Categoría: Me, just Lois
14 Enero 2009
–Pasamos tres días y tres noches sin salir de casa, sin dejar de amarnos, como intentando recuperar todas las horas que habíamos perdido en esos diez días de distancia. Todo era luz, color, fuegos de artificio en mi corazón, que volvía a latir con a fuerza de una juventud que yo había sepultado entre libros, evasiones y escondites. Lía era un flor en mis manos y yo un juguete en las suyas… y fuimos felices. Fugazmente felices. Dios… qué tres días más perfectos me regaló la vida…
“La mañana del cuarto día me desperté temprano y decidí salir a comprar algo que rellenara la nevera. Lía se revolvió en la cama y abrió tímidamente sus ojos. Me miró con ternura y me preguntó en un susurro si podía usar mi teléfono para llamar a su hija. La mención de la niña rompió, de algún modo, el hechizo que nos había mantenido despistados y como amnésicos durante los días anteriores. Nos miramos serios hasta que ella rehuyó mi mirada y entonces volví a pensar con la claridad que, quizá, no debería haber ignorado.
“Sus ojos contenían tanta insatisfacción que comprendí, de pronto, que aquello había sido un espejismo, una imposible y quimérica realidad en la que nos habíamos refugiado sin pararnos a pensarlo. Sí, nos queríamos, pero ella no estaba sola y su equipaje lastraba demasiado nuestra hipotética relación, fuese la que fuese. Su niña era su vida, el recuerdo de su hijo muerto la tenía medio poseída y, pese a todo, amaba a ese marido sumido en depresiones y en perpetua baja laboral por el abuso al que sus desalmados alumnos le tenían condenado. No era una vida de cuento de hadas, pero al menos tenía un sentido… la nuestra, nuestra vida en común, no era más que una evasión.
“Le dije que, por supuesto, podía usar el teléfono y me marché. Bajé al bar de la esquina y me ensimismé en todo mi dolor mientras frente a mí se enfriaba un café con leche y dos porras rancias. Ella me quería pero no podía dejar atrás su vida así como así, desentendiéndose de sus obligaciones de mujer casada. Tampoco podía volver al pueblo y borrar de su memoria esos tres días o los anteriores, junto a la puerta del cementerio. La suya era una situación difícil y sin ninguna solución, porque hiciera lo que hiciera, no iba a conseguir encajar en ninguna parte.
“Estaba ensimismado en comprender el laberinto que todo ello suponía para Lía cuando en mi mesa se sentó un hombre que jamás había visto en mi vida. Era negro, enorme, con los ojos verdes tan brillantes que parecían esmeraldas pulidas, un traje de corte exquisito y un olor dulzón y almizclado que, a esas horas y con el estómago vacío, casi me hizo vomitar. Me sonrió mostrando dos hileras de dientes blanquísimos y su rostro dejó de ser imponente para hacerse casi el de un amigo. En seguida me dio seguridad estar a su lado, como si le conociera de antes, como si supiera que él estaba allí para hacerme un favor de amigo.
“Sólo abrió la boca para decirme que podía hacer que mi dolor se fuera, que sólo tenía que pedir y obtendría el anhelo más ardiente de mi corazón. Y, a cambio, sólo debería darle mi alma tras diez años gozando de los placeres que pudieran ocasionarse de mi petición. Pese a lo absurdo del cuadro, te puedo asegurar que supe que decía la verdad y que en ningún momento tuve miedo. Más bien le agradecí a quién fuera su intervención, porque no podía imaginar solución más factible al problema que tenía entre manos.
“Le miré tranquilo. Pensé un segundo en las opciones y decidí, casi al instante, lo que iba a hacer. No sabía que entonces empezaba a morirme. Que firmaba mi sentencia de muerte porque aunque mi hora llegue el domingo que viene, llevo muerto casi diez años. Eso lo tengo muy claro.
“Quiero que ella vuelva a su casa y halle la felicidad con lo que allí tiene. Que aquello sea suficiente, que no se arrepienta jamás de quedarse allí. Que no se mortifique por dejarme. Por favor… le dije.
“Me levanté de la mesa y él me imitó. Me tendió una mano firme que yo estreché sin tiempo para echarme atrás. Mi destino quedó sellado en apenas dos minutos.
“Volví a casa sabiendo que ella ya no iba a estar ni en mi cama ni en mi vida. Me recosté en al cama que habíamos compartido y me empapé de su olor, intentando clavarlo a fuego en mi memoria, para que me durara los diez años que me quedaban por delante, para ayudarme a soportar el dolor de pensar que ella iba a ir convirtiéndose, poco a poco, en un recuerdo: el único recuerdo de una vida de verdad.
“No volví a verla en dos años. Volví por el pueblo a terminar de arreglar la venta de la casa de mi abuela y la vi de lejos. La espié un par de horas mientras comprobaba que no estaba mal, que se había borrado de sus ojos ese lamento mudo que se los velaba en la época en la que la conocí y la amé y volví a Madrid feliz y derrotado al mismo tiempo.
“Desde entonces he tratado de comprender de qué me ha servido todo esto del Pacto que suscribí aquella mañana en una cafetería de mala muerte del centro de Madrid, con un tipo enorme y bien vestido que deseaba mi alma al cabo de una década. He buscado, he tratado de encontrar respuestas y me he desesperado… pero ahora sé que todo eso fue una pérdida de tiempo, porque a parte de encontrarte a ti, no hay ni un solo hilo del que tirar. Y por más que pienso, no logro concebir que nada bueno me vaya a pasar cuando llegue el domingo y ese tipo reclame lo que es suyo… por eso, por eso estoy aquí, sintiendo el contacto de otro ser humano por última vez, diciendo adiós y sabiendo que agoté todas mis opciones.
servido por loislane
6 comentarios
compártelo
7 Enero 2009
Krysta percibía la emoción que iba embargando poco a poco el relato de Peio. “Ella fue a buscarle –pensó– , le encontró. La historia pudo haber acabado bien…” Pero algo se había torcido, algo había salido mal y la muchacha, aún acurrucada junto al hombre, aún asombrada por la apertura de aquel extraño para con ella, se estremeció al pensar en cómo la vida se encarga de acabar con toda la esperanza que el amor nos concede.
–La abracé con fuerza cuando me recuperé de la impresión de verla allí, junto a mí, después de haberla dado por perdida, de haberla llorado, de haberla idealizado y haberla subido al pedestal de mis anhelos. Lía estaba de nuevo junto a mí, me había elegido y nada podía hacerme más feliz que su sola presencia encajonada en el hueco de mis brazos, su corazón latiendo cerca el mío, su calor templando mis propios huesos…
Peio volvió a callar. Una lágrima solitaria siguió el mismo curso que otra había tomado apenas unos minutos antes y Krysta, siguiendo un impulso dictado por la ternura que ese hombre le suscitaba entonces, se la borró con un dulce beso en la mejilla. Le abrazó fuerte, le intentó dar ánimos, le susurró palabras de aliento en sus oídos y se quedó allí, en sus confortables brazos, en espera de que el hombre retomara el hilo de sus pensamientos.
–Pero…
“Pero…”, siempre había un pero, siempre pese a todo. La historia no iba a acabar bien, bastaba ver a Peio para saberlo. Krysta se incorporó ligeramente, le tomó del mentón y le miró a los ojos con la seriedad de sus derrotas refulgiendo ávidamente.
–El Pacto.
Las palabras parecieron puñales para Peio, que las desechó con el dolor del golpe haciéndose real en cada punto de su cuerpo.
–El Pacto…– susurró con la voz rota.
servido por loislane
sin comentarios
compártelo
30 Diciembre 2008
Peio cerró sus ojos, manteniendo a salvo el recuerdo de Lía, caliente en sus entrañas, ardiendo en su corazón. La quiso casi desde el principio, por eso de reconocer en sus ojos la mirada de un igual, de aquella que había nacido para completarle. No podía explicar objetivamente la sensación de comodidad, de sentirse en casa, que experimentaba estando con ella, pero sabía que era real, que por ella había estado vagando 35 años sintiéndose extraño en todas partes.
Sintió la tímida mano de Krysta rodeando sus hombros, dándole el consuelo que sabía que ya jamás encontraría en otros brazos. Sintió la compasión de la muchacha rezumando en su leve contacto y se propuso recomponerse. Debía acabar su historia.
–Un par de semanas después de que nos conociéramos, y ya cercanos como amigos del alma, como si siempre hubiéramos estado juntos, mis ideas no podían ser más claras y más confusas a la vez. La quería, la deseaba, pero sobre todo, la respetaba por todo lo que ella era. tenía claro que la amaba, pero no tenía ni idea de lo que hacer con tales sentimientos. No era fácil, no lo fue nunca. En casa tenía una vida y yo no podía ofrecerle nada salvo comprensión, reconocimiento y mucho amor, todo el que nunca antes había entregado a nadie.
“Una tarde especialmente fría en la que me encontraba en mi hotel, pensando en mis opciones para con ella, saboreando los momentos que aquella misma mañana habíamos compartido en la puerta del cementerio, unos pasos vacilantes se detuvieron ante mi puerta. Supe que era ella al instante, presintiendo su desbocado corazón a través de la fina capa de madera que nos separaba. Abrí antes de que ella llamara, antes de que se atreviera, porque se lo estaba pensando, librando en su interior una terrible batalla entre el deber y el querer. Me miró un instante, los ojos tristes, y luego, sin titubear, se echó en mis brazos y comenzó a llorar mientras me besaba y me decía que no podía evitar el estar conmigo.
“Ninguno de los dos había sido nunca más feliz que en aquellas dos horas que estuvimos juntos. Ninguno de los dos sintió tanta devastación interior, tanta tristeza, tanta melancolía por lo que probablemente nunca sería. Lía no dejó de llorar en toda la tarde, pero a la vez se entregó como nunca lo había hecho, se dejó amar con toda mi desesperación y ella, atormentada por los remordimientos, quiso olvidarse de todo entregando su alma por unos instantes, en un intento desesperado por matar su dolor.
“Cuando se fue, cuando el hueco que había ocupado en mi cama empezó a perder su calor, fui yo el que comenzó a llorar. Fui yo el que entonces comprendió el dolor que su alma sentía, su doble traición, su incapacidad para elegir, para firmar un compromiso con ninguna de sus dos opciones. Mi corazón la amaba con toda su fuerza, pero tampoco me veía capaz de hallar una solución y mucho menos después de haber estado en sus brazos o haber comprobado la desolación que aquello le producía.
“De pronto sentí al urgencia de verla de nuevo y aquello me devolvió un poco la cordura. No podía hacerle eso, no podía obligarla a elegir ni arrancarla de su hogar. Me vestí en un ataque de lucidez, hice mi maleta a toda prisa y tomé la carretera que me devolvía a Madrid. Abandoné mi sueño, abandoné toda esperanza de tener un futuro para evitar que ella fuera infeliz a mi lado, echando en falta una parte de su vida que yo jamás podría suplir. Nunca, en toda mi existencia, había experimentado un dolor tan lacerante como el que me acompañó en aquel viaje de vuelta al infierno monótono de una vida sin ella. Nunca había sentido cómo se me desgarraba el corazón, cómo tiraba dentro de mí, cómo me pedía con gritos sordos y angustiosos que regresara a por ella.
“Pero no lo hice. Me mantuve fuerte por lo mucho que la quería. Volví al trabajo, volví a sumergirme en una rutina gris y hermética que me salvaba de volverme loco y que, en cierto modo, me transformaba en un ser que no se permitía ni pensar ni sentir. Ella sólo estaba conmigo por las noches, su recuerdo era mi compañero al acostarme, el olor de su piel, el tacto de sus labios… todo eso era mi refugio nocturno, pero sólo durante las horas de vigilia. Era todo lo que le concedía.
“Diez días después de abandonar el hotel y volver a Madrid me la encontré en el rellano de mi casa al regresar del trabajo. Me quedé paralizado y por un instante no moví ni un solo músculo, conmocionado como estaba por el hecho de volverla a ver en carne y hueso, más allá de las noches eternas que consagraba a soñarla.
“Había venido a buscarme.
servido por loislane
3 comentarios
compártelo
26 Diciembre 2008
Krysta comprendió de pronto la tragedia que Peio intentaba contarle, comprendió que aquel hombre había sido feliz (muy feliz) apenas unos días, todos ellos antes de suscribir aquel maldito Pacto. En cuanto a ella, por desgracia, la única felicidad que había conocido era esa que se disfruta con los pocos años, cuando incluso las desgracias y las carencias se ven minimizadas porque son vistas a través de ojos aún inocentes. La ignorancia la había convertido en una niña feliz y feliz había sido hasta que empezó a ser consciente de que la vida no era el mundo ideal que ella había dibujado a su alrededor.
Peio no estaba disfrutando en absoluto al hacerle partícipe de su historia, pero ambos entendían que se hacía necesario explicar el porqué de su presencia allí, de su camaradería recién descubierta, de los muchos lazos invisibles que, pese a las distancias en todos los aspectos, los habían reunido allí a apenas una semana del final del hombre.
Él necesitaba escribir el capítulo final de su vida, darle sentido a una muerte absurda, compartir sentimientos y experiencias, darle la mano a una personas que podría necesitar ese gesto en el futuro. Ella necesitaba ser instruida, convencerse de que el tiempo que aún le quedaba podía merecer la pena, encontrar algo por lo que luchar.
Pero Krysta ya estaba convencida de sus opciones. Y era muy consciente de muchas cosas acerca de sus fracasos, pero sobre todo, sabía que si en tres años no había conseguido convertirse en alguien mejor, en alguien distinto a la muchacha que fue, ya no había manera de conseguirlo, porque la ciénaga que la engullía estaba muy llena ya de deshechos, y ella ya no tenía fuerzas para salir de allí. Quizá lo hubiera podido conseguir de haber seguido caminos más juiciosos, o tal vez si su deseo hubiera sido otro. Pero deseo algo que podía interpretarse de muchas maneras y, por desgracia, la interpretación que a ella le había tocado fue la peor de todas.
Peio cerró los ojos, saboreando aquel enamoramiento fugaz, lo más importante de su vida gris. Y Krysta supo entonces que estaba ante un hombre excepcional que, como todo, llegaba tarde a su vida. Demasiado tarde.
servido por loislane
1 comentario
compártelo
23 Diciembre 2008

–La vi… la vi y desde el primer instante supe que ella era quien podría completarme. Estaba llorando en silencio, envuelta en un abrigo de lana marrón varias tallas más grande y con la derrota escrita en los ojos. Era hermosa pese a las lágrimas, o tal vez gracias a ellas. Sus labios estaban torcidos en una mueca de dolor infinito y sus hombros hundidos, como si soportaran todo el peso del mundo.
“La observé desde la distancia, desde la lejanía y el anonimato que ofrecen los desconocidos, y ella ni siquiera se percató de mi presencia durante todo el tiempo que estuve allí. Al cabo de unos minutos creí que debía dejarla sola con su dolor, sola frente a una tumba escarbada en la tierra, sin lápida, con una cruz forjada señalándola y que de pronto me parecía muy pequeña. Y me alejé hasta la puerta, donde me entretuve esperando a que ella abandonara su velatorio y saliera del cementerio. Tras media hora la vi venir hacia la puerta y entonces ella pasó a mi lado, se detuvo, alzó sus ojos enrojecidos por el llanto, pero secos ahora, y me miró.
“Me miró y debió de encontrar algo dentro de mí igual a lo que yo había encontrado en su figura quieta junto a la pequeña tumba. Me miró largo rato, en silencio, sin hacer ningún movimiento salvo un leve parpadeo, y luego pintó su rostro con una sonrisa, la más triste que he contemplado en mi vida. Yo, desconcertado y por primera vez fascinado por otra persona, intenté devolverle la sonrisa y me presenté con cierto temor a romper el hechizo que su presencia silenciosa había impuesto. Pero ella no se desvaneció al hablar, no se arrepintió de haberse parado, y se quedó allí, conmigo, intentando charlar sin que sus penas se traslucieran en una conversación que quería ser vana.
“Ella me reconoció como el nieto de mi abuela y acertó a decir que apenas se acordaba de ella, pero que en el pueblo la habían querido mucho por ser una buena mujer. Después de hablar sobre mi abuela y sobre el pueblo en general, me preguntó sobre la casa y mis intenciones y sobre cuánto pensaba quedarme. Y luego, sin apenas tiempo para reaccionar, dijo que se tenía que ir. Que no podía entretenerse más y que ya nos veríamos. Empezó a andar en dirección al pueblo, sin darme tiempo a ofrecerme a acercarla en mi coche y ya cuando estaba a buena distancia, recordé que no me había dicho su nombre y salí corriendo tras ella. “Lía”, me dijo… “como la primera mujer de Jacob”.
“Lía… me gustó su nombre, me gustó cómo lo pronunció, cómo se le iluminó el rostro con una sonrisa menos triste que las anteriores, como pintada por un rayo de esperanza, por algo que no supe (o no quise) comprender en ese momento. Se alejó con paso vivo, se alejó y se convirtió en una promesa, en algo que yo quería volver a ver, a saborear, a poseer…
“Volví al hotel y estuve toda la tarde pensando en ella. Ese día al levantarme había decidido que el momento de regresar a Madrid había llegado, pero después del encuentro en el cementerio, no pensaba igual. Sólo quería volver a verla y conocerla y ser una persona completa a su lado, tal y como me había sentido mientras hablábamos en la puerta de ese cementerio de pueblo. Y decidí que mi estancia en ese hotel y en el pueblo de mis abuelos se prolongaría tanto como ella marcara, tanto como yo la necesitara o como ella necesitara de mí.
“Volví a buscarla pronto a la mañana siguiente. Pensé en el cementerio como primera opción y acerté. Allí estaba. De nuevo sobre la misma tumba, de pie junto a la cruz de hierro forjado, con su abrigo, su tristeza y sus lágrimas bañándole la cara. Yo esperé a que terminara con un ritual que suponía diario y de suma importancia para ella, y luego, como el día anterior, nos reunimos en la puerta del cementerio. Repetimos el encuentro durante días y nos hicimos amigos y algo más, porque con cada nuevo día nos acercábamos más y descubríamos lo que tanto anhelábamos, lo que ambos llevábamos toda la vida buscando: consuelo, abrigo, un reflejo de nosotros mismos.
"Me contó todo de ella, de su vida triste en ese pueblo que se la tragaba, que no le ofrecía más que días idénticos unos a otros; de su matrimonio carente de emociones, de pasión… aunque no de amor, porque ella quería a su marido pese a todo, le quería con toda su alma y no podía dejar de quererle pese a no ser feliz con él; de sus hijos… el niño que le había nacido con problemas de corazón y que fue frágil y enfermizo toda la vida, hasta que tres meses antes se le había muerto entre los brazos, y la niña a la que había descuidado toda su vida por consagrarse al hijo que ahora no podía dejar de llorar… una vida que le palpitaba en el pecho pero que aún no había vivido hasta el punto de disfrutar, de ser un poquito feliz… un ser idéntico a como yo era entonces.
“En apenas unas horas yo ya estaba enamorado. La quería ya tanto con apenas dos encuentros que hubiera hecho cualquier cosa por ella, por borrar la tristeza de sus ojos para siempre. Por conseguir que ella riera a gusto. Por lograr desterrar sus fantasmas… y ese fue, sin duda, el motivo de que finalmente acabara perdiéndola.
servido por loislane
5 comentarios
compártelo
14 Diciembre 2008
-La vi…
Un trueno sonó a lo lejos, anunciando una inminente tormenta, tal vez tan tumultuosa como el interior de aquellos dos seres que el azar había reunido en una habitación de hotel. El hombre calló un instante, interrumpido por el ruido de trueno, y Krysta supo que su mente y su corazón volvían al momento en que él se había encontrado con esa mujer, la mujer por la que había cambiado su alma.
Krysta pensó que aquel hombre –Peio, ahora tenía un nombre–, era demasiado diferente a ella. Había tenido una infancia y una madurez solitaria, no había tenido pasión, ni alegrías desmedidas, ni el calor de otras personas aparte de su abuela. Pero tampoco había sufrido las consecuencias nefastas de que todo aquello que ella disfrutó se torciera. No había recibido palizas, ni le habían traicionado, ni había tenido que pactar la muerte de nadie. No había convivido con el terror ni con la pena devastadora de perder un hermano, de verlo cambiar y convertirse en un monstruo, en alguien a quien temer y odiar con toda la saña de un corazón mutilado.
Peio no había sido feliz, pero al menos su cuerpo no tenía cicatrices como las que recorrían el suyo. Y no sólo cicatrices físicas, de las que las palizas y los abusos fueron surcando su piel, sino también de las que se fijan en el alma y van alimentando un ansia de venganza insana que te va alejando de esa muchachita dulce y alegre que ella había sido y que murió con la primera paliza.
Krysta deseó la vida gris de ese hombre. Deseó no haber sufrido y no haber visto lo que sus ojos habían contemplado. Y deseó hacer hecho aquel maldito Pacto por otra persona, como él, por alguien que se lo mereciera y a quien amara, y no simplemente por ella misma.
–Continúa, por favor.
servido por loislane
3 comentarios
compártelo
4 Diciembre 2008

–Cuéntamelo– pidió Krysta con el deseo de saber marcando la inflexión de su voz.
El hombre, sabiendo de repente que tenía que hacerlo, que tenía que compartir su pena y su culpa con ella, pensó por un instante en huir de allí. Volver a sus diez años de soledad y ostracismo. Olvidarse del mundo y esperar el infierno que sobrevendría el domingo. Pensó en huir de aquella voz, de aquel cuerpo, de aquel destino que era gemelo al suyo. Lo pensó mil veces en apenas unos segundos y, pese a obligarse a salir corriendo y olvidarla para siempre, sólo hizo un leve gesto de cansancio y se quedó donde estaba. Y habló, y se lo contó y abrió su pecho para exponer un corazón que seguía latiendo pese a una década de letargo y exilio.
–Me llamo Peio Basabe y tengo 48 años. Soy funcionario, en Hacienda, y vivo aquí en Madrid. He vivido aquí casi toda mi vida, desde que mi abuela me trajo a los cuatro años, cuando mi madre murió y me quedé a su cargo. Fui hijo único y era tan tímido y tan retraído de pequeño, que casi mi único vínculo con el mundo fue mi abuela. En la escuela sacaba buenas notas, en casa ayudaba a mi abuela y pese a no tener mucho amigos, no me consideraba infeliz, aunque sí puedo decirte que siempre sentí que me faltaba algo.
“Fui a la universidad y luego aprobé las oposiciones, ambas cosas sin ningún esfuerzo. Salí con una chica un par de años, pero no había nada especial entre nosotros y, convencido como estaba de que había algo por ahí para mí y que ella no lo era, acabamos por dejarlo, sin mucha pena por ambas partes. Mi vida entonces era bastante rutinaria, y así siguió hasta que cumplí 35 años y mi abuela murió. Me dejó todo lo que tenía, como único pariente cercano que le quedaba, y entre sus posesiones, escondida bajo tres décadas de olvido, estaba la casa en la que nací, donde murió mi madre, la que ella abandonó, cuando no pudo vivir con sus recuerdos amargos, para venirse a Madrid, un lugar mucho más aséptico y ordinario que aquel pueblo alavés donde había vivido toda la vida.
“Te cuento todo esto para que entiendas lo gris que era mi vida, lo perdido que estaba y lo solo que me sentí cuando mi abuela, la única persona importante para mí, se murió. Cuando se leyó el testamento y vi que me había dejado una casa que ya había olvidado, sentí de pronto un deseo irrefrenable de ir allí, de rescatarla del olvido, de volver a mis raíces, las raíces de mi madre, de mi abuela... y tan pronto tomé conciencia de mi deseo, me fui a aquel pueblo que entonces estaba ya medio muerto, con apenas sesenta vecinos, de los casi 500 que tuvo durante la juventud de mis abuelos.
“Llegué un viernes por la mañana y paseé por las calles de aquel lugar, intentando encontrar entre sus casas y rodeado de sus vecinos ese algo que me faltaba, pero tres días después aún seguía escapándose de entre mis dedos. La casa estaba hecha un desastre: treinta años cerrada lo explicaban perfectamente. Me hospedaba en un hostal de un pueblo cercano y desde allí iba todas las mañanas a explorar, tanto la casa como el pueblo y sus alrededores. Entonces, la mañana del cuarto día, cuando visitaba el cementerio en busca de la tumba de mi madre, de pie junto a una lápida que parecía reciente y con el rostro bañado en lágrimas, la vi...
servido por loislane
5 comentarios
compártelo
3 Diciembre 2008
Krysta se sentó abatida a los pies de la cama, lentamente, como si el cuerpo entero le doliera, como si el mero esfuerzo de alcanzar el borde de la cama le estuviera quebrando los huesos. Si el hombre no había logrado ser feliz pese a haber agotado su tiempo ¿qué esperanza le quedaba a ella de alcanzar unas migajas de buena vida? Aquellas horas angustiosas de hacía tres años no habían servido para nada, excepto para sembrar el horror en su familia y para llevarla a 3.000 kilómetros de distancia. Poco más.
Se acordaba de su madre, medio loca, de su hermana Helena, de Luka… y de Ivo, siempre Ivo. El bello y perverso Ivo. Recordaba cuando, de pequeño, se peleaba por ella, de cuando le reservaba las mejores raciones de sopa, de cuando gritaban llenos de júbilo a orillas del lago… y recordaba también la máscara que poco a poco se fue interponiendo entre sus rasgos bondadosos y lo que acabaría siendo, aquella bestia infernal que la sometía, la pegaba y la vendía.
-¿Qué le pediste?
El hombre, hundiendo los hombros, se sentó a su lado. La mirada en los pies, las manos temblorosas, el corazón en un puño.
-Pedí la felicidad de una mujer.
servido por loislane
1 comentario
compártelo