Krysta comprendió de pronto la tragedia que Peio intentaba contarle, comprendió que aquel hombre había sido feliz (muy feliz) apenas unos días, todos ellos antes de suscribir aquel maldito Pacto. En cuanto a ella, por desgracia, la única felicidad que había conocido era esa que se disfruta con los pocos años, cuando incluso las desgracias y las carencias se ven minimizadas porque son vistas a través de ojos aún inocentes. La ignorancia la había convertido en una niña feliz y feliz había sido hasta que empezó a ser consciente de que la vida no era el mundo ideal que ella había dibujado a su alrededor.

Peio no estaba disfrutando en absoluto al hacerle partícipe de su historia, pero ambos entendían que se hacía necesario explicar el porqué de su presencia allí, de su camaradería recién descubierta, de los muchos lazos invisibles que, pese a las distancias en todos los aspectos, los habían reunido allí a apenas una semana del final del hombre.

Él necesitaba escribir el capítulo final de su vida, darle sentido a una muerte absurda, compartir sentimientos y experiencias, darle la mano a una personas que podría necesitar ese gesto en el futuro. Ella necesitaba ser instruida, convencerse de que el tiempo que aún le quedaba podía merecer la pena, encontrar algo por lo que luchar.

Pero Krysta ya estaba convencida de sus opciones. Y era muy consciente de muchas cosas acerca de sus fracasos, pero sobre todo, sabía que si en tres años no había conseguido convertirse en alguien mejor, en alguien distinto a la muchacha que fue, ya no había manera de conseguirlo, porque la ciénaga que la engullía estaba muy llena ya de deshechos, y ella ya no tenía fuerzas para salir de allí. Quizá lo hubiera podido conseguir de haber seguido caminos más juiciosos, o tal vez si su deseo hubiera sido otro. Pero deseo algo que podía interpretarse de muchas maneras y, por desgracia, la interpretación que a ella le había tocado fue la peor de todas.

Peio cerró los ojos, saboreando aquel enamoramiento fugaz, lo más importante de su vida gris. Y Krysta supo entonces que estaba ante un hombre excepcional que, como todo, llegaba tarde a su vida. Demasiado tarde.