Amelia Earhart. La leyenda que se perdió en el cielo

Tenía el rostro altivo, el cuerpo de una atleta y el alma cautivada por la aventura. Nadie pudo decirle nunca lo que podía o no podía hacer con su vida. Fue una mujer atípica para ese primer tercio del siglo XX en el que le tocó vivir y sentir, y que hizo suyo a golpe de efecto. Amelia Earhart vivió la era dorada de la aviación, cuando se hacían descubrimientos y se superaban marcas todos los días, marcas que ella siempre conseguía batir con tesón y una voluntad de hierro.
Amelia Earhart desapareció en el cielo justo al cumplir los cuarenta años. Aún era joven, hermosa y aguerrida, pero dar la vuelta al mundo en avión iba a ser su última aventura. Lo había decidido poco antes de su último despegue, ese que la alejó de la tierra para siempre y la encumbró a la leyenda, donde su misteriosa desaparición sigue alimentando teorías sobre lo que realmente les pasó a ella y a su navegante, Fred Noonan, aquella tarde de julio de 1937.
Dicen los que la conocieron que era fuerte, carismática y muy testaruda, cualidades que la llevaron pronto a ser lo que fue: la mujer más reconocida en el mundo de la aviación, cuando éste era un terreno debidamente acotado al género masculino. Y fue decidida, por eso, desde que voló por primera vez a los 22 años supo que aquélla iba a ser su vida. Llamó la atención casi desde el principio, y no sólo por su porte de acróbata alemana, sino por esas ganas suyas de no ponerse límites nunca, de llegar siempre un poco más alto que los demás.
Amelia fue decidida y fue valiente. Tras sus primeros vuelos, en los que ya había hecho caer varios récords de altitud y resistencia, la eligieron para ser la primera mujer en realizar un viaje en avión que cruce el Atlántico. El vuelo se llevó a cabo en 1928, sólo un año después del primer viaje transoceánico, efectuado por Charles Lindbergh (con quien, por cierto, Amelia guardaba un asombroso parecido físico que le concedió el apelativo de ‘Lady Lindy’), y ahí la Earhart fue una mera pasajera, pero fue la primera pasajera mujer, la primera en atreverse a hacer ese largo, pesado y arriesgado viaje (para la época era casi tan peligroso como lo es hoy un viaje espacial). El promotor de tal aventura, George Palmer Puttman, un editor neoyorquino, fue quien la había escogido y quien comenzó a hacer de representante de la intrépida aviadora.
A su regreso a los Estados Unidos, a Amelia sólo le rondaba una idea por la cabeza: intentar el mismo itinerario, pero esta vez pilotando ella su propio avión y hacerlo completamente sola. Desde Lindbergh nadie había cruzado el Atlántico sin escalas en solitario. Ella lo haría y no sólo eso, ya que mejoraría notablemente el tiempo de su colega varón, todo un hito para la época. Para entonces se había hecho tan popular, que en 1935 fue elegida la mujer más conocida de Estados Unidos, sólo superada por Eleanor Roosevelt.
En la cima de su popularidad, Amelia decidió acometer su misión más arriesgada: daría la vuelta al mundo en avión, algo que nadie había siquiera imaginado en aquellos años. Para llevar a cabo semejante empresa contrató a Fredrick J. Noonan, con mucha experiencia en viajes sobre el océano y uno de los mejores ayudantes de vuelo que pudo encontrar.
La primera idea de Amelia era hacer el recorrido del planeta de Este a Oeste, saliendo hacia el Atlántico y regresando sobre las aguas del Pacífico. Pero un accidente en los preparativos les hace retrasarse y varían el itinerario, para evitar la climatología adversa de los monzones. Parten finalmente en mayo de 1939 de Florida.
El viaje discurrió según todos los parámetros previstos hasta despegar de su última escala, Lae, en Nueva Guinea. Fue un 2 de julio, y les separaban 7.000 millas de Estados Unidos, las últimas 7.000 millas después de haber recorrido ya más de 22.000… pero éstas últimas son todas sobre el Pacífico y el peligro es notable. Lo último que se supo de ellos fue una transmisión hablando de la escasez de combustible y luego, el silencio.
Se les buscó con intensidad, incluso por petición expresa del presidente Roosevelt, que puso a disposición de la causa 9 barcos y 66 aviones. Pero todo fue inútil. Como ocurriera con Saint-Exúpery algunos años más tarde, el misterio rodeó la desaparición de avión y ocupantes, sin que nada se supiera de ellos por más empeño que se puso en ello. El autor de ‘El Principito’ fue sacado de las aguas sesenta años después de perderse en ellas, pero de Amalia sigue sin saberse realmente qué le pasó en aquella madrugada de julio. Ella y su copiloto, Noonan, entraron a formar parte de la leyenda negra de la aviación, que se cobró sus vidas en misteriosas circunstancias. Hoy un museo, su loado recuerdo y la idea de echar luz sobre el asunto, aún mueven a numerosos enamorados de Amalia y su bravura en el mundo entero.






nocheenlaciudad dijo
Siempre he sentido una respetuosa admiración por aquellas personas que se sienten libres en la aventura. Ya sea en los helados parajes polares, en los interminables desiertos o en el azul del cielo. Me gustó la referencia a Saint-Ex, uno de mis iconos.
Un saludo.
8 Febrero 2007 | 01:30 PM