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La Coctelera

Categoría: Lo que cuentan las imágenes

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Lo que cuentan las imágenes. Historias de la Guerra. Desembarco en Normandía

Foto: Desembarco de Normandía
Autor: Robert Capa (LIFE Magazine)

Lugar y fecha: Playa Omaha Beach en Normandoa, Francia. 6 de junio de 1944.
Categoría: Fotoperiodismo / II Guerra Mundial.

Distinciones: Elogios internacionales.

Pocas personas en el mundo, muy pocas, se hubieran atrevido a desembarcar en el infierno de Omaha Beach el 6 de junio de 1944 -ese famoso y manido Día D (que en realidad recibió el nombre oficial de ‘Operación Overlord’)- con la sola compañía de un arma muy poco útil defensivamente hablando: una cámara de fotos. Lo hizo Robert Capa, que ya entonces era considerado como ‘el mejor fotógrafo de guerra del mundo’ y las fotos que logró hacer aquella mañana en Normandía son el escalofriante reflejo de los dramáticos momentos que miles de soldados vivieron en la que fue la ofensiva de guerra más sangrienta del siglo XX.

En la primavera de 1944 la II Guerra Mundial sufre sus más decisivos momentos en todo su desarrollo. Los americanos se van haciendo poco a poco con el control del Pacífico, gracias a maniobras como la toma de Iwo Jima, y África está casi controlada, después de vencer al Afrika Korps de Rommel. Pero queda la Europa continental, que aún es el reducto de los alemanes (salvo en la parte oriental, donde los soviéticos ganan terreno desde que en enero de ese mismo año vencieran a los nazis en el sitio de Leningrado, después de casi cuatro años de bloqueo). Es por ello que las potencias mundiales que forman el frente aliado se reúnen en Londres y abogan por un ataque directo y en masa sobre las posiciones europeas de los alemanes, para complementar la acción de los soviéticos.

La cosa no está fácil. Para tomar Europa han de entrar por Francia y para hacerlo, hay que hacerlo por la costa (desestimada la idea de entrar por España y los Pirineos, dada la condición de ‘amigo del eje’ de nuestro país). Ya se habían intentado tres desembarcos en Sicilia, Salerno y Anzio, contra defensas relativamente débiles y costas sin fortificar, y cada uno había salido por los pelos. En contraste, en Francia todo un grupo de ejércitos del Eje esperaba a los invasores al mando nada menos que del mítico Rommel, con treinta y dos divisiones listas para la acción, tres más en Holanda y otro grupo de ejércitos con trece divisiones apostadas en el sur de Francia. Las partes vulnerables de la costa francesa estaban defendidas por la ‘muralla del Atlántico’, una formidable línea de obstáculos y campos minados cubiertos por baterías de cañones en emplazamientos de cemento. Iba a ser muy distinto romper la muralla del Atlántico que desembarcar en una costa italiana o en un atolón del Pacifico.

Por razones logísticas, la mayor fuerza que los aliados pondrían en tierra en la primera oleada era de cinco divisiones, con seis más que las seguirían en cuanto hubiera espacio para desplegarlas. En consecuencia, había que dedicar todo el ingenio científico y militar a resolver tres problemas muy complejos. El primero era poner las tropas en tierra y a salvo pese a un intenso fuego de artillería. El segundo era conseguir que los tanques y la artillería pasasen las trampas y zanjas que obstaculizaban el avance. El tercero era pertrechar a los ejércitos que ocuparían la cabeza de playa y desembarcar las miles de toneladas de gasolina, municiones y alimentos necesarios. Se tenían que inventar nuevos métodos y armas para la batalla de la cabeza de playa.

La ofensiva se prepara para la mañana del 5 de junio, pero debido a desavenencias climatológicas, ha de trasladarse al día siguiente. Capa se embarca con el resto de los soldados. Viaja a bordo del USS Samuel Chase, junto con la Compañía E del 16º Regimiento de la 1ª División de Infantería. Pasa la noche como uno más de los miles de muchachos que al día siguiente van a jugarse la vida: juegan al poker, hablan de lo que harán al acabar la guerra, beben para infundirse valor… y lo van a necesitar: los muchachos de la Compañía E van en la primera oleada de la ofensiva, la que más bajas tuvo a la postre. Capa no quiere esperar a la seguridad de las posteriores ofensivas, quiere hacer gala de su máxima “si tus fotos no son buenas, es que no estás lo suficientemente cerca” y desembarca con los que han sido sus compañeros de viaje por espacio de unas escasas horas.

Omaha Beach, donde Capa desembarca, es el lugar donde más resistencia ponen las tropas alemanas. No en vano, aquella playa acabó tomando el nombre de ‘Omaha la Sangrienta’. Robert Capa, además, no llevaba más arma que su cámara (bueno, sus dos cámaras, dos Contax II, cargadas con película de 35 milímetros). Con ellas iba guardando para la posteridad todos los momentos desde su embarco en el Samuel Chase hasta su llegada a la playa, pasando por sus momentos en el transporte anfibio… el horror que estaba viviendo era enviado directamente a la película gracias a su ojo privilegiado. De aquella dramática mañana Capa salvó la vida (y ya es mucho decir a tenor de los más de 25.000 muertos con los que se saldó el día y sólo del lado de los aliados) y cinco carretes completos con las instantáneas más importantes de su vida.

Entre todas las instantáneas, la foto que hoy es objeto de este reportaje es quizá la más famosa, la más impactante, y todo ello pese a su aparente falta de nitidez. Su calidad, que no se parece en nada al resto de trabajos que Capa realizó en su vida, es fruto de los desgraciados incidentes por los que esos cinco carretes que Robert había salvado de la incursión pasaron al llegar a Londres.

En los laboratorios que la revista Life (que había contratado a Capa para el trabajo) de Londres, tenían mucha prisa por tener las fotos del Desembarco y por ello presionaron a Dennis Banks, entonces ayudante de laboratorio, para que el revelado fuera lo más rápido posible. Toda una serie de nefastas decisiones llevaron a que, con las prisas, Banks las metió en el armario de secado y le dio más potencia de la normal, secando la película recién revelada a una temperatura demasiado elevada, provocando que la emulsión se derritiera y que se perdiera, con ello, gran parte de los fotogramas. Sólo se pudieron salvar once fotos (que son conocidos como ‘The Magnificent Eleven’).

La revista Life recibió el material y decidió publicar diez de esos once supervivientes. La revista trató de explicar el estado algo desenfocado de las fotos alegando el nerviosismo propio del que el fotógrafo era presa en esos momentos tan intensos. Robert Capa siempre sostuvo lo contrario y que el desenfoque de sus instantáneas fue producto de aquel encuentro de sus películas con el armario de secado.

Pese a tan magna pérdida, Capa pidió expresamente que el atribulado Banks no perdiera su trabajo, cuando éste ya tenía un pie fuera de los laboratorios, achacando el incidente a las prisas y no a la mala fe o a la falta de experiencia del joven.

El Autor
Robert Capa. Intuición y alma aventurera

Muchos antes y muchos otros después consiguieron llamar nuestra atención con las imágenes que tomaron sus cámaras, pero ninguno como Robert Capa. Nadie se acercó tanto a lo más profundo del alma que sufre como el que fue catalogado como ‘el mejor fotógrafo de guerra del mundo’. Este hombre, que nació con la palabra osadía grabada a fuego en su espíritu, estuvo en algunas de las contiendas más importantes del siglo XX para dejar detallada constancia de todas las aristas que la realidad ofrece.

Dicen que Robert Capa se inventó a sí mismo una noche en París y todo por huir de la miseria que entonces rondaba su cabeza y la de su compañera Gerda Taro. Un día Capa y Taro se hartaron de que despreciaran su trabajo por ser europeos y se inventaron a un fotógrafo americano respetable que les utilizaba como sus contactos en el viejo continente. Con la estratagema, empezaron a cobrar las fotos que hacían a un valor mucho más alto en el mercado francés de lo que jamás habrían podido conseguir con sus nombres reales. La leyenda empezaba a forjarse y había bastado conjugar los nombres del actor Robert Taylor y el director de cine Frank Capra para comenzar una vida nueva.

Capa nació como André Friedman y abrió los ojos en las calles de Budapest en 1913. En sus primeros años en el Pest el joven André vivió las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y de los terribles años de entreguerras, momentos muy difíciles y que marcaron el carácter de un Capa que aún habría de madurar mucho. Pronto se vio absorbido por las ideas progresistas y que se oponían a la emergente fuerza del nacismo, más si se tienen en cuenta sus orígenes judios, pero el Capa de entonces no sabía del poder de una cámara, y se dedicaba a tirarles piedras a los fascistas, ignorando que había otras formas de lucha.

En 1931 André salió de Hungría. No había cumplido los dieciocho años y apenas tenía dinero para sobrevivir malamente, pero tenía esperanzas. Unos meses antes de su huída en tren de su país natal, varios escarceos políticos y vandálicos le habían llevado a prisión, hasta que al fin lo liberaron en un estado deplorable. Su destino primero fue Berlín, donde buscó a Eva Besnyö, una amiga de la infancia que estudiaba arte y que le abrió los ojos a su futura pasión: la fotografía. Es cierto que aquel otro Capa que aún se llamaba André se acewrcó a una cámara para poder comer y no porque surgiera un flechazo entre instrumento y futuro artista. De hecho, André se había matriculado para estudiar Ciencias Políticas y sólo se acercó a la fotografía para poder sobrevivir. Encontró trabajo como ayudante de laboratorio en Dephot, una de las mayores agencias de fotos de la época, y comenzó a conocer por dentro el mundo mágico de las imágenes. Su primer trabajo de cierta relevancia lo hizo para esta agencia, fotografiando a León Trostki en un mitin en Copenhague. Aquellas imágenes no fueron las únicas que se hicieron ese día, pero sí las más conmovedoras y de más intensidad. Nacía poco a poco un fotógrafo genial que aún tenía mucho que depurar de su técnica.

Las cosas en Berlín se ponen bastante duras por el ascenso imparable del nazismo y André deja Alemania. Su siguiente escala es París, donde ha de empezar a buscarse a vida de nuevo. Ya sabe que es bueno con la cámara (no tanto técnicamente, pero sí que posee una intuición incomparable). En la Ciudad de la Luz comienza a hacer amigos con sus ideas y consigue algunos trabajos muy mal pagados como fotógrafo. Es entonces cuando conoce a Gerda Taro, una judía alemana, y se enamora perdidamente. Ambos ingenian el engaño que será su nueva y definitiva identidad en un intento desesperado por salir de la miseria: Robert capa eclipsa ya para siempre al muchachito húngaro André Friedman, que deja de existir para conseguir una vida mejor.

En 1936, cuando Capa consigue poco a poco reconocimiento, él y Taro son contratados por las revistas comunistas Vu! y Ce Soir para ir a España a cubrir la contienda recién iniciada. La Guerra Civil Española es la prueba de fuego de un fotógrafo que estaba a la espera de su gran oportunidad. Taro y Capa viajan por todo el país, siempre del lado republicano, documentando para el mundo lo que ocurre en la guerra que tiene en vilo a medio planeta. Es entonces cuando Capa toma la foto del ‘Miliciano Muerto’, en Cerro Murciano, Córdoba. La crudeza de la imagen da la vuelta al mundo y le vale el apelativo que ya nunca se despegará de su nombre: ‘El mejor fotógrafo de guerra del mundo’. Meses después llega la conmoción, Gerda muere aplastada bajo un tanque cuando cubría un ataque y Robert Capa, desolado, deja España.

Viaja hasta China donde colabora en la realización de un documental titulado ‘Los cuatrocientos millones’. Pero no puede olvidarse de la guerra que ha dejado a medias y regresa para cubrir el final, para documentar el éxodo de los refugiados y la deposición de las armas. Aquella fue la primera de muchas guerras que vería a través de su lente. Luego vinieron la Segunda Guerra Mundial, la Invasión Japonesa de China, el conflictivo nacimiento del Estado de Israel y la sublevación vietnamita en la Guerra de Indochina.

Después de cubrir varios frentes en África y Europa durante la II Guerra Mundial, su gran momento fue, sin duda, durante el peligrosísimo Desembarco de Normandía. En 1944 se produjo la mayor ofensiva de la Segunda Guerra Mundial en la que participaron y murieron muchos soldados. Capa pidió ir en la primera oleada, la más peligrosa, y lo hizo con la única compañía de su cámara, sin ningún otro arma más. Sobrevivió, milagrosamente, y consiguió sacar de aquellas playas cinco rollos que reflejaban la crueldad y el horror más intensos de la guerra. La mala suerte hizo que el operario de laboratorio de revelado quemara todas las películas cuando las puso a secar, pudiendo salvar solamente once instantáneas. No es gran cosa, pero sí que sirven para reflejar lo que aquello fue y han llegado a nuestros días como el único documento visual de aquellas primeras horas del infierno que fue la toma de Normandía.

Capa ya estaba en lo más alto del olimpo del fotoperiodismo cuando la guerra acabó. Se fue entonces en América y quiso probar el estilo de vida Hollywoodiense. Mantuvo un tórrido romance con Ingrid Bergman, probó como extra en una película, fundó la prestigiosa Agencia Mágnum junto a Cartier-Bresson, Seymour, Rodger y Vandivert y se dedicó a rescatar viejas amistadas como las de John Ford, Hemigway o Steinbeck, hasta que se dio cuanta que él no estaba hecho para la vida pasiva. Después de cubrir el nacimiento de Israel y sus polémicas consecuencias, Robert decidió que iría a Indochina, donde estaba comenzando la sublevación Indochina. Ese sería su última guerra. El 25 de mayo de 1954, días antes de que se cumplieran 10 años desde el desembarco donde más cerca estuvo de morir, perdió la vida al pisar una mina antipersona mientras acompañaba al ejército francés en una misión de reconocimiento.

Su leyenda ya estaba forjada y su legado, miles de negativos, hoy son documentos precisos y humanos de una época y unas contiendas que él se encargó de guardar para que todo el mundo pudiera recordarlas.

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Lo que cuentan las imágenes. Retrato. Chica de ojos verdes

Foto: Chica de ojos verdes (Afgan Girl)
Autor: Steve McCurry (National Geographic)
Lugar y fecha: campo de refugiados de Nasir Bagh, frontera entre Pakistán y Afganistán.Junio,1984.
Categoría: Fotoperiodismo / Sociedad (éxodos de la segunda mitad del siglo XX).
Distinciones: Portada National Goegraphic (junio, 1985), Premio de la Asociación de la Prensa Americana (1984), Medalla de Oro Robert Capa (a la totalidad de la obra de McCurry en la frontera paquistaní).

Ella es afgana, tiene los ojos verdes y su mirada fue símbolo durante muchos años de todos los niños que sufrían guerras en este mundo, acaso hoy lo sigue siendo, al menos lo era hasta que le conocimos el nuevo rostro que el tiempo le concedió 18 años después. La foto fue tomada por el reportero del National Geographic Steve McCurry, que estaba haciendo un reportaje sobre los refugiados de un pueblo afgano después de que éste fuera bombardeado por los soviéticos. McCurry buscaba un reportaje que impactase en las pupilas de los muchos lectores del mundo desarrollado que iban a leer la revista, buscaba la ‘foto’ como hacen todos los fotoperiodistas del mundo. La ‘foto’ que no necesita ir acompañada de ninguna palabra para ser entendida.

Han transcurrido más de veinte años y su rostro sigue conmocionando como entonces lo hizo. Sus ojos se han clavado en la retina de todo el mundo, porque se ha convertido en todo un icono de los padecimientos de la guerra en el cuerpo de civiles y porque es, probablemente, una de las portadas más famosas de la historia de la humanidad.

Entonces, en junio de 1984, en el campo de refugiados paquistaní de Nasir Bagh, en Peshawar, McCurry quedó impresionado por la mirada desafiante de una niña que, con calma, miraba la lente del fotógrafo. Steve sólo anotó su edad, ‘doce años’, lo único que compartió con la niña, salvo aquella pertinaz mirada cargada de preguntas. Sólo la edad, y luego el silencio. Ella, la niña, nunca supo que un año después sus ojos iban a convertirse en la inolvidable portada de una de las revistas más importantes del mundo. No lo sabría en dieciocho años, el mismo tiempo que a McCurry le llevó conocer el nombre de su improvisada modelo.

El fotógrafo supo entonces que había hecho un gran trabajo, pero no se conformó con eso. Desde la publicación de la fotografía -y más después de comprobar su enorme repercusión- McCurry comenzó a acariciar la posibilidad de encontrarla de nuevo. Al principio no se movió mucho para cumplir este empeño, más preocupado por seguir trabajando que en llevar a cabo una búsqueda que se antojaba complicada.

Pero tuvo un golpe de suerte. Pasados unos años desde la primera publicación, la propia revista para la que había hecho la famosa foto, le pide que haga una segunda: que busque a la niña y cuente qué pudo haber sido de ella. McCurry se pone manos a la obra y llega de nuevo a aquel campamento de refugiados en el que diecisiete años antes hiciera su famosa foto justo cuando el campo va a ser clausurado. Es la última oportunidad del fotógrafo para, al menos, conocer el nombre de la niña a la que hizo tan famosa.

Las pesquisas se hacen interminables, se hace acompañar de un famoso periodista pakistaní llamado Rahimullah, pero al principio todas las pistas se convierten en humo: mujeres con un sorprendente parecido físico, rumores de que falleció a los trece años de edad a causa del parto de su primer hijo, que es modelo o profesora de inglés de los hijos de Bin Laden y que, por consiguiente está en bsuca y captura por la CIA… con la moral por los suelos, McCurry regresa a USA, pero deja a Rahimullah al cargo de la investigación. Entonces las cosas mejoran: Rahimullah encuentra a un hombre que asegura ser el hermano de la muchacha de la foto, así que junto a Boyd Matson, compañero de McCurry, se presentan en su casa. Afortunadamente logran obtener el permiso del marido y de sus tres hermanos para hablar con ella y verla, pero con el rostro oculto tras un velo.

Ya tienen, al menos, su nombre: Sharbat Gula. La periodista Carrie Regan, encargada de hablar con ella y hacerle unas fotos, dijo de su entrevista con la refugiada que pertenecía a la etnia pastún, casada y con tres hijas, Robina, Zahida, y Alia (una más se le murió siendo muy pequeña). Se desconocía su año de nacimiento, pero calculaba que tenía alrededor de 30 años. El enigma se había resuelto satisfactoriamente. Las fotos que le hicieron se mandaron a ser contrastadas con la más alta tecnología, de la que se usa en los aeropuertos, que consiste en reconocer a las personas por el iris del ojo. Los resultados confirman que Shartat y la niña de la portada tienen los mismos ojos en un 99,9%.

McCurry vuela de inmediato al pueblo de la mujer y se reencuentra con ella. Ya no es un niña huérfana que mira al mundo con cierto desafio. Ahora es una mujer escondida tras un burka, es una mujer islámica aplastada por el peso de sus escasos 30 años, es casi anciana pese a su juventud. Sus ojos, su rostro sólo reflejan una vida que no ha debido ser muy buena. El fotógrafo y su musa hablan, el reencuentro emociona tanto a Steve que habla sin parar de lo que ha supuesto la foto de Shartab en el mundo, cosa que ella, por supuesto, desconocí hasta el momento mismo en el que tocaron a su puerta aquellos extraños.

McCurry pide permiso para volver a fotografiarla. Quiere mostrarle al mundo lo que al vida le ha hecho a su niña. Quiere enseñarla, quiere que todos sepan que continúa viva y cómo le va, qué aspecto tiene, qué tiene que contar. El reportaje se publica en Nacional Geographic en marzo de 2003, siendo un éxito como lo fue le primero, publicado dieciocho años atrás.

La revista, además, va más allá y crea una fundación en honor a la protagonista de su portada más célebre, un fondo especial de ayuda al desarrollo y creación de oportunidades educativas para las niñas y mujeres afganas. Además, le reportó a Shartab todo el dinero derivado de los derechos de imagen por los 18 años de reproducciones de su rostro. La historia tuvo un final ¿feliz?

El autor
STEVE McCURRY

Nació en 1950 en Philadelphia y desde siempre supo que quería dedicarse a la fotografía, demostrando un talento especial para el retrato emotivo en color, buena prueba de lo cual es su famosa foto ‘Chica de ojos verdes’, portada más recordada del Nacional Geographic. Ha cubierto muchos conflictos a lo largo de su carrera, demostrando sus excelentes cualidades para el fotoperiodismo: La Guerra de Irán-Irák, Beirut, Camboya, Filipinas, la Guerra del Golfo y una continuada cobertura de los conflictos en Afganistán. Sus trabajos han sido publicados por las revistas y rotativos más prestigiosos del mundo.

Su marca de calidad siempre ha sido mostrar el carácter humano de los conflictos, con fotos cercanas y llenas de sensaciones, usando casi siempre el color para enseñar la verdadera cara de la realidad.

La carrera de McCurry empezó a despuntar cuando, con apenas 30 años se desplazó a la zona de la frontera entre Paquistán y Afganistán, disfrazado con el traje tradicional paquistaní, una zona sumamente peligrosa y controlada por rebeldes. La época fue justo después de la invasión rusa de esos territorios y lo que menos querían los soviéticos eran periodistas husmeando por allí. Por eso, McCurry se había cosido los carretes a la ropa y llevaba bien oculta su cámara de fotos.

Cuando sus fotos vieron la luz, se convertían en las primeras imágenes de ese conflicto en hacerse públicas y su osadía y bravura, le hicieron merecer la Medalla de Oro Robert Capa al Mejor Reportaje Fotográfico en el Extranjero, un premio que reconoce la labor de los mejores fotógrafos en situaciones de riesgo excepcional. Una de esas fotos le dio fama internacional de manera sobresaliente, la que eligió la revista National Geographic para ilustrar su portada en junio de 1984.

Gracias a esta prodigiosa foto, McCurry adquirió fama en todo el mundo. Años después, el fotógrafo se propuso encontrar a la mujer de la foto, lo que logró tras muchas pesquisas.

Actualmente, Steve McCurry vive en Nueva York y ofrece sus sabiso conocimientos en varios talleres de fotografía en los que muestra todos sus conocimientos y su forma de trasmitir a través de la lente.

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Lo que cuentan las imágnes. Crónica Social. 'VJ day in Times Square'

Foto: VJ day in Times Square (Beso del marinero y la enfermera)
Autor: Alfred Eisenstaedt (Life Magazine)
Lugar y fecha: Times Square (Nueva York), 14 de agosto de 1945
Categoría: Fotoperiodismo / Sociedad (II Guerra Mundial)
Distinciones: Portada Life (agosto 1945)

Si en su día la foto que inmortalizó el izado de la bandera de Iwo Jima significó para el mundo (o más bien para los Estados Unidos) el fin de la guerra en forma de esperanzadora victoria, esta foto no es menos digna de tal simbología, pero esta vez de verdad. La foto de Iwo Jima fue, en cierto modo, una farsa, porque la guerra aún estaba a varios meses de su conclusión y su famoso izado sólo hizo que la gente creyera algo que no era cierto.

Esta foto que hoy nos ocupa, ‘VJ day in Times Square’, es una foto de victoria y esperanza en toda regla. Aquí la guerra sí ha terminado. La sangrienta, cruel, devastadora y dantesca II Guerra Mundial ha sido concluida. Y la alegría, esta vez real, desatada e impulsiva, es lo que se ve al mirar esta imagen que ha pasado a la historia como eso precisamente: como el ataque más sincero de una alegría largamente deseada. Y lo de impulsiva lo digo al pie de la letra: en un súbito arranque de alegría, un soldado toma entre sus brazos a una sorprendida (y desconocida) enfermera en plena, festiva y abarrotada Times Square y le da un apasionadísimo beso en los labios fruto de la euforia más desenfrenada. Las calles estallan de júbilo a su alrededor, la magia lo impregna todo y un fotógrafo avezado está presto al disparo instantáneo de su cámara. La magia hace el resto y la imagen es ya parte de la historia del hombre del siglo XX. Así se le mostró al mundo cómo USA celebraba la victoria de su ejército sobre las tropas de Japón.

El fotógrafo era Alfred Eisenstaedt, pero ¿quiénes fueron los protagonistas de tan apasionado momento? Durante muchísimos años su identidad ha sido un auténtico misterio, al menos hasta que en el año 1979 una mujer, de nombre Edith Shain, asegura ser la enfermera besada (dice del beso que duró como siete segundos, fue cálido y no uno de los mejores de su vida). La imagen, publicada en la revista Life en 1945, había llegado entonces a sus manos, pero había mantenido su identidad oculta porque aseguró sentir “algo de vergüenza”… daros cuenta del momento exacto de la toma de la foto, esa sociedad del ‘American Way of Life’ (si habéis visto Pleasantville sabréis a qué me quiero referir)… entended a la buena de Edith.

“El muchacho me agarró, yo cerré los ojos y… después me dejó sola y yo me marché”. Asegura ella, echando por tierra las románticas ideas de quienes se esperaban una tórrida historia de amor y desencuentros tras aquel pasional beso. “Por supuesto que le dejé besarme, porque había estado en la guerra, luchando por todos nosotros, y realmente me sentí feliz de hacerlo”, afirma ahora sin remilgos la enfermera que entonces contaba con 26 lozanos años.

Desde 1979 la deuda de Edith con la sociedad está saldada. Hasta el propio Eisenstaedt asegura que, efectivamente, la hermosa enfermera que es tomada en un arranque de efusividad y llevada directamente al éxtasis de un beso lleno de victoria y alegría, es Edith Shain, y eso que otras dos mujeres aseguraron también ser ‘ELLA’. Hoy, esta buena mujer ronda los noventa y vive en la otra punta del país -California-, donde disfruta de su jubilación de maestra de escuela, sus nietos y sus retacitos de gloria. Se la pudo ver, no obstante, hace un par de años, inaugurando una estatua de J. Seward Johnson (llamada ‘Rendición incondicional’) que, de nuevo, la inmortalizaba como símbolo supremo de la alegría desbocada tras la guerra, en esa misma Times Square que vio el famoso beso en versión original sesenta años atrás.

La identidad del apasionado marinero es ya otro cantar. Y es que no han sido tres los hombres que han asegurado ser ese arquetipo de la victoria aliada, sino 11 los antiguos miembros de la marina de los Estados Unidos quienes pretenden tener el honor de haber sostenido en sus brazos a Edith el día de la esperada victoria. Son, entre otros, el policía retirado Carl Muscarello y el pescadero de Rhode Island George Mendosa (que hasta demandó a la revista Life). Aunque ninguno de los dos ha podido hacerse con tal honor, la pugna continúa.

Muscarello, tan anciano como Edith, lleva años firmando autógrafos como protagonista de la foto y rememora aquel momento siempre que pilla a alguna desprevenida ‘enfermera’, siempre entre risas y acompañado por un sorprendente buen humor. Mendosa, denuncia a Life mediante, ha llegado a recurrir a las más modernas tecnologías para demostrar que su hoy ajado rostro de 84 años, es el de aquel jovenzuelo marinero en plena efervescencia desbocada. Pero es difícil lograr dilucidar esta cuestión pasado tanto tiempo, porque es cierto que no se le ve muy bien el rostro al soldado y, todos los reconocen, hubo cientos de avispados marineros que sembraron mil besos en mejillas y labios de bellas y exultantes enfermeras ese loco día de alegría. Muchos de ellos no fueron fotografiados o, si lo fueron, nunca llegaron a saberlo. Ellos dos, como otros muchos, borrachos y presos de la euforia tomaron las calles de Nueva York, para celebrar con alegría el final de muchos meses de guerra y allí, entre bastidores, donde se mueven los que pasan desapercibidos, estaba Alfred Eisenstaedt, genial fotógrafo de crónica social, que aquel día consiguió su trabajo más reconocido.

El autor
ALFRED EISENSTADT

Hijo del antiguo y ya estinto Imperio Prusiano, Alfred Eisenstaedt vivió 97 largos y productivos años, antes de fallecer en su patria de adopción, Estados Unidos, en 1997. Gran maestro en el uso del encuadre y la luz, su obra fotográfica es toda una crónica del siglo XX, siglo que vivió y trabajó al máximo, porque hasta sus últimos días estuvo al pie del cañón.

Desde muy joven se siente atraído por este nuevo arte que empieza a vivir sus primeros años de esplendor con la entrada de la década de 1910. A los 14 años, Eisenstaedt recibe su primera cámara, regalo de un tío suyo, y la magia surge al instante, hay química entre hombre y máquina, y el maestro se pone manos a la obra. Según avanza su vida comienza a descubrir el complejo manejo de la luz como elemento fundamental de la fotografía, estudio que ha de abandonar durante unos años como consecuencia de su participación activa en la I Guerra Mundial.

Es 1927 un año fundamental en la vida de Alfred Eisenstaedt. Vende su primera fotografía a una publicación y se plantea seriamente que puede dedicarse profesionalmente a ello, cosa que ahce trabajando de fre-lance en Berlín y otros países europeos. Unos años después toma una decisión trascendental: compra una Rolleiflex y emigra a Estados Unidos, convirtiéndose en ciudadano americano y pasando a entrar a formar parte de la amplia plantilla de Life Magazine.
Para esta importante publicación norteamericana, Eisenstadt hace sus mejores fotografía, sobre todo la más celebrada ‘VJ day en Times Square’, que se convierte en una de las portadas más famosas de la mítica revista. Pero no la única, porque este hombre llegó a conseguir más de noventa portadas de Life y en esa publicación llegaron a sacar más de diez mil imágenes suyas.

Si hay que definir el trabajo de este magnífico artista, podríamos decir que el binomio humildad y humanidad se conjugaban perfectamente en todos sus trabajos, llegando a fotografiar a numerosos personajes de la vida pública, así como situaciones de diferente complejidad. Trabajador incansable hasta bien entrados los noventa años, este hombre pasará a la historia como un referente de la fotografía, el fotoperiodismo y el buen saber hacer.
Actualmente, uno de los premios más prestigiosos de la fotografía mundial lleva su nombre.

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Lo que cuentan las imágenes. Retratos con historia. Guerrillero Heroico

Foto: Guerrillero Heroico
Autor: Alberto Korda
Lugar y fecha: La Habana (Cuba), 5 de marzo de 1960
Categoría: Retrato
Distinciones: Primer premio Foto Histórica de la revista Revolución y Cultura

Es, sin lugar a dudas, una de las fotografías más famosas de la historia y, desde luego, es el retrato más reproducido del siglo XX.

La historia de la fotografía, del nacimiento de esta imagen, es más bien sosa y simple: el 5 de marzo de 1960 se celebran los funerales de 136 personas que han muerto en una explosión del ‘Coubre’, un barco francés cargado de municiones y que estaba atracado en el puerto de La Habana. Fidel Castro acude a este acto donde interviene pronunciando un duro discurso contra Estados Unidos, a los que acusa de ser los autores materiales de esa tremenda y mortífera explosión.

Por allí anda Alberto Korda, fotógrafo del diario cubano ‘Revolución’, cubriendo la noticia y sacando fotos de los funerales que ilustrarán la noticia en el rotativo para el que trabaja. Sabe que la gran estrella del día es Castro y le saca multitud de fotos como corresponde a su importancia, pero no se olvida de fotografiar al ministro de Gobierno de Castro, Ernesto Che Guevara, que hace una breve intervención. Apenas son dos fotografías ) “una de ellas particularmente buena”, en opinión del propio fotógrafo. Pero los responsables del periódico desechan las fotos del Che y se centran en el gran protagonista del acto... el retrato más famoso de la historia se veía relegado a la oscuridad, pero Korda guardó los negativos.

Siete años más tarde muere Ernesto Guevara en Bolivia, convirtiéndose en héroes y mártir de la revolución. La foto de Korda vuelve a la actualidad, empieza a usarse el rostro del comandante y trasciende los límites de Latinoamérica con asombrosa facilidad.

Es entonces cuando pasa de ser un retrato conocido a ser la imagen misma de la ‘revolución’: durante las protestas y disturbios de mayo del 68, ‘la revolución social más importante del siglo XX’, la imagen del Che que Korda tomó en un mitin ocho años antes, se impone como icono gráfico de esa desobediencia social que recorre toda Europa. Empiezan la reproducir la imagen en posters, camisetas, carteles, banderas... Che se convierte en un ‘icono pop de izquierdas’, simbolizando una rebeldía contra lo establecido a la que muchos jóvenes de entonces se adhieren al momento.

Dice Manuel Talens: “En 1968, durante el Mayo Francés, uno de los legendarios pasajeros del Granma, ejecutado poco antes en la selva boliviana, alcanzó el rango de mito universal hasta entonces destinado a las estrellas de Hollywood, convirtiéndose en un santo laico al conjuro de miles de jóvenes que reivindicaban su imagen por las calles de París mostrando una fotografía, en la que su rostro austero, enmarcado por cabellos al viento y boina negra con estrella de comandante, miraba al infinito. Era Ernesto Guevara de la Serna, médico argentino y soldado cubano de adopción, más conocido como el Che Guevara”.

Durante las décadas de los ochenta y noventa, la popularidad de la foto continúa de completa actualidad para una generación que sabía poco o nada acerca de la persona o la postura ideológica del hombre detrás del retrato. La imagen apareció en productos de prestigiosas marcas de cervezas, vodka, relojes y ropa, e incluso tatuada en el vientre del boxeador Mike Tyson.

Hoy sigue manteniendo intacta en la memoria a aquel guerrillero que prefirió morir de pie a vivir de rodillas, joven, idealista y perfecto revolucionario social.

El AUTOR
Alberto Korda

Nació con el poco artístico nombre de Alberto Díaz Gutierrez en el año 1927, en La Habana, e iría a morir en mayo de 2001, en pleno proceso creativo, mientras supervisaba una exposición en París. Entre tanto, una vida cargada de creatividad y toque, que consiguió sacar el máximo partido a todas las cámaras de fotos que tocó.

Es cierto que su foto del Che le eclipsó, pero Alberto Korda fue mucho más que el hombre que sacó ese retrato, el más reproducido de la historia. Decía que se inició en la fotografía por amor, que a los 16 años se enamoró de la que sería su primera novia, Yolanda, y que en una casa de empeños consiguió una KODAK 35 con la que le haría a su amada sus primeras tomas.

Nacía así una poderosas y fructífera relación con la fotografía de la que ya nunca se iba a separar.

Junto a Luis Pierce (Luis Korda) fundó los estudios Korda en cual trabajó entre 1953 y 1968, en los que realizaban toda especie de trabajos comerciales. Con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, trabajó para el Revolución y acompañó a Fidel Castro como fotógrafo en distintos recorridos que el líder cubano realizaba en esos años.

Su obra fotográfica se ha expuesto en las principales galerías del continente europeo y en América. Aunque la sombra del la foto Guerrillero Heroico muchas veces ha eclipsado el resto de su magnífico trabajo.

Me recuerda Patri que este artículo, en su nacimiento, iba dedicado a su persona. Pues aunque la casa haya cambiado, la dedicatoria permanece. Es tuyo, flamenka.

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Los que cuentan las imágenes. Historias de la guerra. 'Raising the flag on Iwa Jima'

Hay muchas imágenes cuya fuerza visual es indiscutible y también hay imágenes que, con su enorme carga simbólica, tienen fuerza no sólo de la visual, sino de la que se transforma en poder. Este es el caso de la primera foto de este blog-álbum, donde se recogerán las fotografías más importantes de la historia de la imagen…

Foto: Raising the flag on Iwo Jima (Izando la bandera en Iwo Jima)
Autor: Joe Rosenthal (The Associated Press)
Lugar y fecha: Monte Suribachi, Iwo Jima (archipiélago Ogasawara), 23 de febrero de 1945
Categoría: Fotoperiodismo / Fotografía de Guerra (II Guerra Mundial)
Distinciones: Premio Pulitzer

La historia de esta fotografía ha sido recientemente contada por Clint Eastwood en su fantástica ‘Banderas de nuestros padres’, pero para el que la desconozca, allá va:

En febrero de 1945 la guerra está en su momento más cruento. Quedan por desarrollarse algunos episodios decisivos (Toma de Berlín, Bomba atómica…) y queda por tomar una pequeña isla en el Pacífico: Iwo Jima (‘Isla de Azufre’), donde más de 20.000 japoneses han hecho fuerte y de cuya caída depende la supremacía de los aliados en el Pacífico.

En esta fecha se planea la ofensiva y se lleva a cabo. Cientos de barcos y aviones se preparan para el ataque: casi 30.000 soldados pretenden tomar la isla de Iwo Jima. La batalla por tomar la isla es cruel y larga (más de un mes), pero lo peor son las primeras horas. Como ocurriera en Normandía unos meses antes, el desembarco es sangriento y hay numerosas bajas en ambos bandos. Cinco días después continúa la contienda (que habría de durar más de un mes), pero los americanos se atreven a coronar el monte Suribachi al pie del que han desembarcado. Los soldados suben los 600 metros de monte y ondean su bandera. Los protagonistas de la hazaña -Hank hansen, Boots Thomas, John Bradley, Phil Ward, Jim Michaels y Check Lindberg- son vitoreados por el resto de sus compañeros, incluido el secretario de la Marina James Forrestal, que acaba de desembarcar en la playa y que pide la bandera como recuerdo.

Un segundo grupo sube el monte, incluido Joe Rosenthal, que se cruza con su colega Lowery, que había sacado una foto a los chicos izando la bandera, aunque nada espectacular. En este segundo grupo va Rene Gagnon que trae una bandera para cambiar la puesta, para evitar que la primera se la lleve el ‘caprichoso’ Forrestal. Buscan un palo, ponen la bandera, Rosenthal dispara su Speed Graphic y obtiene una de las ftografías más importantes de la historia bélica. Los protagonistas del segundo izado son Rene Gagnon, John ‘Doc’ Bradley, Michael Strank, Harlon Block, Ira Hayes, y Franklin Sousley (sólo Bradley repite en ambos izados), que se convertirán en héroes desde ese mismo instante.

La foto es enviada por Rosehthal a la Associated Press, para la que trabaja y rápidamente se extiende por las primeras planas de los diarios de medio mundo, convirtiendo esa instantánea y a sus protagonistas en absolutas celebridades, sobre todo en USA. El gobierno de los Estados Unidos los recluta para su campaña de venta de bonos de guerra, aunque para cuando el requerimiento llega a Iwo Jima (que continúa en guerra), Strank, Block y Sousley han muerto. Durante los siguientes meses los tres ‘héroes’ recorren todos los Estados, mientras se discute sobre si la foto fue un pasado o si de verdad fue fruto de los acontecimientos. Sea como fuere, la fotografía entró a formar parte de la historia, sus protagonistas se convirtieron en iconos del ‘American Way of Life’ y Rosenthal se llevó el Pulitzer por su gran trabajo en una guerra que se alegró de dejar atrás.

El autor
JOE ROSENTHAL

El 20 de agosto moría Joe Rosenthal (1911-2006), el autor de la fotografía ‘Raising the flag on Iwo Jima’, un icono de la historia de la fotografía bélica del siglo XX. Rosenthal tenía 95 años y dedicó toda su vida laboral al fotoperiodismo, siempre cargado con sus cámaras y su visión y peripecia para apretar el disparador en el momento justo.

Sus primeros trabajos los hizo para un periódico de San Francisco, en los años 30, donde fue primero redactor y más tarde fotógrafo. Posteriormente su experiencia laboral se amplió con la colaboración con varios medios de comunicación y agencias de noticias, hasta recalar en al Associated Press, con la que cubrió la Segunda Guerra Mundial. Acabada la guerra Joe Rosenthal entró a trabajar para el San Francisco Chronicle, en el que estaría 35 años

Sin duda su mayor aportación a la historia de la fotografía fue la foto de los marines americanos colocando la bandera en lo alto del monte Suribachi, foto por la que, además, recibió el premio Pulitzer. Esa imagen dio la vuelta al mundo y hoy es una de las más reconocidas. En 1999, esta imagen ocupó el lugar 68 en la lista de las cien mejores fotografías de la historia del periodismo gráfico, elaborada por la Universidad de Nueva York.

Rosenthal siempre se opuso a los rumores sobre si la foto había sido retocada, posada o falseada, defendiendo siempre la veracidad de su trabajo en Iwo Jima. A pesar de la repercusión mundial e histórica de la imagen, con esta fotografía el autor no ganó mucho dinero: un bono de 4.200 dólares que le fue otorgado por la Associated Press y un premio de 1.000 dólares entregado por una publicación. Rosenthal solía decir que este hecho no le importaba, que se conformaba con haber salido vivo de la guerra.