Intrépida aventurera, arqueóloga de prestigio, lingüista reconocida, analista política de múltiples recursos y contactos… Gertrude Bell fue la mujer más poderosa de su época y una de las más injustamente olvidadas por la historia. Sus hazañas llegan, incluso, a dibujar las fronteras del actual Irak o a la entronización del rey Faisal I. Eclipsada por el que fuera su colega y gran amigo T.E. Lawrence (más conocido como Lawrence de Arabia), pocos saben de la existencia de esta mujer que se sentía a gusto viviendo en un mundo de hombres sin ser nunca menos que ellos.

Gertrude Bell no fue en absoluto una mujer convencional y, pese a todo, no dejó nunca de ser la perfecta dama de exquisita y estricta educación victoriana. Ningún occidental conocía Oriente Medio como ella, no en vano convirtió esas tierras en su verdadero hogar durante más de 20 años, recorriendo todos sus caminos y conociendo a sus gentes. Diplomática como pocos, Bell hizo amistades, incluso, entre las comunidades más violentas y belicosas de los primeros años del siglo XX, como fueron, por ejemplo, los temibles drusos de Palestina.

Afuera convencionalismos
Desde muy pequeña, Gertrude Bell fue sometida a una recia disciplina dada su condición de hija de una de las mayores fortunas de Inglaterra. Eso no evitó, sin embargo, que Gertrude viviera siempre según sus propios designios. Por ello, decide continuar sus estudios, consiguiendo ser la primera mujer que se graduó en Historia Contemporánea en Oxford, con honores, además, y en sólo dos años. Tras su licenciatura, viajó a Teherán, donde su tío, sir Fran Lascelles, era ministro del Imperio Británico. Ese fue el principio de un gran amor entre Bell y Oriente Medio, una zona del planeta que llegó a conocer, amar y comprender como ningún occidental había hecho nunca antes.

La siguiente década la pasó viajando y empapándose de Oriente. Entre sus muchos destinos Bell siempre encontraba ruinas y tesoros arqueológicos que estudiar, fotografiar y catalogar, convirtiéndose en una de las más destacadas personalidades de la arqueología moderna. Esos diez años al servicio exclusivo de sus viajes por Oriente, le permitieron hacer amistad con un buen número de personalidades del lugar como jeques, emires y hasta reyes, a los que ella trataba con la exquisitez de una dama inglesa. Y es que por muy duros que fueran sus viajes y por muy lejos que llegara, Gertrude nunca emprendía una expedición sin un voluminoso equipaje en el que nunca faltaban una tienda, hamacas, una bañera, vajillas y, por supuesto, sus carísimos trajes parisinos, de los que era una acérrima entusiasta.

Útil en la Gran Guerra
Cuando estalló la I Guerra Mundial, Gertrude Bell solicitó ingresar como voluntaria en la Cruz Roja francesa, pero los planes que otros tenían para ella eran mucho más importantes. En noviembre de 1915, convertida en una fuente crucial de información sobre Oriente Medio, es llamada para formar parte de la recién creada Oficina Árabe en El Cairo, donde coincide con el que era su gran amigo, T.E. Lawrence. En este puesto no tiene un cargo oficial, pero su trabajo es incesante: primero organiza y procesa todos los datos sobre la localización y disposición de las tribus árabes que podrían ser aliadas británicas en la guerra, más tarde se une al Comandante Pecy Cox, a quien facilita mapas de la zona que ella tan bien conoce que permiten al ejército británico llegar y tomar Bagdad.

Gertrude Bell fue nombrada secretaria para Oriente del Alto Comisionado Británico cuando sus compatriotas tomaron Bagdad gracias a su ayuda, convirtiéndose así en la primera mujer del ejército británico con un cargo político.

La posguerra siguió manteniéndola en puestos de alta responsabilidad en Oriente Próximo, y sus superiores le encomendaron la laboriosa tarea de estudiar los mapas de Persia, Turquía, Kuwait y Mesopotamia para trazar líneas fronterizas que respondieran al nuevo orden mundial. Sus conclusiones fueron expresadas en la Conferencia de El Cairo de 1921, a la que acudió por deseo expreso de Churchill como experta orientalista y donde se pretendía resolver la presencia de las tropas británicas en la zona.

La creadora de Irak
Hoy en día, muchos expertos en Relaciones Internacionales aseguran que los actuales problemas políticos que atraviesa Irak son fruto de la mano de Gertrude Bell, ya que ella estableció muchas de las directrices del país y ayudó a su creación de forma activa, teniéndose en cuenta muchas de sus opiniones a la hora de trazas sus fronteras y determinar su gobierno. En su defensa puede decirse que Bell siempre advirtió en sus informes que la actual situación se acabaría produciendo, pero que las soluciones aportadas por ella en su día, eran las menos malas en un país con tantas etnias y adscripciones religiosas diferentes.

Después de la Conferencia, Bell trabajó incansablemente para promover el establecimiento de dos nuevas naciones, como resultado de sus estudios de las fronteras orientales: Jordania (hasta entonces Transjordania) e Irak. Su idea es que ambas naciones fueran gobernadas por los reyes Abdullah y Faisal, hijos del emir de La Meca e instigador de las guerras entre árabes y turcos Hussein ibn Ali. La influencia de Bell, además, propició la creación de un Irak habitado por una mayoría chiíta en el sur y minorías sunníes y kurdas en el centro y el norte, respectivamente. Para garantizar el control de los británicos sobre las zonas petrolíferas, se estableció que el gobierno iraquí debería estar en manos de la minoría sunní dado que los chiítas, mayoría en el país, eran considerados un pueblo violento, nómada y de extremismo religioso. “No he dudado ni un momento de que la autoridad final ha de recaer en manos de los sunníes, pese a su inferioridad numérica. De lo contario, el estado teocrático vencería, que es el mismo demonio”, escribió Bell a su padre.

Bagdad, su verdadera patria
Tras el establecimiento de la nación iraquí y la coronación de su amigo Faisal como rey, Gertrude Bell se estableció en Bagdad, en el palacio del nuevo monarca. Durante años actuó como confidente y consejera del rey y tan indispensable era en el gobierno de Irak, que era conocida como ‘Al Khatun’ (algo así como ‘dama de la corte que mantiene abiertos los ojos y los oídos en beneficio del Estado). Suya fue la idea de introducir a los líderes de las diferentes tribus del país

 en el reinado de Faisal, para lograr la adhesión del pueblo.

El rey, absolutamente rendido a Gertrude, la ayudó a lograr el gran proyecto de su vida: el Museo Arqueológico de Bagdad, que crea a partir de su modesta colección personal y que va incrementando con piezas que rescata de manos británicas. Bell fue una audaz defensora de mantener el arte en su país de origen y se opuso efusivamente a los expolios que sus compatriotas llevaron a cabo en muchos países del Oriente Próximo.

En Bagdad se sentía como en su verdadero hogar, como si fuera esa tierra que tanto amaba el lugar que la hubiera visto nacer. De hecho, en su último viaje a Londres se sintió tan fuera de lugar que volvió inmediatamente a Irak. Poco después de este viaje, Gertrude fue hallada muerta en su casa de Bagdad. Se había suicidado con una sobredosis de pastillas dos días antes de cumplir los 58 años. Poco después se inauguraba el Museo que había sido su gran obra. Bell dejó a su muerte un legado artístico impresionante en manos de sus legítimos dueños, los iraquíes, además de numerosas obras publicadas, una rica colección epistolar, innumerables amigos y admiradores y la impresión de que con ella se iba una época que no volvería. La lloraron británicos y árabes y quizá porque nadie publicó sus aventuras, pasó a la historia en silencio, como de puntillas, todo lo contrario que su buen amigo Lawrence de Arabia.