Para el niño que se crió en los campos de Cantabria
Mañana hace una semana que conocí (bueno, más bien les vi y les toqué, porque conocer ya les conocía) a dos personas maravillosas. Mi peicha y mi Jichi. Fue un día maravilloso y la sensación cómplice, el saber que no éramos extraños desde el principio fue algo extraordinario. A Jichi le dije que todo lo que me contó de su infancia me sonaba a algo qeu yo escribí hace unos años y que forma parte de una historia que está espoerando que algún día le de un final (digno a ser posible). Hoy quiero darles las gracias por todo a esas dos personas que me hicieron sentir entre amigos, a gusto, en casa, y no se me ocurre mejor cosa que dedicarles el humilde escrito de un niño que, a la fuerza pero estusiasmado, pasó su infancia en Cantabria...
Espero que os guste...
Ángel se reía con las cosas de la abuela. Le gustaba sentarse sobre el alto taburete de madera verde y contemplarla mientras ella pelaba los guisantes. Le hacía gracia verla desgranar una a una todas las vainas que el abuelo le había traído por la mañana. Así los días de verano pasaban despacio, agradables, húmedos y casi silenciosos.
La abuela Leonor era muy bajita, muy morena y muy bonita. Aún era bonita a su edad y aún le brillaban los ojos como cuando tenía dieciocho años. Los ojos de la abuela eran los ojos de Ángel, grandes, negros y poderosos. Capaces de hipnotizar y apresar a cualquiera en su hechizo. El abuelo decía que su mujer siempre había sido tenida por bruja en el pueblo, y todo por aquellos ojos de fuego que tenía y que él no podía dejar de contemplar.
Ángel adoraba la montaña, los prados verdes. Las laderas recién segadas y el olor a pastos y a verano. Y a sus abuelos… esos seres misteriosos que sembraban de ilusión el corazón del niño. Dos personas que se quedaban sin nada en septiembre, cuando él regresaba a Madrid a continuar el colegio, a vivir la vida anodina de la ciudad.
Cuando volvía con sus padres se pasaba meses rezando para que el tiempo volara tanto como un avión y pudiera ser de nuevo junio. Deseaba vivir en los prados de Liébana, con sus abuelos, y dejar de sentir la opresión de la ciudad en su cuerpo. Y tanto anhelaba ser libre en los campos, que comenzó a pensar que si lo deseaba con la fuerza suficiente, conseguiría que las cosas cambiaran y que sus cosmopolitas padres decidirían irse a vivir de nuevo a las tierras de la niñez.
El deseo se cumplió cuando Ángel tenía ocho años.
Un día le fue a buscar al colegio una señora que visitaba a su madre con frecuencia. Llegó muy silenciosa y le tomó de la mano. No le dijo nada y Ángel no preguntó. Se dejó conducir sin protestar por aquella mujer alta, vestida de azul y con los ojos tristes. Le llevó a una casa en la que él nunca había estado y allí trató de entretenerle. No contestó a las preguntas del niño y al día siguiente le devolvió a su casa.
La casa había sufrido un cambio. Ya no era el hogar que conocía. Ahora olía a ausencia. Notó que había un gran vacío en las paredes, en los suelos, en las habitaciones… notaba una gran falta… algo que se intensificó al mirar los ojos de su padre. Faltaba ella.
La muerte de su madre cambió su vida. El padre decidió que lo mejor era mandarle con los abuelos. Y así las plegarias confiadas de un niño perdido en la gran urbe se cumplieron de la peor forma posible.
Todos opinaron que era mejor alejar a Ángel de aquel ambiente cubierto de pronto por la muerte. Y los abuelos se lo llevaron tras el funeral a los campos de Cantabria, a Bores, el pueblecito lebaniego que se convirtió en su hogar permanente. Allí donde siempre era feliz y no existía el dolor. Ahora sería siempre verano… ya no se le comería la tristeza y la añoranza del lugar de sus sueños.
Al principio extrañó a su madre. Siempre ocurría cuando llegaba al pueblo. Los primeros días la echaba de menos. Le pedía a la abuela Leonor que le ayudara a escribirle una nota para que ella supiera que todo iba bien. Después de su muerte, Ángel quiso repetir el ritual y la abuela le ayudó con lágrimas en los ojos. Le escribió que allí el colegio era más pequeño y que el abuelo Ismael le había llevado a Potes, a la feria de ganado. La echó de menos un tiempo y luego se olvidó de recordarla. Se acostumbró a la vida sin su madre, como se acostumbraba al olor de los prados o a desayunar con leche recién ordeñada.
El padre visitaba el pueblo de vez en cuando, pero siempre poco tiempo. Rodrigo no buscaba un refugio, no quería ser consolado y por eso evitaba estar cerca de la gente que había conocido y querido a su mujer. Y sobre todo, evitaba al hijo, ese que tenía los ojos de ella, los de la abuela.
Y luego la rutina. Ángel se olvidó de Madrid y de sus días hasta la llegada definitiva al pueblo. Se olvidó de extrañar, de sentir a su madre, de vivir días frenéticos, de acudir a un colegio enorme. Y casi olvidó que su padre existía. Lo olvidó todo y se convirtió en un niño de la montaña, como si jamás hubiera vivido en la ciudad y hubiera tenido unos padres jóvenes y apuestos.
Ahora la vida era la granja, los guisantes junto a la abuela, la feria de ganado y Nenuca.








Maria dijo
Me ha recordado a la sensación que tenia de pequeña, cuando volvía a Valencia después de pasar casi 3 meses en el pueblo de mi padre con mis abuelos...
Simplemente, me ha encantado.
Besets!!
23 Mayo 2007 | 10:27 PM