Los ojos se le tornan tristes lagunas. Ha perdido la batalla y se ha quedado completamente sola. La mano del amado ya no tomará la suya, la sonrisa tan querida ya no la reconfortará, el cuerpo conocido no la rodeará.

Un compendio perfecto de inconsciencia y mala suerte se ha llevado a Ángel para siempre. Enfrentarse al mundo sin su apoyo es una empresa imposible, pero lo peor de todo es que Mercedes no sabe por dónde debe comenzar a cimentar su nueva vida sin él. Aún no se le ha ido de la cabeza el rostro aterrado de Ángel cayendo al vacío, abandonando el mundo que ellos habían construido.

Piensa en el siguiente paso que debe dar. Levantarse del suelo, llamar a alguien, deshacerse del insoportable olor a sangre que la está ahogando, quemar el cuerpo destrozado. Huir de allí. De ese lugar y de ese momento.
Quiere llorar. Llorar y gritar y no le sale nada de dentro. Como si ella también estuviese muerta, como si la unión perfecta con Ángel le hubiera arrebatado sus propias sensaciones. Esa empatía tan nuestra, habría dicho él.

Pero él ya no está y ya no podrá decir nada de nada. Ni siquiera que la seguirá amando vaya donde vaya, ni que hubiera querido tener un hijo y llamarlo Rodrigo, como se llamaba su padre. No. Ángel ya no volverá a decirle nada a Mercedes, ni una palabra. Porque él ya está muerto y ella se ha quedado deshecha y confundida, perdida y sola en el terrible mundo de la viudez emocional.

Aún no le ha comenzado a doler la pérdida. De momento sólo puede aferrar en su ánimo la idea cruel de la culpabilidad. Ella le ha matado. No con sus manos, pero sí con su actitud, sus reproches, su conducta infantil. Ella le ha empujado a la muerte y deberá cargar con eso el resto de sus días, ausentes de él. La tragedia perfecta, en palabras del propio Ángel.

El recuerdo de su amado la consume. La quema por dentro y la cauteriza. La deja insensible y por unos instantes se olvida de que debe sentir ese dolor que aún no encuentra. Qué debe pensar, sentir, hacer. Qué puede haber después de eso, después de él.

No se levanta del suelo, no se separa de su cuerpo ya rígido y cubierto de muerte. Pero algo ocurre. De pronto empieza a ser consciente del mundo tal y como lo era antes de perder a Ángel. Vuelve a oír sonidos, a ver las cosas. Oye la sirena de una ambulancia que se acerca con rapidez hasta ellos. Ve a las personas que los rodean, intentando ayudar o sólo con interés de curiosear. Recuerda entonces lo ocurrido. El coche de pronto visible, ese coche que salió de la nada y se llevó a Ángel. Mercedes se ve a sí misma gritando, advirtiéndole, corriendo hasta él. Y el coche matador huyendo sin dejar rastro. Un segundo y una vida liquidada. Ningún culpable al que encarar. Ninguna pista. Sólo un coche veloz y asesino, de color rojo, como la sangre que ahora se escapa del cuerpo del muerto y que mancha el cuerpo de Mercedes, que la ahoga y la repugna. Nada más que eso.

Y ella de pronto recuerda que él iba delante porque habían discutido. Todo por su culpa, por su afán de complicar las cosas, de tener siempre la razón por encima de él. Una discusión gemela a las miles que habían tenido tantas y tantas veces… pero esta vez Ángel perdió. Lo perdió todo.

Mercedes se queda sin respiración y a punto está de perder el sentido. Los golpes de la realidad comienzan a hacer mella en el interior de su cabeza. No puede creer que realmente haya ocurrido todo eso. En menos de diez segundos la vida se le ha derrumbado estrepitosamente… han discutido por celos. Por unos malditos y enfermizos celos que Mercedes no puede evitar sentir hacia un recuerdo que vive alojado en el pasado de Ángel. Sólo es un fantasma, pero es tan poderoso… es como luchar contra molinos de viento…
Y Ángel ha confirmado sus peores temores. Mercedes ha sabido que aún estaba en su corazón, su última palabra ha sido para ella, para la otra. Para la niña de los prados verdes de Cantabria, la que vivió la infancia de Ángel, la que él perdió y lloró.

Duele más la consciencia de la traición que la pérdida del amado. Porque él se ha ido con ella en los labios, con su rival. Mercedes no sabe qué debe llorar primero. Y se desespera y se vuelve loca de dolor y celos. No se le ocurre pensar que ella era la importante, la más amada de las dos. Que Ángel llamó a la otra porque era hacia la que iba. A Mercedes la dejaba, a la otra iba a encontrarla.

Pero la palabra suena lejana e hiriente en sus oídos. Mientras llega la ambulancia y la apartan a un lado, mientras Mercedes se incorpora y se aleja del olor a muerte y del rastro de sangre, ella sólo oye esa última palabra que la aleja por completo de Ángel.
―Nenuca…

*Parece que publico esta historia por fascículos y tan desordenada... (este sería el inico, el prólogo, el primer capítulo)... si quieres saber más, busca entre los post más cosas sobre Ángel y Mercedes.