Krysta se sentó abatida a los pies de la cama, lentamente, como si el cuerpo entero le doliera, como si el mero esfuerzo de alcanzar el borde de la cama le estuviera quebrando los huesos. Si el hombre no había logrado ser feliz pese a haber agotado su tiempo ¿qué esperanza le quedaba a ella de alcanzar unas migajas de buena vida? Aquellas horas angustiosas de hacía tres años no habían servido para nada, excepto para sembrar el horror en su familia y para llevarla a 3.000 kilómetros de distancia. Poco más.

Se acordaba de su madre, medio loca, de su hermana Helena, de Luka… y de Ivo, siempre Ivo. El bello y perverso Ivo. Recordaba cuando, de pequeño, se peleaba por ella, de cuando le reservaba las mejores raciones de sopa, de cuando gritaban llenos de júbilo a orillas del lago… y recordaba también la máscara que poco a poco se fue interponiendo entre sus rasgos bondadosos y lo que acabaría siendo, aquella bestia infernal que la sometía, la pegaba y la vendía.

-¿Qué le pediste?

El hombre, hundiendo los hombros, se sentó a su lado. La mirada en los pies, las manos temblorosas, el corazón en un puño.

-Pedí la felicidad de una mujer.