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Terra
La Coctelera

Categoría: Mis palabras

La lucha

Relato escrito a raíz de cinco palabras sugeridas:

 Luz, verde, reliquia, viaje, descubrimiento

La lucha

"Ir hacia la luz", así lo llaman cuando el cuerpo se convierte en un lastre en el paso a la otra vida, en el camino en el que el alma se eleva y deja el traje pesado, efímero, viejo de la carne humana.

El día que cumplí veinticinco años yo caminé hacia la luz. A mi alrededor era todo dorado y blanco. La paz se instaló en mis pulmones, en mi corazón, en mi cabeza. Y yo me dejé llevar porque era todo demasiado fácil. Era sumamente sencillo caminar hacia ese resplandor cálido y brumoso que prometía descanso y cuya delicadeza se podía sentir como la brisa suave se siente en el rostro los días de primavera en la montaña. Todo mi ser quería caminar hacia ese resplandor suave que prometía envolverlo todo y calmar el dolor.

El dolor era lo único que había existido hasta que apareció la promesa de la luz. El dolor estaba en todas partes, aunque era más intenso en la cabeza y en las piernas. No sentía mi cuerpo pero sí todo aquel dolor. Y dolía tanto y era algo tan absorbente y único, que todo se desdibujaba a mi alrededor como la acuarela se diluye en agua tibia.

En algún momento oí voces cerca de mí. Creí entender mi nombre. Pensé que reconocía la voz que me llamaba, pero incluso concentrándome, sentía que mi cabeza estaba hecha pedazos, desunidos los vasos comunicantes que permitirían a mi conciencia reconocer nada más allá de aquel punzante dolor. Intenso como el sol en verano, frío como la nieve en una ventisca. Y entonces llegó la promesa que se envolvía en la luz.

Mis recuerdos coherentes se detienen en el momento en el que el coche pasó veloz el semáforo como si estuviera verde y me llevó por delante sin consideraciones. Recuerdo caer a cámara lenta. Recuerdo ver salir volando en sentido contrario mi motocicleta roja. Recuerdo pensar con pánico en una fracción de segundo que no estaba segura de llevar el casco bien abrochado. Recuerdo tener el asfalto a un milímetro de mi cara. Y luego nada.

Después de aquel último recuerdo en mi mente se instalaron el dolor más intenso que hubiera padecido jamás y el calor de la luz sanadora que en mi mente se fue haciendo fuerte poco a poco, desplazando un sufrimiento creciente y abrasador por una calma pacificadora a la que quise abandonarme por completo.

No recuerdo cuánto duró la lucha entre las tinieblas y la luz. No puedo ni siquiera establecer qué hubiera sido mejor: si dejarme llevar por la dulzura del resplandor o seguir aguantando la agonía de un dolor rojo, terrible, lacerante... ahora sé que el dolor significaba la vida. Ahora sé que la luz era el abandono placentero a los brazos de la muerte, emprender el viaje sin retorno y sin esperanza... como la misma vida, lo que merece la pena no es fácil y causa dolor.

Los recuerdos dejan de funcionar cuando estás sumida en un coma que consideran grave. De esos que dejan a tu familia temblando y preguntándose por qué, y a ti te sumen en una duermevela siniestra donde tú misma luchas contra tus propios deseos y en lugar de dejarte llevar tienes que aferrarte a algo, por más pequeño que sea, para saber a quién debes seguir, qué decisión tomar. Porque la vida es un hilo tan fino que supone todo un descubrimiento saber qué camino tomar. Porque la vida se rodea de fragilidades y tú eres tan pequeña que no sabes a quién hacer caso.

Y en esos momentos eternos, sin más pistas que algunos susurros que llegan lejanos pese a estar dichos con mucho cariño a tu lado, sin más aliento que el último, sin más argumentos que la placidez que emana de la luz y lo mucho que duele alejarse de ella... lo importante es sentir que eres más fuerte que la delicadeza y el calor. Y cuando, como una reliquia, te aferras a esa voz que cada vez susurra más fuerte, más cerca... "Lucha. Vuelve conmigo. Eres fuerte. Quédate en este lado. Abre los ojos", le haces caso y lo consigues... eso simplemente hace que la balanza se decante de tu lado y el destino te declare vencedora.

Desperté tras seis días de coma profundo. El coche que me atropelló se había dado a la fuga y tardaron unos minutos valiosísimos en encontrarme y trasladarme a un hospital. Afortunadamente mi casco estaba bien colocado, aunque eso no evitó que el brutal golpe en la caída sobre mi cabeza, hiciera temer por mi vida y hasta por mis funciones motoras en caso de sobrevivir.

Estoy bien. Lo logré sin mayores secuelas que una larga rehabilitación para volver a usar mis dos piernas rotas, partidas en pedazos a la altura de las rodillas. Pero algunas noches aún me despierta el recuerdo de un dolor absoluto y la certeza de lo fácil que hubiera sido tomar el camino brillante y cálido de la luz. Y abandonarse.

Afortunadamente lo fácil nunca me ha convencido. Eso me salvó la vida.

La Victoria

Para Raúl. para París

 LA VICTORIA

Se despierta sobresaltada en mitad de la noche y durante un instante no sabe dónde se encuentra ni quién es la persona que duerme a su lado. Entonces lo recuerda todo y una amplia sonrisa se pinta en su cara. Piensa que si todo está escrito, si nada hay dejado al azar, el destino debe de estar carcajeándose ahora mismo de ella... la chica de la planificación y el terreno seguro, la que nunca había hecho nada ni dado grandes pasos hacia ninguna parte, la que no es espontánea ni sabe sacarle el jugo a la vida... si el destino la está viendo ahora, seguro que, al menos, una risa cómica se escapa de sus hipotéticos labios.

Parece lejano el momento en el que atravesó las puertas del museo y se halló frente a la estatua alada, pese a que apenas han transcurrido unas horas desde aquella misma mañana. Había buscado a propósito y en primer lugar aquella obra, tras madrugar y acceder a un Louvre extrañamente desierto. ‘La Victoria de Samotracia' presidía una escalinata grandiosa, ocupando un espacio de preferencia en la estancia. La había situado como la primera visita de su agenda, como un punto de partida simbólico, un hilo del que empezar a tirar.

Conocía la estatua de la imponente mujer incompleta desde sus días de estudiante, de verla primero en libros y luego, de estudiarla a fondo en sus clases de Arte en la universidad. Quizá porque ella también se llama Victoria, siempre había sentido que esa obra era especial y que algo las unía de algún modo.

Lo extraño era que nunca antes la había visto con sus propios ojos. Ni esa, ni ninguna otra obra de las que ella había estudiado primero, y enseñado como profesora de arte después. Había hecho del arte su profesión, pero no se movió de su sitio. No viajó, no tuvo ningún romance, no avanzó en su vida ni quiso aventuras, y se conformó siempre con ir sobreviviendo, sin darse cuenta de que se iba haciendo cada vez más gris y pequeñita con el paso de los años. Y cuando los 33 se hicieron reales y ella hizo balance, se percató de que no había dado nunca ni un solo paso en ninguna dirección concreta en toda su vida.

Empezó por darse cuenta de que sus ojos jamás se habían posado sobre ninguna de las obras de las que enseñaba y eso la llevó a las lágrimas. De ahí pasó a una reflexión más profunda sobre sus carencias vitales y emocionales y, luego, a la premura de ponerle remedio a todo ello.

En su interior se hizo necesario un cambio. Quiso dejar de estar sola, de ser un personaje triste, de no tener mundo ni experiencias, y en apenas unos días había organizado un viaje por todos los lugares que siempre deseó visitar y nunca se atrevió a abordar sola. Ahora iba a hacerlo, sola, pero decidida. Hizo una pequeña maleta con lo indispensable, gestionó billetes y hoteles y una mañana soleada de marzo cogió el primer avión de su vida, con rumbo a París.

Su primera parada fue el Louvre. Y dentro del museo, ir a ver a la diosa que llevaba su nombre, la Niké griega que tanto había significado para ella en todos esos años. El símbolo de su soledad, de sus carencias, de ese desgarrador sentimiento de estar incompleta. Y allí, parada de pie, con la estatua frente a ella, se desnudó emocionalmente y se reconoció como lo que era: una mujer sin propósitos ni sueños en la vida.

-Es hermosa. Trágicamente hermosa- oyó entonces decir a su lado, en castellano, con un ligero acento eslavo.

Se dio cuenta de que había un hombre a su lado que le hablaba a ella. A esas horas estaban solos en la escalinata y ‘La Victoria de Samotracia' no tenía su habitual círculo de curiosos rodeándola aún. Los madrugadores estaban centrados en correr a ver a la ‘Mona Lisa' o a la ‘Venus de Milo'. La imagen de la diosa Niké siempre se dejaba para después. El folleto del museo en castellano que llevaba en la mano le debía de haber dado la pista sobre su nacionalidad.

-Se llama como yo- dijo ella tras un momento de vacilación por la intrusión del hombre en sus ensimismados pensamientos.

Luego calló y le miró intensamente durante unos segundos que se hicieron eternos, deteniéndose en su mirada gris y serena. Volvió luego a posar su atención sobre la estatua. Parecía dispuesta a atesorar en su mente todas las arrugas de la gasa de piedra que recubría el cuerpo de la mujer alada, mientras sentía su soledad inmensa y sus ojos comenzaban a inundarse con timidez de lágrimas pequeñitas.

-y me siento igual que ella.

No supo porqué había compartido aquello con el extraño, en un susurro ahogado, aunque se sintió reconfortada al hacerlo. Entonces él hizo algo que la dejó paralizada. La hizo girarse lentamente y le pasó los dedos por las lágrimas que empezaban a resbalar por sus pálidas mejillas. Ella lo dejó hacer, entre contrariada y asustada, inundando sus pensamientos con una calidez desconocida hasta la fecha, abrumadora y excitante. Se sintió viva por primera vez en sus 33 años de vida.

-Soy Luka- dijo él -y asumo que tú eres Victoria.

Aún no cree lo rápido que había ido todo. Lo a gusto que se había sentido con Luka desde el momento en que él tocó su cara con las yemas de sus dedos y la hizo sentirse segura. El modo en que él la arrastró fuera del museo y la llevó a conocer los rincones de la ciudad mientras le hablaba de viajes, comidas, anécdotas y de música... Luka era músico, sin domicilio fijo, hábil con todos los instrumentos -aunque prefería el piano-, artista de mil facetas, con conciertos a sus espaldas en escenarios de todo el mundo.

Y Luka, un alma libre y vivida, que podía tener todo lo que quisiera en el mundo, la había elegido a ella para aprovechar sus pocas horas en París. Para redescubrir una ciudad que nunca pensó en volver a pisar, porque allí le había dejado plantado una mujer a la que había querido y despertaba malos recuerdos en su memoria.

-Me dejó donde te he encontrado a ti. Y lloré como tú. Y deseé que alguien calmara mi llanto, limpiara mis lágrimas y me sacara de allí.

-¿Y por qué has vuelto al mismo lugar donde fuiste tan infeliz?- preguntó ella sin entender muy bien que alguien pudiera aferrarse a los recuerdos dolorosos de esa manera, cuando ella siempre había preferido evitar las confrontaciones.

-Porque siempre me gustó esa estatua de mujer sin cabeza y no quise que el recuerdo de una mujer sin corazón me la estropeara. Porque algo bueno tenía que obtener de enfrentarme a los escenarios donde he sido desdichado y porque esta mañana me he despertado sobresaltado por el timbre del teléfono en mi habitación de hotel, avisándome de que mi entrada para el Louvre, que yo no había pedido, estaba en recepción. Habían confundido el número de habitación, pero de pronto no quise sacar al recepcionista de su error y me vestí a toda prisa para recoger la entrada y correr hasta el museo.

El día era espléndido y la compañía de Luka, lo más enriquecedor que ella había conocido en toda su vida. Le contó sus días tristes como profesora y sus ganas de sacudirse el yugo de la mediocridad que la empezó a ahogar una mañana cualquiera, sin previo aviso, y que la obligó a dejarlo todo para buscarse una vida de verdad, de la que luego estar orgullosa o arrepentirse, pero una vida que pudiera saborear y sentir suya. Él, por su lado, le contó su amor por la música, heredada de generaciones de virtuosos y grandes figuras en su Sarajevo natal. Le contó cómo debió dejar la ciudad cuando la guerra le alcanzó, aunque no antes de que el conservatorio cerrara sus puertas por los excesos bélicos y le obligara a trasladarse a Berlín para acabar de madurar y convertirse en alguien que deseaba volar a todas partes y llevar por un mundo que no acababa de comprender su pasión por las melodías que componía, dedicadas a los que dejó atrás y al país que tanto amaba y que se desintegraba poco a poco.

Y cuando ya eran íntimos y se sabían uno del otro, la llevó a comer a un pequeño bistrot alejado del centro, donde probaron sabores de la cocina más tradicional del país, y luego la condujo a un café populoso, donde la hizo sentarse en su regazo frente a un elegante piano de cola, y tocó para ella con sus dedos entrelazados. La hizo reír, la cubrió de flores al borde de las Tullerías y la subió en brazos a lo alto de la Torre Eiffel, donde la besó por primera vez mientras el sol reflejaba la emoción de sus ojos enamorados. Y cuando el día declinaba y la alegría había prendido en el pecho de la mujer como una llama viva, roja y ardiente, la llevó de nuevo al Louvre, frente a la estatua y allí, con un anillo hecho de alambre, pronunció votos de amor eterno que obtuvo, a su vez, de ella, toda lágrimas de alegría y sonrisas. Les hablaba el corazón.

Y así, casados ante ‘La Victoria de Samotracia', que convino en ser su único testigo, se fueron cogidos de la mano hasta la habitación de un hotel donde él la despojó de ropa y tristezas pasadas y la encendió en llamas.

Ahora ella se pregunta sobre las jugadas del destino, mientras acaricia en las sombras la suave piel de los brazos que la rodean amorosamente. Y se regocija ante el error del recepcionista por la entrada equivocada que le había ofrecido a Luka y por la prisa apremiante que él sintió por visitar el lugar de su antigua derrota amorosa.

-Yo también me he sentido como la misteriosa y descabezada Niké. Siempre. Alado e incompleto. Sin rumbo, sin mapa, pese a tener las armas para comerme el mundo. Ahora tú eres mi cabeza... eres mi guía- le había susurrado él antes de caer dormido a su lado, pegando su cuerpo al suyo.

Y ella, que no sabía lo que era vivir hasta ese momento y que siempre se movió cómoda en un mundo gris y plano, supo al instante que él era su victoria y su regalo, su cabeza, sus alas y su vida entera.

Angélica

Angélica no suele dormir mucho. Le pasa desde siempre y desde siempre ha sabido muy bien en qué emplear sus horas de insomnio.

De pequeña le gustaba usar el tiempo en que los demás dormían para dibujar, sobre todo a sus hermanos. Se le daba bien y sabía captar los matices de cada uno con trazos precisos y cargados de un talento que no supo explotar del todo con el paso de los años. Reproducía con maestría la soberbia de Marco, la ingenuidad de Pablo y los sutiles matices que diferenciaban los rostros casi idénticos de Mercedes y Cecilia. A ellas las pintaba siempre juntas y sonrientes, como las recordaba de sus primeros años. Luego, cuando Cecilia se fue, seguía dibujando sus caras sonrientes, pese a que llegó un momento en que se fue olvidando de las pequeñas diferencias de ambas y siempre pintaba a Mercedes repetida y falsamente alegre, porque desde que le faltó Cecilia, Mercedes ya no supo reproducir esa alegría en su carita de niña dulce con la que las gemelas habían nacido.

A su padre le pintaba poco, le daba miedo incluso de pequeña. Alguna vez lo intentó pero sin mucho acierto y siempre le temblaba la mano al intentar copiar en el papel sus labios firmes y severos que nunca sonreían o sus ojos claros y fríos, que la miraban como si fuera un insecto. Al pintar a Marco algo de su padre se grababa en su hermano, cada día más parecidos, y con eso se iba conformando la Angélica de ocho años que apenas podía dormir.

A los trece años le dio por matar las horas de sueño escribiendo, aunque nunca se le dio tan bien como luego demostraría Pablo. Escribía historias felices de familias normales donde había un padre y una sola madre, y no tres ausentes y una postiza, y los niños no se morían a los cinco años. Escribía sobre padres generosos y amantes, que sacaban a sus hijos de paseo los domingos y les comparaban chucherías y les reían las gracias. Y Angélica se reflejaba a sí misma en brazos de un padre jovial y despreocupado y de una madre amable y atenta que le hacía sus platos favoritos y le preguntaba qué tal le había ido en el colegio. Y describía hermanos que se querían entre ellos y no estaban distanciados por una brecha de orgullo y odio insalvable, incluso con tan pocos años como los que Pablo y Marco tenían entonces.

Sus historias de familias felices acabaron en la basura cuando, a los quince años, se enamoró de Martín y empezó a escribir sobre la vida real en un diario de tapas rojas que guardaba en un estante escondido de su armario. Conocía a Martín desde siempre, pero una mañana de marzo muy ventosa, cuando salían del instituto, él corrió detrás del gorro de lana que se escapó de su cabeza por efecto de los vientos huracanados que sacudían la ciudad y al devolvérselo la sonrió como si la viera por primera vez. Y entonces ya sólo existió Martín, aunque en silencio y compartido, porque a la vez Mercedes y Pablo también vieron al mismo chico al que conocían de toda la vida y también se enamoraron de él y otra tragedia empezó a sobrevolarles cuando aún no habían olvidado a las madres ausentes y la muerte de Cecilia.

A los 18, aún enamorada pero con la certeza de no ser correspondida jamás, cambió su diario por los estudios y empezó Medicina con muchas ganas y con la seguridad de que en aquello iba a ser buena, iba a destacar y, sobre todo, a sentirse a gusto y correspondida por primera vez en su vida. Y así, mientras Marco se iba distanciando de todos y pareciéndose más a su padre, Mercedes se instalaba cómodamente en el rincón del salón, sentada al piano y Pablo disfrutaba de Martín porque fue él quien se lo llevó finalmente de los tres, Angélica se agazapó en la sombra, y empezó a querer hacerse invisible mientras aprobaba asignaturas y cursos y mataba sus horas de insomnio con términos médicos y libros gigantescos que la apartaban cada vez más de la realidad.

Una realidad que había sido casi normal en los años del instituto, cuando sus hermanos y ella se disputaban cordialmente la atención de Martín y los cuatro tomaban chocolate con churros en una cafetería del centro que pronto convirtieron en refugio en sus batallas adolescentes. Una realidad que se fue fundiendo a negro poco a poco cuando su padre no la dejó irse a estudiar un año al extranjero, cuando perdieron a Martín en un suspiro, cuando Pablo y Marco casi se matan uno a otro y cuando tuvieron que internar a Mercedes que, de pronto, se rompió como una muñeca de porcelana.

Con la licenciatura bajo el brazo y con el control de su padre sobre ella más férreo que nunca, convencido ya de que Angélica era a la única de sus hijos que siempre había podido controlar con facilidad, Fabio le volvió a negar la huída del nido cuando ella quería volar en solitario y acabar de descubrirse. Sin el cobijo de los estudios regulares de la facultad y con el insomnio aún abrasándole el alma noche tras noche, Angélica se decidió a seguir formándose y entró a formar parte del equipo de un minucioso investigador oncológico y allí, por primera vez, se sintió en casa.

Y fue esa la única época feliz de su vida, cuando creyó que era válida por sí misma y nadie la juzgaba. Cuando se miraba en el espejo y no deseaba para sí el carisma de Marco, la belleza de Pablo o el talento artístico de Mercedes. Cuando ella fue importante y le gustaba en quién se había convertido. Cuando tuvo cerca a Luka y el mundo era una explosión de colores y ni las miserias pasadas le podían hacer perder la capacidad de soñar con escapar de su padre y ser libre de sus amarguras.

Incluso llegó a conciliar un sueño plácido y regular en el breve periodo de libertad que supuso su marcha a Budapest después de batallar con un intransigente Fabio, que tuvo que morderse los labios de rabia cuando su hija le anuncio sin reservas que se iba a Hungría a tomar posesión de una vacante en un hospital del Pest por espacio de seis meses, donde podría seguir sus estudios sobre células cancerígenas y donde (esto no se lo dijo a su padre), podría estar con Luka sin que él se entrometiera.

Pero hace ya un siglo que volvió de Hungría o al menos ella lo siente así. Hace un siglo que vuelve a dormir poco y mal, que se despierta en la oscuridad de la noche y sólo piensa en cómo rellenar los huecos. A veces se despierta con un terrible dolor de cabeza que sólo se va si deja caer sobre ella el agua tibia de la ducha o si logra conjurar a sus demonios particulares para que la dejen en paz. Lo del dolor de cabeza es nuevo, eso se lo trajo de Budapest y del recuerdo de Luka que tiene grabado dentro. Ahora cuando se desvela sueña despierta con la niña que ha crecido temiendo a su padre, sintiéndose culpable por querer irse de su lado, mientras el dolor de no haber vivido del todo la empapa y, de nuevo, como una pescadilla que se muerde la cola, la impide dormir y soñar dormida con lo que de verdad quisiera hacer con su vida.

Y piensa que todo puede ir a peor, y si no, mira a la pobre Mercedes, llorando al amor de su vida que no se negó a luchar por ella, sino que se ha muerto, sin ninguna posibilidad de volver y hacerla sonreír de nuevo. Y con lo que le costó a Mercedes volver a sonreír y volver a querer estar viva... sí, todo puede ir a peor, por desgracia, puede ocurrir.