Hace poco se publicaba un trabajo con datos escalofriantes: la mitad de los escolares españoles ha sufrido maltratos por parte de sus compañeros en algún momento. Lo que se ha dado en llamar con la voz inglesa ‘bullying’ (algo así como ‘intimidación’) es cada vez más común y, ni siquiera casos como el trágico suicidio de Jokin, el joven donostiarra acosado por sus propios compañeros, parecen cambiar la conciencia de los camorristas escolares.

A mí el tema me toca muy de cerca, porque mi hermano pequeño es, desde hace un par de años, víctima de esta práctica odiosa que puede conmocionar la infancia y la adolescencia de todos los niños que la sufren. Cuando yo era pequeña, podías pegarte con alguien en el recreo, pero jamás se erigieron mafias para robarte el dinero del bocadillo o para mamporrearte la cara así, sin más. Mi hermano es víctima de la camorra adolescente, del terror de instituto que llevan a cabo pandilleros sin escrúpulos y que alimentan su ego y su persona a costa de chavales indefensos, a los que aterrorizan hasta el punto de no querer ir al colegio o, incluso, y como demostró el triste suceso de Guipúzcoa, a quitarse la vida a la temprana edad de 14 años, por el hartazgo al que un niño puede ser sometido a costa de palizas y amenazas.

Y así como sabemos que mi hermano (de 15 años) es víctima del ‘bullying’, sabemos, asimismo, que poco o nada podemos hacer, porque él jamás dará los nombres de los que le están amargando su temprana adolescencia, porque el miedo a la represalia es tal, que se pone azul de miedo sólo cuando es interrogado por los profesores o por su familia. La idea de cambiarle de colegio no nos sirve, en el pueblo sólo hay un colegio y sólo se solucionaría internándole en un colegio a setenta kilómetros, idea que ya estamos considerando... aunque ¿puede ser esta la solución? ¿y si le vuelve a pasar en el siguiente colegio? ¿y si además de afrontar la lejanía familiar ha de tener que soportar más acoso, intimidación y amenazas? Me siento tan impotente al tratar este tema... es tan poco lo que yo puedo hacer por defender los derechos que todo niño (porque mi hermano sigue siendo un niño, un niño bueno, dulce y trabajador, que jamás le ha hecho daño a nadie) ha de poseer por el mero hecho de ser un niño... es tanta la impotencia que se me escapan las lágrimas sólo de pensarlo.

Que infancia y adolescencia no son siempre las etapas claras y limpias que todos esperamos, eso está claro. Pero de ahí a convertirse en negras páginas de sucesos, hay un trecho grande. Y es que podemos hablar de un claro y doloroso fracaso si consideramos que esas personas, esos críos que hoy apalean, roban o amenazan a sus compañeros, mañana serán algo mucho peor (no me atrevo a considerar qué). Y el mayor fracaso de toda esta historia es el fracaso del amor, del compañerismo, de la compasión, que se torna palabra extraña e ininteligible para estos macarras de aula.

Soy reacia a culpar al sistema de todo, pues creo en la capacidad para imponerse al entorno, aunque una ya no sabe ni qué pensar. Porque si te paras a considerarlo, todo carece de sentido... hace 15 años, cuando yo era una cría en edad escolar, nadie quería ser el malo en los juegos, porque el malo era el arquetipo que todos rechazábamos, el que siempre acababa perdiendo... quizá es que en el camino se nos olvidó enseñar algo a los que nos sucedieron, o quizá es todo producto de las lecciones que estos acosadores precoces aprendieron de forma errónea, en casa o fuera de ella, pero en todo caso, ¿cómo lo combatimos? ¿con amor, tacto y dulzura? ¿o con castigos ejemplarizantes y mano dura?