Le caía el agua en gruesos chorretones por la espalda, su pelo empapado era más oscuro que antes de la ducha y él deseo acariciarlo, acariciar sus formas, su suavidad húmeda. Pero se resistió, se convenció a sí mismo que no podía hacerlo, que ya no quedaba tiempo, que ya no era suya. Krysta le miraba con una sonrisa torcida, afeando sus dulces y engañosas facciones de niña buena. Le sonreía taimada y abiertamente, recordándole que el dinero no alcanzaba para comprar su amor, que él no era de esos que ella deseaba a su lado más allá de los 50 minutos contratados.

Era fría y él pobre, una combinación que no daba para mucho, una combinación que les condenaba a no cruzar más sus pasos, a ser dos seres con vidas diferidas. Y eso no hubiera sido ninguna tragedia en otras condiciones, pero lo era, era una tragedia porque él no tenía mucho tiempo y porque había reconocido algo en ella. Sus caricias, sus atenciones y su cuerpo –a 320 euros la hora– le habían hecho saber que dentro de Krysta había algo que él debía tener y debía tenerlo antes de que todo acabara. Lo malo era que el dinero para comprarla de nuevo ya no existía y que en apenas una semana él ya no podría hacer nada de nada. En una semana, por mucho que la idea le paralizara de miedo, él iba a estar muerto.