquellas dos horas que estuvimos juntos. Ninguno de los dos sintió tanta devastación interior, tanta tristeza, tanta melancolía por lo que probablemente nunca sería. Lía no dejó de llorar en toda la tarde, pero a la vez se entregó como nunca lo había hecho, se dejó amar con toda mi desesperación y ella, atormentada por los remordimientos, quiso olvidarse de todo entregando su alma por unos instantes, en un intento desesperado por matar su dolor.

“Cuando se fue, cuando el hueco que había ocupado en mi cama empezó a perder su calor, fui yo el que comenzó a llorar. Fui yo el que entonces comprendió el dolor que su alma sentía, su doble traición, su incapacidad para elegir, para firmar un compromiso con ninguna de sus dos opciones. Mi corazón la amaba con toda su fuerza, pero tampoco me veía capaz de hallar una solución y mucho menos después de haber estado en sus brazos o haber comprobado la desolación que aquello le producía.

“De pronto sentí al urgencia de verla de nuevo y aquello me devolvió un poco la cordura. No podía hacerle eso, no podía obligarla a elegir ni arrancarla de su hogar. Me vestí en un ataque de lucidez, hice mi maleta a toda prisa y tomé la carretera que me devolvía a Madrid. Abandoné mi sueño, abandoné toda esperanza de tener un futuro para evitar que ella fuera infeliz a mi lado, echando en falta una parte de su vida que yo jamás podría suplir. Nunca, en toda mi existencia, había experimentado un dolor tan lacerante como el que me acompañó en aquel viaje de vuelta al infierno monótono de una vida sin ella. Nunca había sentido cómo se me desgarraba el corazón, cómo tiraba dentro de mí, cómo me pedía con gritos sordos y angustiosos que regresara a por ella.

“Pero no lo hice. Me mantuve fuerte por lo mucho que la quería. Volví al trabajo, volví a sumergirme en una rutina gris y hermética que me salvaba de volverme loco y que, en cierto modo, me transformaba en un ser que no se permitía ni pensar ni sentir. Ella sólo estaba conmigo por las noches, su recuerdo era mi compañero al acostarme, el olor de su piel, el tacto de sus labios… todo eso era mi refugio nocturno, pero sólo durante las horas de vigilia. Era todo lo que le concedía.

“Diez días después de abandonar el hotel y volver a Madrid me la encontré en el rellano de mi casa al regresar del trabajo. Me quedé paralizado y por un instante no moví ni un solo músculo, conmocionado como estaba por el hecho de volverla a ver en carne y hueso, más allá de las noches eternas que consagraba a soñarla.

“Había venido a buscarme.