–Cuéntamelo– pidió Krysta con el deseo de saber marcando la inflexión de su voz.
El hombre, sabiendo de repente que tenía que hacerlo, que tenía que compartir su pena y su culpa con ella, pensó por un instante en huir de allí. Volver a sus diez años de soledad y ostracismo. Olvidarse del mundo y esperar el infierno que sobrevendría el domingo. Pensó en huir de aquella voz, de aquel cuerpo, de aquel destino que era gemelo al suyo. Lo pensó mil veces en apenas unos segundos y, pese a obligarse a salir corriendo y olvidarla para siempre, sólo hizo un leve gesto de cansancio y se quedó donde estaba. Y habló, y se lo contó y abrió su pecho para exponer un corazón que seguía latiendo pese a una década de letargo y exilio.
–Me llamo Peio Basabe y tengo 48 años. Soy funcionario, en Hacienda, y vivo aquí en Madrid. He vivido aquí casi toda mi vida, desde que mi abuela me trajo a los cuatro años, cuando mi madre murió y me quedé a su cargo. Fui hijo único y era tan tímido y tan retraído de pequeño, que casi mi único vínculo con el mundo fue mi abuela. En la escuela sacaba buenas notas, en casa ayudaba a mi abuela y pese a no tener mucho amigos, no me consideraba infeliz, aunque sí puedo decirte que siempre sentí que me faltaba algo.
“Fui a la universidad y luego aprobé las oposiciones, ambas cosas sin ningún esfuerzo. Salí con una chica un par de años, pero no había nada especial entre nosotros y, convencido como estaba de que había algo por ahí para mí y que ella no lo era, acabamos por dejarlo, sin mucha pena por ambas partes. Mi vida entonces era bastante rutinaria, y así siguió hasta que cumplí 35 años y mi abuela murió. Me dejó todo lo que tenía, como único pariente cercano que le quedaba, y entre sus posesiones, escondida bajo tres décadas de olvido, estaba la casa en la que nací, donde murió mi madre, la que ella abandonó, cuando no pudo vivir con sus recuerdos amargos, para venirse a Madrid, un lugar mucho más aséptico y ordinario que aquel pueblo alavés donde había vivido toda la vida.
“Te cuento todo esto para que entiendas lo gris que era mi vida, lo perdido que estaba y lo solo que me sentí cuando mi abuela, la única persona importante para mí, se murió. Cuando se leyó el testamento y vi que me había dejado una casa que ya había olvidado, sentí de pronto un deseo irrefrenable de ir allí, de rescatarla del olvido, de volver a mis raíces, las raíces de mi madre, de mi abuela... y tan pronto tomé conciencia de mi deseo, me fui a aquel pueblo que entonces estaba ya medio muerto, con apenas sesenta vecinos, de los casi 500 que tuvo durante la juventud de mis abuelos.
“Llegué un viernes por la mañana y paseé por las calles de aquel lugar, intentando encontrar entre sus casas y rodeado de sus vecinos ese algo que me faltaba, pero tres días después aún seguía escapándose de entre mis dedos. La casa estaba hecha un desastre: treinta años cerrada lo explicaban perfectamente. Me hospedaba en un hostal de un pueblo cercano y desde allí iba todas las mañanas a explorar, tanto la casa como el pueblo y sus alrededores. Entonces, la mañana del cuarto día, cuando visitaba el cementerio en busca de la tumba de mi madre, de pie junto a una lápida que parecía reciente y con el rostro bañado en lágrimas, la vi...
hola!
m presento a un concurso de relatos...puedes leerlo en mi blog, es un minuto...si te gusta, sólo ay k darle al botón de "votar"
gracias!
Nena estoy sobre ascuas.
El relato me tiene totalmente enganchada.
Por cierto, que insatisfacción más grande produce no conocer tu pasado, tus raíces. Y aunque no se sepa, aunque no se diga, el hueco que se lleva dentro produce tristeza.
Sigue, por favor.
Besos
sí por favor!!!!
esto es un privilegio sin duda.
Tres párrafos para una vida... Veamos como sigue.
me he quedado yo tambien enganchada..lo demas queda a nuestra imaginacion verdad????/
Un saludote..
yo