–La vi… la vi y desde el primer instante supe que ella era quien podría completarme. Estaba llorando en silencio, envuelta en un abrigo de lana marrón varias tallas más grande y con la derrota escrita en los ojos. Era hermosa pese a las lágrimas, o tal vez gracias a ellas. Sus labios estaban torcidos en una mueca de dolor infinito y sus hombros hundidos, como si soportaran todo el peso del mundo.

“La observé desde la distancia, desde la lejanía y el anonimato que ofrecen los desconocidos, y ella ni siquiera se percató de mi presencia durante todo el tiempo que estuve allí. Al cabo de unos minutos creí que debía dejarla sola con su dolor, sola frente a una tumba escarbada en la tierra, sin lápida, con una cruz forjada señalándola y que de pronto me parecía muy pequeña. Y me alejé hasta la puerta, donde me entretuve esperando a que ella abandonara su velatorio y saliera del cementerio. Tras media hora la vi venir hacia la puerta y entonces ella pasó a mi lado, se detuvo, alzó sus ojos enrojecidos por el llanto, pero secos ahora, y me miró.

“Me miró y debió de encontrar algo dentro de mí igual a lo que yo había encontrado en su figura quieta junto a la pequeña tumba. Me miró largo rato, en silencio, sin hacer ningún movimiento salvo un leve parpadeo, y luego pintó su rostro con una sonrisa, la más triste que he contemplado en mi vida. Yo, desconcertado y por primera vez fascinado por otra persona, intenté devolverle la sonrisa y me presenté con cierto temor a romper el hechizo que su presencia silenciosa había impuesto. Pero ella no se desvaneció al hablar, no se arrepintió de haberse parado, y se quedó allí, conmigo, intentando charlar sin que sus penas se traslucieran en una conversación que quería ser vana.

“Ella me reconoció como el nieto de mi abuela y acertó a decir que apenas se acordaba de ella, pero que en el pueblo la habían querido mucho por ser una buena mujer. Después de hablar sobre mi abuela y sobre el pueblo en general, me preguntó sobre la casa y mis intenciones y sobre cuánto pensaba quedarme. Y luego, sin apenas tiempo para reaccionar, dijo que se tenía que ir. Que no podía entretenerse más y que ya nos veríamos. Empezó a andar en dirección al pueblo, sin darme tiempo a ofrecerme a acercarla en mi coche y ya cuando estaba a buena distancia, recordé que no me había dicho su nombre y salí corriendo tras ella. “Lía”, me dijo… “como la primera mujer de Jacob”.

“Lía… me gustó su nombre, me gustó cómo lo pronunció, cómo se le iluminó el rostro con una sonrisa menos triste que las anteriores, como pintada por un rayo de esperanza, por algo que no supe (o no quise) comprender en ese momento. Se alejó con paso vivo, se alejó y se convirtió en una promesa, en algo que yo quería volver a ver, a saborear, a poseer…

“Volví al hotel y estuve toda la tarde pensando en ella. Ese día al levantarme había decidido que el momento de regresar a Madrid había llegado, pero después del encuentro en el cementerio, no pensaba igual. Sólo quería volver a verla y conocerla y ser una persona completa a su lado, tal y como me había sentido mientras hablábamos en la puerta de ese cementerio de pueblo. Y decidí que mi estancia en ese hotel y en el pueblo de mis abuelos se prolongaría tanto como ella marcara, tanto como yo la necesitara o como ella necesitara de mí.

“Volví a buscarla pronto a la mañana siguiente. Pensé en el cementerio como primera opción y acerté. Allí estaba. De nuevo sobre la misma tumba, de pie junto a la cruz de hierro forjado, con su abrigo, su tristeza y sus lágrimas bañándole la cara. Yo esperé a que terminara con un ritual que suponía diario y de suma importancia para ella, y luego, como el día anterior, nos reunimos en la puerta del cementerio. Repetimos el encuentro durante días y nos hicimos amigos y algo más, porque con cada nuevo día nos acercábamos más y descubríamos lo que tanto anhelábamos, lo que ambos llevábamos toda la vida buscando: consuelo, abrigo, un reflejo de nosotros mismos.

"Me contó todo de ella, de su vida triste en ese pueblo que se la tragaba, que no le ofrecía más que días idénticos unos a otros; de su matrimonio carente de emociones, de pasión… aunque no de amor, porque ella quería a su marido pese a todo, le quería con toda su alma y no podía dejar de quererle pese a no ser feliz con él; de sus hijos… el niño que le había nacido con problemas de corazón y que fue frágil y enfermizo toda la vida, hasta que tres meses antes se le había muerto entre los brazos, y la niña a la que había descuidado toda su vida por consagrarse al hijo que ahora no podía dejar de llorar… una vida que le palpitaba en el pecho pero que aún no había vivido hasta el punto de disfrutar, de ser un poquito feliz… un ser idéntico a como yo era entonces.

“En apenas unas horas yo ya estaba enamorado. La quería ya tanto con apenas dos encuentros que hubiera hecho cualquier cosa por ella, por borrar la tristeza de sus ojos para siempre. Por conseguir que ella riera a gusto. Por lograr desterrar sus fantasmas… y ese fue, sin duda, el motivo de que finalmente acabara perdiéndola.