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La Coctelera

La otra vida de Lois Lane

Las cien mil miradas

Categoría: palabras prestadas

17 Julio 2008

El verano de Tristán e Isolda

Bernard Cornwell es, para mí, el autor que más y mejor ha trasmitido el mundo artúrico, despojándole del halo de irrealidad de hechizos, magos, griales y damas del lago... es el suyo un Arturo real, la suya una corte que bien pudo existir, en una Edad Media oscura y que pugna por sobrevivir a la debacle romana, donde las luchas entre cultos paganos y el cristianismo es crucial en Bretaña...

En su trilogía 'Crónicas del Señor de la Guerra' nos presenta a este Arturo más hombre y menos mito. Y con él, a los trágicos amantes Tristán e Isolda, también humanos, también desgraciados y malogrados...

"Aquel verano era, según el cómputo solar que hemos adoptado, el cuatrocientos noventa y cinco después del nacimiento de Cristo, una estación maravillosa inundada de sol. Arturo se hallaba en el cenit de su gloria, Merlín tomaba el sol en nuestro jardín con mis tres hijas menores, que siempre le pedían más cuentos, y Ceinwyn era feliz. Ginebra se deleitaba en su encantador palacio del mar, con sus arcos y galerías y su oscuro templo oculto, Lancelot parecía satisfecho en su reino junto al mar, los sajones se enfrentaban unos con otros y Dumnonia vivía en paz. Recuerdo que, por otra parte, aquel verano fue tremendamente desgraciado.
Pues fue el verano de Tristán e Isolda. [...]

-Se les acusa de robo -replicó Arturo fulminándome con la mirada-. Se les acusa de quebrantar juramentos, se les acusa de fornicación. -Al decir la última palabra se le torció la boca y tuvo que darme la espalda para escupir al mar.
-¡Están enamorados! -protesté y, como no dijo nada, lo ataqué más directamente-. ¿Y vos, Arturo ap Uther, tuvisteis que someteros a juicio cuando faltasteis a un juramento? Y no me refiero al de Ban sino a la palabra que disteis cuando os comprometisteis con Ceinwyn. ¡Rompisteis un compromiso y nadie os llevó ante el tribunal! [...]

El rey Mark estaba sentado en su asiento sin decir palabra. Había discutido para que el juicio se celebrara en Kernow pero debió de comprender que en realidad no importaba. Tristán no se presentaría a juicio porque jamás podría ganarlo, de modo que sólo podría recurrir a la espada.
El príncipe llegó a la puerta de la sala y miró a su padre a la cara. Mark le devolvió una mirada inexpresiva, Tristán estaba pálido y Arturo se hallaba entre los dos, con la cabeza gacha para no tener que mirar a ninguno de ellos.
Tristán no llevaba armadura ni escudo. Se había recogido el negro cabello, lleno de aros de guerrero, con una tira de tela blanca, arrancada del vestido de Isolda, seguramente. Vestía camisa, calzas y botas, con la espada ceñida a un lado. Se acercó a su padre y se detuvo a medio camino. Desenvainó, lo miró a los ojos implacables y clavó la hoja con fuerza en el suelo.
-Me someto al tribunal de espadas -declaró.
Mark se encogió de hombros y, al letárgico gesto de su mano, Cyllan se adelantó. Evidentemente, Tristán conocía la pericia del paladín, sin duda, pues se puso nervioso tan pronto como el hombretón, de barbas crecidas hasta la cintura, se despojó del manto. Cyllan se retiró el pelo del hacha tatuada y se colocó el yelmo de hierro. Luego se escupió en las manos, se frotó las palmas con la saliva y avanzó lentamente hasta la espada de Tristán, la cual tiró al suelo de un golpe. Tal gesto significaba que aceptaba el combate. Desenvainé a Hywelbane.
-Yo lucharé por Tristán -dijo Culhwch. Se acercó y se situó a mi lado-. Tú tienes hijas, insensato -musitó.
-Y tú también.
-Pero yo me cargo a este sapo barbudo antes que tú, sajón, que eres un saco de tripas -añadió Culhwch cariñosamente. Tristán se interpuso entre nosotros y manifestó que él se enfrentaría con Cyllan en combate singular, que el combate le pertenecía a él y a nadie más; pero Culhwch le hizo retirarse con un gruñido-. He vencido a hombres que harían dos de este patán barbudo -le dijo.
Cyllan esgrimió su espadón y cortó el aire con la hoja.
-Cualquiera de vosotros -dijo en tono displicente-, no me importa cuál.
-¡No! -gritó Mark de pronto. Llamó a Cyllan y a dos lanceros más y los tres se arrodillaron junto a la silla del rey a escuchar sus instrucciones.
Culhwch y yo nos imaginamos que Mark estaría ordenando a sus tres hombres que lucharan uno contra cada uno de nosotros.
-Yo me quedo con el bellaco de la barba y la frente embadurnada -dijo Culhwch-; tú, con ese pedo de perro pelirrojo y mi señor príncipe que se las entienda con el calvo. ¿Los despachamos en dos minutos?
Isolda apareció sigilosamente. Parecía aterrorizada en presencia de Mark, pero se acercó a abrazarnos a Culhwch y a mí. Culhwch la envolvió en sus brazos pero yo me arrodillé y le besé la pequeña y blanca mano.
-Gracias -nos dijo con su triste vocecilla. Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas. De puntillas, besó a Tristán y luego, con una mirada amedrentada a su esposo, volvió a refugiarse en las sombras de la sala.
Mark levantó la cabezota por encima del cuello del manto de foca.
-El tribunal de espadas -dijo con voz gangosa- exige que los hombres se enfrenten uno a uno. Siempre ha sido así.
-Pues enviad a vuestras vírgenes de una en una, lord rey -gritó Culhwch-, y las mataré de una en una.
-Un hombre, una espada -insistió Mark-; mi hijo ha solicitado hacer uso del privilegio, pues que luche él.
-Lord rey -dije-, según la costumbre, un hombre puede luchar por su amigo en el tribunal de espadas. Yo, Derfel Cadarn, solicito tal privilegio.
-Desconozco tal costumbre -mintió Mark.
-Arturo sí la conoce -repliqué_ con brusquedad-. Luchó por vuestro hijo en un tribunal de espadas y hoy seré yo quien luche.
Mark miró con ojos legañosos a Arturo, pero éste hizo un gesto negativo con la cabeza como si no quisiera entrar en la discusión. Mark volvió a dirigirse a mí.
-La ofensa de mi hijo es indecente -dijo-, y nadie sino él debe defenderlo.
-¡Yo lo defiendo! -exclamó Culhwch, y de nuevo se situó a mi lado reiterando que lucharía por Tristán. El rey se limitó a mirarnos, levantó la mano derecha e hizo un gesto cansino.
Los lanceros de Kernow, al mando del lancero pelirrojo y del calvo, formaron una barrera de escudos a la señal del rey, una barrera de a dos en fondo; la primera fila cerró la formación de escudos y la segunda los levantó para proteger las cabezas de los soldados de la primera. Entonces, a una orden, arrojaron las lanzas al suelo.
-¡Malditos! -exclamó Culhwch, pues comprendió lo que iba a suceder-. ¿Rompemos la barrera, lord Derfel? -me preguntó.
-Rompámosla, lord Culhwch -respondí en tono vengativo.
Éramos tres hombres contra cuarenta de Kernow. Avanzaron los cuarenta arrastrando los pies lentamente tras su tupida barrera de escudos, vigilándonos inquietos por debajo del borde del casco. No llevaban lanzas ni desenvainaron espadas, pues no iban a matarnos sino a inmovilizarnos.
Y Culhwch cargó contra ellos. Hacía años que no me veía en la necesidad de romper una barrera de escudos, pero la antigua locura me poseyó al gritar el nombre de Bel; luego grité el de Ceinwyn y cargué con la punta de Hywelbane contra los ojos de un hombre; éste apartó la cabeza a un lado y entonces empujé con el hombro en el punto donde su escudo se unía al de su compañero.
La barrera se abrió y grité triunfalmente al tiempo que golpeaba a un oponente en la nuca con la empuñadura de la espada; después la clavé hacia delante para ampliar la brecha. En el campo de batalla, a esas alturas del combate, mis hombres estarían empujando detrás de mí, abriendo más la brecha y empapando el suelo de sangre enemiga; pero mis hombres no estaban detrás ni se me oponían armas por delante, sólo escudos y más escudos y, aunque giraba en círculo haciendo silbar la hoja de Hywelbane en el aire, los escudos iban encerrándome inexorablemente. No me atrevía a matar a ningún lancero pues habría sido una deshonra, ya que ellos habían renunciado deliberadamente a sus armas y, despojado así de tal oportunidad, sólo podía tratar de asustarlos. Pero sabían que no mataría y el círculo de escudos se fue cerrando más y más a mi alrededor hasta que Hywelbane quedó inmovilizada en el tachón de hierro de un escudo; súbitamente, los escudos de Kernow me presionaron por todas partes.
Oí a Arturo dar una orden a voces; supuse que algunos lanceros de Culhwch y los míos se habrían aprestado a socorrer a sus señores y que Arturo se lo habría impedido. No deseaba que corriera la sangre entre Kernow y Dumnonia, sólo quería que el escabroso asunto terminara de una vez por todas.
Culhwch también estaba atrapado como yo. Gritaba rabiosamente a quienes lo mantenían cautivo, los llamaba infames, perros y gusanos, pero los hombres de Kernow cumplían órdenes. No debían herir a ninguno de los dos sino mantenernos inmóviles entre hombres y escudos. De tal forma tuvimos que presenciar, igual que Isolda, al campeón de Kernow, que se acercó al príncipe con la espada baja y se inclinó ante él.
Tristán supo que iba a morir. Se había quitado la tira de paño del pelo y la había atado a la hoja de la espada; en aquel momento la besó. Después, esgrimió la espada, tocó con ella la hoja del paladín y saltó hacia delante al ataque. Cyllan lo esquivó. El choque de los aceros resonó en la empalizada y volvió a resonar con el segundo ataque de Tristán, que acometió con un movimiento rápido de arriba abajo, pero Cyllan lo evitó otra vez. Lo paró con toda facilidad, casi con aburrimiento. Tristán arremetió dos veces más y luego siguió asestando mandobles, moviendo la hoja y clavándola con la mayor velocidad de que era capaz, intentando desesperadamente agotar la defensa de Cyllan, pero sólo logró cansarse él y, al detenerse un momento para tomar aire y dar un paso atrás, el paladín atacó.
Fue un lance magistral, bello de ver para quien gustase del espectáculo de una espada bien esgrimida. Fue incluso una estocada piadosa, porque Cyllan acabó con el espíritu de Trístán en un abrir y cerrar de ojos. El príncipe no tuvo tiempo siquiera de volverse hacia la puerta en sombras del salón a mirar a su amada. Sólo pudo fijar la vista en el que le robaba la vida mientras la sangre se le escapaba por la garganta cercenada y teñía de rojo su camisa blanca; luego se le cayó la espada al tiempo que expiraba con un resuello atragantado y sofocado y, cuando el espíritu lo abandonó, cayó al suelo.
-Se ha hecho justicia, lord rey -declaró Cyllan sin entusiasmo al tiempo que sacaba la espada de la garganta de Tristán y se alejaba. Los lanceros que me rodeaban, y que no se habían atrevido a mirarme a los ojos, se retiraron. Levanté a Hywelbane y vi su hoja gris borrosa a causa de las lágrimas. Oí gritar a Isolda cuando los hombres de su esposo mataron a los seis lanceros que habían acompañado a Tristán y que en aquel momento defendían a su reina. Cerré los ojos.
No miraría a Arturo, no le hablaría. Me fui hasta el cabo a rezar a mis dioses y a rogarles que volvieran a Britania y, mientras oraba, los hombres de Kernow se llevaron a Isolda al lago salobre donde aguardaban las dos naves oscuras. Pero no se la llevaron a Kernow. La princesa de los Uí Liatháin, aquella niña de quince veranos que saltaba descalza entre las olas y cuya voz era un susurro en la sombra, como la de los espíritus de los marineros que cabalgan en los vientos viajeros del mar, fue atada a un mástil y rodeada de maderos, que tanto abundaban en la playa de Halcwm; y allí, ante la mirada implacable de su esposo, fue quemada viva. El cuerpo de su amante fue incinerado en la misma pira
No quise partir con Arturo; no quise hablar con él. Dejé que se marchara y aquella noche dormí en la vieja y oscura fortaleza donde habían dormido los amantes. Luego me fui a Lindinis, a casa, y entonces fue cuando confesé a Ceinwyn la masacre de los páramos de hacía muchos años, cuando maté inocentes en cumplimiento de un juramento. Le conté la muerte de Isolda en la hoguera, le conté que gritaba y gemía mientras su esposo miraba.
Ceinwyn me abrazó.
-¿No sabías que Arturo podía ser tan inclemente? -me preguntó en voz baja.
-No.
-Él es lo único que nos separa del horror -añadió-, ¿cómo podría ser, sino de granito?

Y todavía ahora, cuando cierro los ojos, veo a veces a aquella niña saliendo del mar con una sonrisa en la cara, el vestido blanco empapado y pegado a su menudo cuerpo y las manos tendidas hacia su amado. La veo cada vez que oigo a las gaviotas, pues su imagen no me abandonará hasta el día en que me muera y, aun después de la muerte, vaya donde vaya mi espíritu, allí estará ella; una niña quemada en la hoguera por un rey, por la ley, en Camelot."

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20 Febrero 2008

Tomo prestadas tus palabras... Grandes.

Hoy os dejo unos fragmentos de 'El Corazón Helado' de Almudena Grandes, un libro enorme, y no lo digo sólo por su tamaño... es un de esos novelones imprescindibles y para muestra, os dejo un botón...

"Menos mal que no lo estás viendo, Ignacio Fernández Muñoz pensaba en su padre, hundido, las mejillas consumidas, la barba descuidada, los ojos muertos, negándose a comer, bebiendo agua a sorbos muy pequeños, la última noche que cenaron juntos, cuando le dijo que le daba vergüenza irse. Menos mal que te fuiste, papá, Ignacio no podía pensar en otra cosa, menos mal que no estás viendo esto, que no lo oyes, que no lo sientes, que no lo sabes, el verdadero desastre, la verdadera derrota, la verdadera y última e insoportable vergüenza, menos mal que te fuiste, papá... Y todavía faltaba lo peor. De lo peor no se enteraron hasta el día siguiente". [...]

"Ignacio gritaba con los labios cerrados, cerrados los ojos y los oídos al clamor de una multitud de silencios idénticos. Mi familia paró al fascismo. Lo que no pudo Roma, lo que no pudo Berlín, lo pudimos nosotros, los Fernández Muñoz. Nosotros paramos al fascismo en el frente de Usera, en la Moncloa, en la Universitaria y en el comedor de nuestra casa, «La cocinera leal», mayonesa sin huevo, bechamel sin harina, carne sin carne y aquellos consejos que mamá leía en El Socialista, hay que comer muy despacio, masticar mucho cada bocado, así se engaña al estómago, hacedme caso... En otras ciudades no hacía falta engañar al estómago. En otras ciudades había comida, él la había visto, fruta, y lechugas, y bollos. En los mercados de Valencia había bollos, y en el frente de Aragón, una liga de fútbol, eso contaban, que los soldados jugaban al fútbol porque se aburrían. Es aburrido estar en una guerra y no luchar, él lo sabía, pero en Madrid hasta el aburrimiento era distinto, tenso, sombrío, peligroso. Al novio de mi hermana lo mataron por aburrirse, porque no podía divertirse jugando al fútbol. Nuestras mujeres se aburrían en la cola de la leche, en la cola del pan, en la del carbón, pero aquí eso no era más que otra manera de luchar, porque había que luchar y se luchaba, sin parar, sin cansarse, sin quejarse, y todo para esto... Menos mal que no lo estás viendo, papá, menos mal que no lo estás viendo, mamá, porque no os lo merecéis, no nos lo merecemos, Madrid no se merece un final como éste, tan sucio, tan feo, tan triste y tan indigno, y sin embargo, mejor estar aquí que ahí fuera. Ignacio Fernández Muñoz gritaba sin mover los labios, abrazaba sus rodillas con los brazos, escondía la cabeza en el hueco húmedo y templado de su cuerpo encogido, derrotado. Prefiero verte muerto que paseando gente, le había dicho su padre más de una vez, en los días oscuros del terror. Prefiero verte muerto que paseando gente, y tenía razón, lo comprendió entonces y volvió a pensarlo el día que la vergüenza se derramó sobre él. Mejor acabar aquí que seguir ahí fuera, mejor morir víctima de una traición que vivir como un traidor.
Él se había hecho comunista porque quería ganar la guerra, por instinto, por intuición, por motivos muy diferentes de las lecturas que habían llevado a Mateo a hacerse socialista. Él quería salvar Madrid, parar el fascismo, ganar la guerra. Por eso se alistó en el Quinto Regimiento, y se enorgulleció de que lo admitieran porque allí no aceptaban a todo el mundo. Allí rechazaban a los milicianos de la retaguardia, a los chequistas, a los listos, a todos esos enterados que dirigían la guerra desde las mesas de los cafés. Allí sólo reclutaban soldados, hombres como él, Ignacio Fernández Muñoz, que sabían lo que querían. Él sabía lo que quería y eligió ser una abeja más de la colmena, trabajar, combatir, obedecer y mandar sin pensar en sí mismo, una tuerca en un tornillo, un tornillo en un engranaje, un engranaje en una máquina que sólo tenía una misión, una función, un destino, ganar la guerra, parar al fascismo, salvar Madrid. Y cuando lo logró, se sintió bien donde estaba. Otros discutían las órdenes, las votaban, se negaban a integrarse en la disciplina de un ejército, ellos no. Él combatió a las órdenes de Modesto, le vio de cerca y sintió tal deslumbramiento, admiró tanto su valor, su instinto, su autoridad, su sangre fría, que se hizo comunista para ser como él, para obedecer las órdenes de hombres como él, para llegar a mandar a hombres como él, hombres dispuestos a todo, a darlo todo, a sacrificarlo todo, a perderlo todo para ganar la guerra, sin parar, sin cansarse, sin quejarse. Y luchó, y luchó, y luchó, con dieciocho años y con diecinueve, y con veinte, y con veintiuno, luchó para ganar, con los que querían ganar, con los que no salían corriendo, con los que no se rendían, con los que estaban gritando lo mismo que él, el mismo silencio, en aquel calabozo de la Puerta del Sol.
Mejor acabar aquí que seguir ahí fuera, mejor morir ahora que vivir como un traidor, mejor que me fusilen mañana que tener que recordar, explicar, justificar, ocultar eternamente la negrura insufrible de esta traición más dura que la derrota. Entonces, en el peor momento del peor día de su vida, Ignacio Fernández Muñoz se sintió orgulloso de ser comunista, y pensó que nada, nada, ni siquiera la imagen de Francisco Franco saludando desde el balcón del edificio donde lo tenían preso, podía ser peor que aquello. Nada. Eso fue lo último que pensó, lo último que sintió en mucho tiempo". [...]

"—¿Qué te pasa, Ignacio, por qué lloras?
Él la miró con un amor que no había sentido nunca por nadie, el amor que le había consentido volver a nacer, hombre otra vez, en el núcleo de una piedra que rodaba entre muchas otras piedras que no pensaban, que no sentían, que no creían, que ni siquiera se acordaban de cuándo habían renunciado a desear.
—Yo maté a un hombre, Anita.
—¿A uno? —ella sonrió—. Habrás matado a muchos, ¿no?
—No. A los demás los mató la guerra, pero a aquel anarquista lo maté yo... Lo maté porque quise. Me habían salvado la vida dos veces seguidas en muy poco tiempo, primero mi cuñado Carlos, luego un socialista que se llamaba Rogelio. Me salvaron la vida y no les di las gracias, no les di las gracias y no fui capaz de perdonar a aquel hombre... A lo mejor por eso estoy aquí. A lo mejor me hubiera matado él a mí, porque hizo algo raro con las manos, intentó mover la derecha hacia la izquierda, yo no sabía si estaba desarmado, no lo estaba, tenía una pistola dentro de la guerrera, la vi cuando cayó. A lo mejor me habría matado él, pero nunca sabré si lo habría hecho, si habría disparado contra mí, y lo maté yo, lo maté porque quise, porque ellos nos habían traicionado, porque nos estaban matando a nosotros, porque le odiaba aunque no lo conociera, pude haberle disparado en el brazo, en la mano, en una pierna, pero apunté a su cabeza y lo maté, no fui capaz de perdonarle la vida, ni siquiera lo conocía y no fui capaz...
—No llores, Ignacio —Anita se apretó contra él, le abrazó, le consoló, le dijo lo mismo que su nieta Raquel le diría muchos años después, antes de prometer que nunca le contaría nada a su abuela—. No llores, Ignacio, por favor, no llores.
Ella no podía entender por qué lloraba, y él no se lo explicó.
A mediados de mayo, en el campo de Albatera hacía calor, pero la sangre se le congeló en las venas cuando su hermano Mateo subió a un camión, le buscó con la mirada, lo encontró, se llevó a la boca la mano que no tenía esposada, besó la palma y la volvió hacia él, para despedirse.
En ese momento, Ignacio Fernández Muñoz se dio cuenta de que se le acababa de romper el corazón.
Y de que ya no era un corazón humano."

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28 Enero 2007

'El nombre que ahora digo' de Antonio Soler

Quizá conozcais a Antonio Soler porque es el autor de la novela en la que se basa la segunda película como director de Antonio Banderas. Antes de 'El Camino de los Ingleses', que así se llama esta obra, Soler nos deleitó con poesía pura al publicar 'El nombre que ahora digo', una lectura absolutamente recomendada, que sirve para concebir la guerra desde un punto de vista humano y del todo nublado por el amor. La prosa cálida y fluida del narrador, es interrumpida constantemente las entradas de un diario imaginario de un hombre maravilloso: Gustavo Sintora.

Os dejo una muestra de su belleza:

"Fui dejando atrás, a mi izquierda, todas las máquinas y en mis sienes me parecía oír el rumor de sus pedales, los ojos de las bombillas mirándome, apagadas, transparentes como mi respiración. Ella, de espaldas, llevaba el abrigo puesto, miraba unos recibos en el mostrador. Se volvió muy despacio, primero la cabeza, el cuello, la nuca. Luego los ojos. Luego el cuerpo, y los labios.

No había sorpresa en su mirada ni en la lentitud de sus movimientos. Estaba esperándome, me estaba esperando desde el día de los árboles y la lluvia. Negó debilmente con la cabeza e hizo un gesto de reproche, y aquel fuego que yo había sentido estremecerse en el interior de ella cuando un rato antes la había visto en el jardín asomaba a hora con su resplandor renovado, intenso, limpio, y a pesar de todo, su mirada también era triste y pedía que me fuera. Y sólo dijo, Tú, otra vez. Y en su voz no había odio, ni ira, sólo dulzera, no sé si conmiseración o súplica. Y me miró con la oscuridad de sus ojos, intentando ver lo que había detrás de los míos, preguntando o preguntándose.

Y también dijo, Ya te dije. Pero yo negué con la cabeza y ella dejó de hablar. Se dio la vuelta para recoger los papeles que había estado mirando e hizo un gesto apra retirarse de mi lado, de espaldas. Yo no supe si estaba moviéndome bajo el agua o en medio de un incendio, el oleaje del fuego, y di un paso y hundí mi cabeza en su melena, y ella, volviéndose, me empujó sin empujarme, las manos en mi pecho, primero querían apartarme y luego me agarraron la solapa, la camisa, apretando en un puñado la tela, y apenas vislumbré sus ojos cuando sentí la humedad de la su boca ne la mía, y mi mano, sin creer lo que sus dedos percibía, rodeaba sus cuerpo, la atraía hacía mí, Serena venía a mi boca y su piel estaba en mi piel. Ella apartó su cara de la mía y yo continué rodeándola con mis brazos y respirando su aliento. Sus dedos bajaron despacio por mi mejilla. Los ojos se le habían enturbiado, no eran lágrimas, era la respiración del fuego. Me apartó muy despacio, y empezó a andar por aquella bóveda de silencio. Salió hacia el jardín abandonado y yo me quedé en la oscuridad de las bombillas, con el silencio de las máquinas".

El nombre que ahora digo.
ANTONIO SOLER.
1999

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Mil y un puntos de vista para la vida, para las cosas que nos pasan, para esta sociedad en la que vivimos, para nosotros mismos, cómo nos vemos, cómo nos ven... todo tiene puntos de vista diferentes, muchas visiones, miradas para un mismo hecho. Yo quiero abrir mis ojos y ser capaz de ver todas ellas. ............................
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