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La Coctelera

Categoría: Sunset Boulevard

Gertrude Bell. Reina sin corona

Intrépida aventurera, arqueóloga de prestigio, lingüista reconocida, analista política de múltiples recursos y contactos… Gertrude Bell fue la mujer más poderosa de su época y una de las más injustamente olvidadas por la historia. Sus hazañas llegan, incluso, a dibujar las fronteras del actual Irak o a la entronización del rey Faisal I. Eclipsada por el que fuera su colega y gran amigo T.E. Lawrence (más conocido como Lawrence de Arabia), pocos saben de la existencia de esta mujer que se sentía a gusto viviendo en un mundo de hombres sin ser nunca menos que ellos.

Gertrude Bell no fue en absoluto una mujer convencional y, pese a todo, no dejó nunca de ser la perfecta dama de exquisita y estricta educación victoriana. Ningún occidental conocía Oriente Medio como ella, no en vano convirtió esas tierras en su verdadero hogar durante más de 20 años, recorriendo todos sus caminos y conociendo a sus gentes. Diplomática como pocos, Bell hizo amistades, incluso, entre las comunidades más violentas y belicosas de los primeros años del siglo XX, como fueron, por ejemplo, los temibles drusos de Palestina.

Afuera convencionalismos
Desde muy pequeña, Gertrude Bell fue sometida a una recia disciplina dada su condición de hija de una de las mayores fortunas de Inglaterra. Eso no evitó, sin embargo, que Gertrude viviera siempre según sus propios designios. Por ello, decide continuar sus estudios, consiguiendo ser la primera mujer que se graduó en Historia Contemporánea en Oxford, con honores, además, y en sólo dos años. Tras su licenciatura, viajó a Teherán, donde su tío, sir Fran Lascelles, era ministro del Imperio Británico. Ese fue el principio de un gran amor entre Bell y Oriente Medio, una zona del planeta que llegó a conocer, amar y comprender como ningún occidental había hecho nunca antes.

La siguiente década la pasó viajando y empapándose de Oriente. Entre sus muchos destinos Bell siempre encontraba ruinas y tesoros arqueológicos que estudiar, fotografiar y catalogar, convirtiéndose en una de las más destacadas personalidades de la arqueología moderna. Esos diez años al servicio exclusivo de sus viajes por Oriente, le permitieron hacer amistad con un buen número de personalidades del lugar como jeques, emires y hasta reyes, a los que ella trataba con la exquisitez de una dama inglesa. Y es que por muy duros que fueran sus viajes y por muy lejos que llegara, Gertrude nunca emprendía una expedición sin un voluminoso equipaje en el que nunca faltaban una tienda, hamacas, una bañera, vajillas y, por supuesto, sus carísimos trajes parisinos, de los que era una acérrima entusiasta.

Útil en la Gran Guerra
Cuando estalló la I Guerra Mundial, Gertrude Bell solicitó ingresar como voluntaria en la Cruz Roja francesa, pero los planes que otros tenían para ella eran mucho más importantes. En noviembre de 1915, convertida en una fuente crucial de información sobre Oriente Medio, es llamada para formar parte de la recién creada Oficina Árabe en El Cairo, donde coincide con el que era su gran amigo, T.E. Lawrence. En este puesto no tiene un cargo oficial, pero su trabajo es incesante: primero organiza y procesa todos los datos sobre la localización y disposición de las tribus árabes que podrían ser aliadas británicas en la guerra, más tarde se une al Comandante Pecy Cox, a quien facilita mapas de la zona que ella tan bien conoce que permiten al ejército británico llegar y tomar Bagdad.

Gertrude Bell fue nombrada secretaria para Oriente del Alto Comisionado Británico cuando sus compatriotas tomaron Bagdad gracias a su ayuda, convirtiéndose así en la primera mujer del ejército británico con un cargo político.

La posguerra siguió manteniéndola en puestos de alta responsabilidad en Oriente Próximo, y sus superiores le encomendaron la laboriosa tarea de estudiar los mapas de Persia, Turquía, Kuwait y Mesopotamia para trazar líneas fronterizas que respondieran al nuevo orden mundial. Sus conclusiones fueron expresadas en la Conferencia de El Cairo de 1921, a la que acudió por deseo expreso de Churchill como experta orientalista y donde se pretendía resolver la presencia de las tropas británicas en la zona.

La creadora de Irak
Hoy en día, muchos expertos en Relaciones Internacionales aseguran que los actuales problemas políticos que atraviesa Irak son fruto de la mano de Gertrude Bell, ya que ella estableció muchas de las directrices del país y ayudó a su creación de forma activa, teniéndose en cuenta muchas de sus opiniones a la hora de trazas sus fronteras y determinar su gobierno. En su defensa puede decirse que Bell siempre advirtió en sus informes que la actual situación se acabaría produciendo, pero que las soluciones aportadas por ella en su día, eran las menos malas en un país con tantas etnias y adscripciones religiosas diferentes.

Después de la Conferencia, Bell trabajó incansablemente para promover el establecimiento de dos nuevas naciones, como resultado de sus estudios de las fronteras orientales: Jordania (hasta entonces Transjordania) e Irak. Su idea es que ambas naciones fueran gobernadas por los reyes Abdullah y Faisal, hijos del emir de La Meca e instigador de las guerras entre árabes y turcos Hussein ibn Ali. La influencia de Bell, además, propició la creación de un Irak habitado por una mayoría chiíta en el sur y minorías sunníes y kurdas en el centro y el norte, respectivamente. Para garantizar el control de los británicos sobre las zonas petrolíferas, se estableció que el gobierno iraquí debería estar en manos de la minoría sunní dado que los chiítas, mayoría en el país, eran considerados un pueblo violento, nómada y de extremismo religioso. “No he dudado ni un momento de que la autoridad final ha de recaer en manos de los sunníes, pese a su inferioridad numérica. De lo contario, el estado teocrático vencería, que es el mismo demonio”, escribió Bell a su padre.

Bagdad, su verdadera patria
Tras el establecimiento de la nación iraquí y la coronación de su amigo Faisal como rey, Gertrude Bell se estableció en Bagdad, en el palacio del nuevo monarca. Durante años actuó como confidente y consejera del rey y tan indispensable era en el gobierno de Irak, que era conocida como ‘Al Khatun’ (algo así como ‘dama de la corte que mantiene abiertos los ojos y los oídos en beneficio del Estado). Suya fue la idea de introducir a los líderes de las diferentes tribus del país

 en el reinado de Faisal, para lograr la adhesión del pueblo.

El rey, absolutamente rendido a Gertrude, la ayudó a lograr el gran proyecto de su vida: el Museo Arqueológico de Bagdad, que crea a partir de su modesta colección personal y que va incrementando con piezas que rescata de manos británicas. Bell fue una audaz defensora de mantener el arte en su país de origen y se opuso efusivamente a los expolios que sus compatriotas llevaron a cabo en muchos países del Oriente Próximo.

En Bagdad se sentía como en su verdadero hogar, como si fuera esa tierra que tanto amaba el lugar que la hubiera visto nacer. De hecho, en su último viaje a Londres se sintió tan fuera de lugar que volvió inmediatamente a Irak. Poco después de este viaje, Gertrude fue hallada muerta en su casa de Bagdad. Se había suicidado con una sobredosis de pastillas dos días antes de cumplir los 58 años. Poco después se inauguraba el Museo que había sido su gran obra. Bell dejó a su muerte un legado artístico impresionante en manos de sus legítimos dueños, los iraquíes, además de numerosas obras publicadas, una rica colección epistolar, innumerables amigos y admiradores y la impresión de que con ella se iba una época que no volvería. La lloraron británicos y árabes y quizá porque nadie publicó sus aventuras, pasó a la historia en silencio, como de puntillas, todo lo contrario que su buen amigo Lawrence de Arabia.

Lisboa. La vecina por descubrir (express version)

Dicen que Lisboa es la dama decadente de Europa. Pero no te engañes, porque en esta ciudad que pone punto y final a Europa hay mucho por descubrir. Tanto que es mejor que te prepares a fondo el viaje, porque el destino se lo merece. Aquí podrás disfrutar de la ciudad que renació de sus cenizas, tras el devastador seísmo de 1755, rediseñada al completo por el Marqués de Pombal, pero también de la Lisboa que sobrevivió, la ciudad alta, la Alfama, que conserva el sabor más ancestral de Portugal o de la más moderna de todas ellas, la que surgió de la Expo 98, cuyo legado se llama Parque das Nações y es un mundo aparte.


La ciudad a orillas de Tajo tiene innumerables puntos visitables, como sus amplias plazas, sus calles rectas y anchas, sus edificios diseñados casi de forma idéntica… más arriba, en la Alfama, el pasado te envuelve y son imprescindibles las visitas al Castelo de Sao Jorge, la Se, los numerosos miradouros, Sao Vicente de Fora… tampoco has de dejar de acudir a tu cita con el monumento más emblemático de todo Portugal: la Torre de Belém, en el barrio del mismo nombre, besada por el Tajo y a escasos metros de uno de los mejores ejemplos de arte manuelino: el monasterio de los Jerónimos.

La Expo 98 dejó un impresionante legado en el Parque das Nações, al este del centro de la ciudad, que representa lo opuesto a Bélem, es decir, un recinto ultramoderno que alberga el segundo oceanográfico más grande de Europa, un enorme centro comercial, parque de atracciones, paseos por el río y zonas para conciertos. Es como sumergirte en una ciudad totalmente distinta, moderna, abierta y cosmopolita.

La vida nocturna lisboeta es tan animada como la diurna. De día las calles de la urbe están plagadas de eventos culturales que visitar y disfrutar: museos, actuaciones en plena calle, monumentos imprescindibles… de noche, Lisboa se vuelve punto de encuentro de los que buscan diversión: las orillas del Tajo se han vestido de modernidad, y ahora son las que acogen los locales más de moda de la ciudad: pubs, bares y discotecas de los más variados estilos donde nadie sale insatisfecho. 

Si eres de los que no le hacen ascos a las tradiciones, entonces no debes irte de Lisboa sin visitar una de sus muchas Casas de Fados, situadas en la Alfama y en el Chiado y donde la música se convierte en poesía en boca de cantantes de leyenda.

NO DEJES DE VISITAR
-Los diferentes barrios lisboetas (el conjunto, totalmente disparejo, deja una impresión increíble en el turista).
-La mítica Torre de Belem, el símbolo de la ciudad y del país entero.
-El Parque das Nações por su amplia oferta lúdica… necesitarás un día o dos para recorrerlo entero.
-Subir a la Alfama en el 28, el mítico tranvía que sube al barrio alto: no debes abandonar Lisboa sin subirte a este medio de transporte, cargado de aires del pasado y que identifica a la ciudad en todo el mundo.



Adios, Mrs. Kerr

En la época dorada del Hollywood clásico gustaban mucho las pelirrojas: Rita Hayworth, Ivonne de Carlo, Maureen O’Hara… mujeres temperamentales y de carácter con tanto fuego en el corazón como en la cabellera y que llenaron la pantalla con su belleza y su talento en las décadas de los cincuenta y sesenta. A su lado, más discreta y de flema muy británica, Deborah Kerr, una escocesa educada bajo parámetros militares, fue la excepción a la regla: más a gusto en segundos planos y de temperamento dulce y sosegado, esta hermosa actriz nos regaló alguno de los momentos más importantes de la historia del cine.

El martes moría a los 86 años, dejando un vacío enorme en el corazón de los amantes del buen cine. Sufría de Parkinson y el mal le acabó ganando la partida después de una lucha de más de siete años contra esta terrible enfermedad. Para el recuerdo nos deja verdaderas obras de arte, personajes que nos cautivaron el corazón, momentos imperecederos que siempre acompañarán nuestros recuerdos en cinemascope, las historias de amor más arrebatadoras… nos deja un pedacito de cielo en cada una de sus interpretaciones.

Deborah Kerr nació en 1921 en Helensburg, Escocia. Hija de un militar héroe de la Primera Guerra Mundial, Deborah creció como una niña tremendamente tímida que tomó lecciones de interpretaciones por consejo de su tía, para conseguir abrirse un poco más desde el punto de vista social. En estas clases demostró lo versátil que podía ser en escena, algo que luego la haría merecedora de elogios en el populoso mundo de Hollywood. Y es que Deborah era una excelente actriz desde muy temprana edad. Por eso, a los 20 años y con sólo algunas representaciones teatrales a sus espaldas, un productor de cine se fijó en ella y le ofreció un papel en la película ‘Mayor Barbara’, donde compartía cartel con una de las estrellas del momento: Rex Harrison. Su interpretación fue tan acertada que pronto comenzó a trabajar a pleno rendimiento para el cine británico, encadenando éxitos como ‘Hatter´s castle’, ‘El coronel Blimp’ (considerada por la crítica como una de las diez mejores películas de la historia del cine británico), ‘Separación peligrosa’ o ‘Narciso negro’.

El interés hollywoodiense no se hizo esperar y la Metro Golwyn-Mayer le ofrece un contrato que no puede rechazar. En América comienza para Kerr una época tan dorada como la que vive el cine en esos momentos. Acepta trabajos en películas como ‘If Winter comes’, ‘The Hucksters’, ‘Edward, mi hijo'… se convierte en heroína del cine de aventuras en Las minas del rey Salomón o El prisionero de Zenda (ambas con Stewar Granger) y en mártir cristiana en Quo Vadis?.

Deborah Kerr cumple a la perfección con todos sus papeles, pero busca un cambio, busca demostrar que no es la perfecta dama, la remilgada y virginal heroína, la pulcra damisela… y entonces llega el momento de demostrar esa versatilidad que adquirió en los escenarios británicos. Como caído del cielo le llega a las manos el guión que va a cambiar su encasillamiento por reconocimientos varios: una historia basada en el bombardeo de Pearl Harbour en la que ella deja de ser la perfecta ama de casa para pasar a vivir un tórrido romance con un oficial, pese a estar casada… es De aquí a la Eternidad donde protagoniza uno de los besos más famosos de la historia del cine, junto a Burt Lancaster y que, en su día, rozó muy de cerca el escándalo. Su papel en esta cinta le abre todo un mundo nuevo de posibilidades: ahora puede ser la mujer que quiera: fría, fatal, pasional, remilgada, sensual, aventurera, virginal, cínica, libre… nace una nueva estrella de la antigua con más brillo si cabe. ‘Julio César’, Vivir un gran amor, ‘El rey y yo’, ‘Té y simpatía’, ‘Sólo Dios lo sabe’,Tú y yo, ‘Mesas separadas’, Buenos días, tristeza, ‘Días sin vida’, ‘Otra vuelta de tuerca’, ‘La Reina Virgen’, ‘Tres vidas errantes’, ‘Página en blanco’,Sombras de sospecha, La noche de la iguana, Casino Royale… los cincuenta y sesenta fueron ciertamente productivos para una mujer que salvó con extrema elegancia todos los papeles que le pusieron sobre la mesa. Hizo comedia, cine romántico, de aventuras, thriller, cine social… y así, poco a poco, fue escribiendo una de las páginas más brillantes de ese Hollywood que no consiguió engullirla del todo.

Trabajó con los mejores directores de la época (Otto Preminger, Joseph L. Mankiewicz, John Houston, Fred Zinnerman, George Cukor, Stanley Donen…) y tuvo como compañeros de reparto a actores de la talla de Janet Leigh, Clark Gable, Ava Gardner, Marlon Brando, Cary Grant, Gary Cooper -con quien compartió cartel en la última película del actor-, David Niven, Rita Hayworth, William Holden, Frank Sinatra, Montmomery Cliff, Jean Simmons, Robert Mitchum, Richard Burton… y muchísmos más.

Se casó dos veces, tuvo dos hijas, se trasladaó a vivir a Suiza, hizo de Marbella su ciudad favorita durante los inviernos y tuvo una vida larga y plena, cargada de éxitos profesionales. Una de esas cosas del destino que disgustan a todos los buenos cinéfilos, es que la Academia no le otorgara ninguno de los seis Oscar a los que optó a lo largo de toda su carrera, aunque sí le entregó uno Honorífico en 1994, reconociendo los méritos de una mujer talentosa y trabajadora como pocas.

El martes nos dejaba después de 86 años de vida y de dejar una de las huellas más intensas en la historia del séptimo arte. Los cinéfilos la recordaremos siempre con sus ojos grandes, siempre cargados de mensajes, su sonrisa dulce, sus maneras suaves y su enorme talento. Se nos ha ido una más… qué poquitos de entonces nos van quedando…

Os dejo con LA ESCENA, con EL BESO… ese BESO.

EL aristócrata de los cielos

El nombre más famoso de los anales aéreos de la I Guerra Mundial es, probablemente, el de Manfred Friher von Richthofen, aunque dicho así no le suene a casi nadie. Se trata del nombre real del legendario y temido Barón Rojo, un mito que inspira cierto romanticismo, un personaje único e irrepetible.

La suya es la historia de un invencible piloto, amable con sus enemigos y que seguía un estricto código de honor, producto quizá de su estricta educación prusiana. Todo un caballero andante de los cielos europeos en una época en la que las batallas aún podían entenderse en términos muy alejados de la guerra total, de atrocidades y fanatismos.

Mandred von Richthofen nació un 2 de mayo de 1892 en Breslau, hoy territorio polaco y entonces prusiano. Como buen aristócrata que era se ejercitó en la carrera militar desde muy temprana edad, ingresando en la caballería y alcanzando muy pronto el grado de teniente. El estallido de la I Guerra Mundial hizo brotar en él un carácter temerario que cerca estuvo de costarle la libertad al estar a punto de caer en manos rusas y francesas y que le impulsaba, incluso, a cargar en solitario contra el enemigo. Pero poco tiempo después quedó muy claro que esa guerra recién comenzada no necesitaba de la caballería. El mundo evolucionaba y la contienda también, así que von Richthofen, relegado a un puesto burocrático, decidió acomodarse a los nuevos tiempos que corrían y probar un nuevo arma: la aviación.

Cuentan que al principio no era un piloto con mucha técnica, pero muy pronto demostró que era un aviador con unas habilidades innatas y una visión extraordinaria y aguda, que poseía un cierto olfato para entrar en acción. Es más, no le importaba tentar a la suerte, y así nació su leyenda, cuando, en un nuevo ataque de temeridad, decidió pintar su avión de un llamativo color rojo. Las victorias le acompañaban y tanto es así que pronto estuvo al mando de una unidad de cincuenta hombres. Éstos, rendidos absolutamente a sus pies, no dudaron en pintar sus avisones de los más llamativos colores en comunión con su comandante, naciendo así el legendario ‘Circo Volante’.

La historia le ha colocado en un puesto de auténtica excepción, respetado por todos. Y es que la suya fue una vida irrepetible, en una época en la que la esperanza de vida para un piloto era de tres semanas, él sobrevivió a 80 misiones. Y no hay que olvidar que aprendió a volar cuando iba a cumplir los 24 años de edad y murió antes de alcanzar los 26. Derribó su primer avión en abril de 1916 y para enero del año siguiente ya era el piloto vivo con más victorias en la aviación alemana, al que los británicos pusieron precio con una recompensa por su muerte de 5.000 libras.

No hay duda de que la suerte estaba de su parte, aunque fatalmente le abandonara en la última ofensiva del ejército alemán, un dato que alimenta la leyenda negra del Barón. Dicen que ese día, el 21 de abril de 1918, Manfred se sentía tan pleno de confianza que desafió una inquebrantable superstición que tenían los pilotos de su escuadrón: no fotografiarse nunca antes de una misión. Fue abatido y cayó en suelo enemigo, donde se le enterró con honores militares, demostrando hasta dónde le precedía su fama de honorable y caballeroso.

Sigues igual, Javier

Ayer volví a ver a Javier, pero sólo de lejos, de pasada. Él no me vio y casi lo agradecí porque es muy charlatán y yo no lo soy menos y, así, con la claridad que da la distancia, juraría que iba con prisa (como siempre). Hace ya unos meses que no coincidimos, que no nos paramos a conversar y analizar las dolencias culturales del mundo y, francamente, me gustaría remediarlo, porque pese a sus acelerones normales, siempre es un placer charlar con él.

Ayer pasaba cerca de mi calle. Iba poco abrigado para las horas que era -un fino jersey de entre tiempo- y llevaba esos andares desgarbados que son su seña de identidad. En su regazo llevaba, como es tan habitual, su legajo de periódicos, esos que él gestiona y distribuye así, a pie y a cuestas, disfrutando de la calle y de la gente. Iba acompañado y como siempre, parecía feliz. Me recordó al Javier de hace un año… pese al premio, pese a que ahora podría estar firmando ejemplares de best-seller en librerías y grandes superficies comerciales; pese a que podría ser una figura… pese a todo sigue siendo el hombre que se pasea con el periódico ‘Campus’ bajo el brazo, con paso apresurado y las ideas muy claras, como el Javier de hace un año, exactamente igual.

Javier habla muy deprisa, le gusta pasarse la mano por su perilla, viste su ropa sin preocupaciones y, a veces, es difícil de seguir. Pero Javier es una de esas pocas personas de este mundo que siempre adorna su cara con una sonrisa y que pinta en sus ojos la idea del optimismo las más de las veces. Ayer seguro que así era el Javier de hace unos meses, porque en la lejanía yo le imaginé así, que es como le tengo patronado en mis memorias.

Fui consciente al verle ayer de que realmente me hubiera gustado pararle y llevarle a alguna tasca cercana -la del zamorano, por ejemplo- y sentarle delante de una caña y unas aceitunas y dejarle hablar. Dejarle que me contara cómo le van las cosas, cómo lleva lo de la casa rural, cómo está su niño, cómo sus escritos de medianoche. Y preguntarle por sus novelas, las que encierra en ese cajón que todos los escritores de escodite tenemos bajo la mesa de trabajo. Y preguntarle por la marcha de su hija más querida, la novela que triunfó, la que le pudo llevar muy alto. “Eres tú el que primero tiene que tener fe en tu obra. Tienes que convencerte de que has hecho algo bueno y has de saber venderlo, sin perder la esperanza, llevando tu obra a todas partes, sin desfallecer”… es su idea de la vida literaria… y yo ahora me pregunto… ¿y si después de llevar tu novela a todas partes, de conseguir hacerla llegar a lo más alto, si después de todo, lo que añoras es lo que eras antes?... ¿es eso lo que te pasa a ti?????

O es que no te dejaron continuar, que te pararon los pies cuando sacaste a tus hijas menores del cajón… ¿mereció la pena no quedar segundo por una vez? ¿mereció la pena llevarte el premio, pese a que la caída desde las altura suele doler más? Si buscáis al vencedor del Premio Azorín de Novela (el segundo de más prestigio de la editorial Planeta, después del que lleva su propio nombre) veréis la obra de Javier … su hija, que ya está en la segunda edición. Ganó el premio, lo recogió y luego regresó a León… Javier es así. Y sigue siendo así.

Espero verlo de nuevo muy pronto. O quizá le dé un toque, o le escriba un correo… ahora necesito de su experiencia porque en abril saldrá mi hija al mundo. En abril tendré que clavarme las uñas en el corazón, la niña verá la luz por fin y yo dejaré la protección, la cáscara de nuez en la que vivo laboralmente… mes de cambios. Qué miedo.

Antes de acabar... os remito el artículo que escribí en su día sobre él... sobre el gran Javier.

Javier Pérez
el triunfo de la constancia

Se define a sí mismo como una persona trabajadora y tenaz -“contumaz, si quieres”, matiza riendo-, de propósitos firmes y absolutamente convencido de lo que hace. “Eres tú el que primero tiene que tener fe en tu obra. Tienes que convencerte de que has hecho algo bueno y has de saber venderlo, sin perder la esperanza, llevando tu obra a todas partes, sin desfallecer”. Es así como ha logrado una hazaña reservada a unos pocos elegidos: ‘La crin de Damocles’ se alzó hace unas semanas con el prestigioso Premio de Novela Azorín 2006, que le ha permitido ver su novela en los escaparates de todas las librerías de la mano de la todopoderosa Editorial Planeta.

Cuenta Javier que no se acuerda de lo primero que le pasó por la cabeza cuando le nombraron ganador del premio. “Me habían dicho que era recomendable que estuviera presente cuando se hiciera público el Azorín. Fui allí y fue todo de locos: empezaron a hacer descartes de entre los diez finalistas, hasta que sólo quedamos dos”. Afirma saber lo que es llegar a una final y estar muy cerca de conseguir el objetivo, “ya he sido finalista en varias ocasiones y no pensé que fuera a ser yo el ganador porque no tengo nombre ni contactos, pero ya ves, no se cumplieron las previsiones y al final me lo llevé”. Ahora, este escritor bañezano, que lleva esgrimiendo la pluma desde los 14 años, ve ‘La crin de Damocles’ publicada y al alcance del público de todo el país. “No siempre consigues tus propósitos para lo que consideras que es tu mejor trabajo, pero estoy muy contento”.

Dice tener otras seis novelas guardadas en el cajón, donde se dejan los objetivos que no lograron llegar al puerto deseado, pero que siempre paseó “de concurso en concurso, sin perder nunca la constancia”. Javier escribe por las noches, cuando acaba con las obligaciones que le unen a la revista ‘Campus’, la más antigua de su categoría de todo el país y de la que él fue presidente. “Me suelen dar las cinco de la mañana escribiendo porque todos los días tengo cosas que contar”. De tan profunda dedicación le salen las cuentas de más de quinientos cuentos, las seis novelas anteriormente referidas, poesías a cientos, más de medio millar de artículos periodísticos, colaboraciones en diversos medios… este autor imparable, que no puede vivir sin escribir, es inasequible al desaliento: “soy el yunque que desgasta los martillos”, declara satisfecho.

Y promete no cambiar ni un ápice pese a los laureles y mieles que hoy saborea. “No se puede vivir exclusivamente de la literatura si no eres uno de los grandes, así que hay que seguir trabajando y escribiendo a diario”. Se considera antes escritor que “publicador”, con la meta puesta en seguir teniendo cosas que escribir, más que en la ocasión de publicarlas. Considera la tenacidad y la coherencia como virtudes indispensables para cualquier autor y no se muerde la lengua al afirmar que “el defecto que se le debe perdonar a todo escritor es la mentira, con la que se construyen grandes historias”.

Se documenta concienzudamente porque sabe que la base de cada una de sus novelas y cuentos está en que las piezas encajen perfectamente. “No soy de los que escriben con el corazón, ese tipo de obras no me salen. Yo hago historias que cuenten algo, como en ‘La crin de Damocles’, una novela negra que transcurre en la Alemania de los años veinte, una época absolutamente fascinante y tan poco explotada”. Le cuentan desde la editorial que las ventan van muy bien y que ya están preparando segunda edición, “después de esto, lo único que me da miedo es volver a quedarme en el ámbito local, espero que el Azorín me sirva para dar un paso hacia delante”.

‘La crin de Damocles’ o de cómo un solo hombre mantiene el orden interno en la Alemania de entreguerras.

Los extraños, convulsos, oscuros y trascendentales años veinte suponen el escenario temporal de la obra de Javier Pérez, que ha elegido el estilo negro para contar una historia que tiene lugar en Munich. Allí, en medio de una crisis económica y social sin precedentes, el comisario de asuntos políticos Müller acaba de detener al líder nazi, Adolf Hitler, tras su intento de golpe de Estado y el robo de varios billones de marcos del Banco de Alemania. El peligro nazi y la amenaza comunista intentan hacerse con el poder de una Alemania que se tambalea y sólo un hombre puede hacerles frente a todos: Müller, “un personaje absolutamente gris, que nunca dirías que es el bueno de la historia”.

Con este argumento, una excelente novela negra con una trama cuidada y absolutamente precisa, Pérez nos cuenta una de las caras menos conocidas de la Historia del siglo XX, la crisis alemana de entre guerras. “Nadie parece querer nadar en esas aguas, pero algo hay en esa época que no parece que sea muy transitada, la gente la elude y no lo entiendo muy bien”. Javier se sintió enseguida fascinado por esos años tras conocer a Rudi, un excombatiente de la II Guerra Mundial que le hizo pensar en qué ocurrió antes de la contienda. “Fueron años muy negros para todos, sobre todo en Alemania, donde el que en enero de 1923 tenía el dinero suficiente para comprar todo el territorio de Málaga, en diciembre de ese mismo año, sólo podía emplear sus miles de millones para comprar un bocadillo de sardinas”.

Amelia Earhart. La leyenda que se perdió en el cielo

Tenía el rostro altivo, el cuerpo de una atleta y el alma cautivada por la aventura. Nadie pudo decirle nunca lo que podía o no podía hacer con su vida. Fue una mujer atípica para ese primer tercio del siglo XX en el que le tocó vivir y sentir, y que hizo suyo a golpe de efecto. Amelia Earhart vivió la era dorada de la aviación, cuando se hacían descubrimientos y se superaban marcas todos los días, marcas que ella siempre conseguía batir con tesón y una voluntad de hierro.

Amelia Earhart desapareció en el cielo justo al cumplir los cuarenta años. Aún era joven, hermosa y aguerrida, pero dar la vuelta al mundo en avión iba a ser su última aventura. Lo había decidido poco antes de su último despegue, ese que la alejó de la tierra para siempre y la encumbró a la leyenda, donde su misteriosa desaparición sigue alimentando teorías sobre lo que realmente les pasó a ella y a su navegante, Fred Noonan, aquella tarde de julio de 1937.

Dicen los que la conocieron que era fuerte, carismática y muy testaruda, cualidades que la llevaron pronto a ser lo que fue: la mujer más reconocida en el mundo de la aviación, cuando éste era un terreno debidamente acotado al género masculino. Y fue decidida, por eso, desde que voló por primera vez a los 22 años supo que aquélla iba a ser su vida. Llamó la atención casi desde el principio, y no sólo por su porte de acróbata alemana, sino por esas ganas suyas de no ponerse límites nunca, de llegar siempre un poco más alto que los demás.

Amelia fue decidida y fue valiente. Tras sus primeros vuelos, en los que ya había hecho caer varios récords de altitud y resistencia, la eligieron para ser la primera mujer en realizar un viaje en avión que cruce el Atlántico. El vuelo se llevó a cabo en 1928, sólo un año después del primer viaje transoceánico, efectuado por Charles Lindbergh (con quien, por cierto, Amelia guardaba un asombroso parecido físico que le concedió el apelativo de ‘Lady Lindy’), y ahí la Earhart fue una mera pasajera, pero fue la primera pasajera mujer, la primera en atreverse a hacer ese largo, pesado y arriesgado viaje (para la época era casi tan peligroso como lo es hoy un viaje espacial). El promotor de tal aventura, George Palmer Puttman, un editor neoyorquino, fue quien la había escogido y quien comenzó a hacer de representante de la intrépida aviadora.

A su regreso a los Estados Unidos, a Amelia sólo le rondaba una idea por la cabeza: intentar el mismo itinerario, pero esta vez pilotando ella su propio avión y hacerlo completamente sola. Desde Lindbergh nadie había cruzado el Atlántico sin escalas en solitario. Ella lo haría y no sólo eso, ya que mejoraría notablemente el tiempo de su colega varón, todo un hito para la época. Para entonces se había hecho tan popular, que en 1935 fue elegida la mujer más conocida de Estados Unidos, sólo superada por Eleanor Roosevelt.

En la cima de su popularidad, Amelia decidió acometer su misión más arriesgada: daría la vuelta al mundo en avión, algo que nadie había siquiera imaginado en aquellos años. Para llevar a cabo semejante empresa contrató a Fredrick J. Noonan, con mucha experiencia en viajes sobre el océano y uno de los mejores ayudantes de vuelo que pudo encontrar.

La primera idea de Amelia era hacer el recorrido del planeta de Este a Oeste, saliendo hacia el Atlántico y regresando sobre las aguas del Pacífico. Pero un accidente en los preparativos les hace retrasarse y varían el itinerario, para evitar la climatología adversa de los monzones. Parten finalmente en mayo de 1939 de Florida.

El viaje discurrió según todos los parámetros previstos hasta despegar de su última escala, Lae, en Nueva Guinea. Fue un 2 de julio, y les separaban 7.000 millas de Estados Unidos, las últimas 7.000 millas después de haber recorrido ya más de 22.000… pero éstas últimas son todas sobre el Pacífico y el peligro es notable. Lo último que se supo de ellos fue una transmisión hablando de la escasez de combustible y luego, el silencio.

Se les buscó con intensidad, incluso por petición expresa del presidente Roosevelt, que puso a disposición de la causa 9 barcos y 66 aviones. Pero todo fue inútil. Como ocurriera con Saint-Exúpery algunos años más tarde, el misterio rodeó la desaparición de avión y ocupantes, sin que nada se supiera de ellos por más empeño que se puso en ello. El autor de ‘El Principito’ fue sacado de las aguas sesenta años después de perderse en ellas, pero de Amalia sigue sin saberse realmente qué le pasó en aquella madrugada de julio. Ella y su copiloto, Noonan, entraron a formar parte de la leyenda negra de la aviación, que se cobró sus vidas en misteriosas circunstancias. Hoy un museo, su loado recuerdo y la idea de echar luz sobre el asunto, aún mueven a numerosos enamorados de Amalia y su bravura en el mundo entero.

Antoine de Saint-Exúpery. De 'El Pincipito' a las estrellas

El célebre autor de 'El Principito', esa obra dulce y melancólica dedicada a los niños que aún viven en todos nosotros, dividió su corazón entre dos grandes amores: la literatura y la aviación. Ambas le dieron gratas recompensas en su vida, aunque la última se la arrebató. Desaparecido durante sesenta años, Saint-Exupéry fue una de esas grandes figuras cuya leyenda negra se labró por su excelente pluma y su enigmática desaparición durante la II Guerra Mundial.

‘El piloto escritor’ fue el nombre con el que Antoine de Saint-Exupéry era conocido entre sus coetáneos. Un nombre que resumía en estas dos palabras sus dos pasiones: “Si no vuelo, no puedo escribir”. Saint-Exupéry vivió por y para la literatura y los aviones, mezclando ambos amores en multitud de textos inmortales, que le reportaron premios entonces y fama eterna hoy.

Nació en 1900, cuando el nuevo siglo veía la luz y con él, un invento de reciente factura que permitía a los hombres surcar los cielos: el avión. En el pequeño Antoine destacan desde muy temprana edad sus futuras aficiones: escribe poemas a los seis años, cuando sucumbe de amor por una jovencita de nombre Odette. A los doce ve el mundo desde el aire por primera vez. Ambas experiencias se enlazan en su alma, decidiendo desde entonces qué quería hacer el resto de su vida: escribir y volar.
Aprendió a volar en 1919, cuando Francia comienza a recuperarse de los excesos bélicos derivados de la I Guerra Mundial. Durante el servicio militar asciende en el escalafón como piloto, logrando el grado de alférez antes de su primer gran accidente aéreo, en el que sufre fractura de cráneo. Se pasa entonces a la aviación civil, llegando en pocos años a asumir el puesto de director de la compañía Aeropostal Argentina. La aviación le reporta muchos triunfos personales y profesionales, llegando a ser merecedor de la dignidad de Caballero de la Legión de Honor francesa por su labor en la aeronáutica civil.

De todas sus experiencias aéreas sacaba historias magníficamente escritas, que mostraban al hombre sensible y profundo que vivía bajo el casco de vuelo. ‘El Aviador’, ‘Correo del Sur’, ‘Piloto de Guerra’ o ‘Tierra de los Hombres’, son excelentes muestras personales derivadas de la aviación, en el que relata sus viajes, vivencias y accidentes (que también de estos hubo muchos en su vida).

Cuando estalla la II Guerra Mundial Antoine ya es un escritor reputado y nadie le discute su valía para volar. Sin embargo, ya cerca de la cuarentena, Saint-Exupéry no obtiene permiso para participar en misiones de guerra. Él colabora como puede, de observador aéreo sobre objetivos militares. Durante estos años ve la luz ‘El Principito’, que también se inicia con una referencia aérea al presentar al conductor de la obra como un piloto que ha caído en medio del desierto y que se encuentra con un misterioso y risueño niño-príncipe.

El 31 de julio de 1944 es enviado en una misión de reconocimiento de la que no regresó jamás. Él ignoraba que era la última que sus superiores pensaban encomendarle. La leyenda negra se alimentó por lo misterioso de su desaparición: se ha certificado que ningún avión alemán abatió aviones enemigos ese día, sus restos han pasado 60 años en paradero desconocido hasta ser hallados en abril de 2004 cerca de Córcega y, lo más inquietante, él asumía su destino -“Un día u otro caeré de cabeza en el Mediterráneo”-. Quizá recordaba el vaticinio de Madame Pikomesmas, que años atrás le había advertido: “Será un aviador y un escritor famoso, pero aléjese del mar, y a partir de los cuarenta desconfíe de los aviones que usted mismo pilote”. Dicen que, conocedor de su destino dejó escrito ese mismo día: “Si me derriban no me extrañaré nada. El hormiguero del futuro me asusta y odio su virtud robótica, yo nací para jardinero. Me despido”. Quizá realmente conocía su destino, que ese día, con 44 años recién cumplidos, iba a reunirse con el pequeño príncipe que una vez imaginó más allá de las estrellas.