Situada en los límites entre las provincias de León y Lugo, Los Ancares es una de esas zonas que no es posible que pase desapercibida. La vida en ella transcurre vinculada inseparablemente al difícil y frondoso paisaje que la define: valles inmensos con vistas revitalizadoras, cumbres míticas, fuertes pendientes, cientos de riachuelos y una riqueza forestal sin igual. Todo ello, salpicado por innumerables núcleos de población, pequeñas aldeas que conservan el sabor tradicional de antaño y que están estructuradas en torno a cinco ayuntamientos o concejos.
Tradicionalmente enmarcados dentro de la comarca berciana, Los Ancares conservan muchas características propias que les convierten en una región única y diferenciada. Esta es, sin duda, una comarca mítica y sorprendente, cuya principal ventaja ha sido siempre el olvido en el que ha estado sumida, la lejanía de sus encalves y la autenticidad no contaminada de sus numerosas y ancestrales tradiciones y formas de vida.
La arquitectura popular, el agreste paisaje, los restos históricos, las escenas y el ritmo de la vida rural hacen de Los Ancares, no sólo una reserva natural de excelentes condiciones para vivir la naturaleza en plenitud, sino también un espacio incomparable para experimentar el valor de los auténtico. Sus cumbres son las más antiguas de la península y están declaradas Reserva Nacional. Y sus valles -de Ancares, Fornela, Burbia y Balboa- son profundos entre las montañas, surcados por numerosos cursos de agua.
Estos valles, aislados del mundo hasta hace dos décadas (Las carreteras, el teléfono, la luz… son lujos de reciente aparición), atrapan en sus paisajes las formas de vida de sus antepasados, conservándolas como algo absolutamente natural. Aún miman sus pallozas, donde se desarrollaban los días de los ancareses hasta hace relativamente poco tiempo.
Su pobreza y aislamiento han permitido que esté rodeada de un espacio natural poblado por tejos y bosques de robles, abedules, castaños… todos ellos regados por los ríos Ortigal, Piornedo y Moreira. La dureza del paisaje montañoso contrasta con la verde tonalidad de sus valles: aquí puede escucharse el famoso canto del urogallo o encontrarse algunos ejemplares de perdiz pardilla, jabalí, corzo, gamo, lobo o incluso observar algún enorme oso pardo, especie en peligro de extinción.
Son también proverbiales sus fuentes y manantiales, que pueblan y riegan los suelos de los valles de Ancares y Fornela. Se dice que hay hasta 33 fuentes y manantiales en este hermoso territorio, concentrando toda la belleza de las cascadas y los saltos de agua más hermosos de la comarca. Desde las fuentes medicinales de Fumeixin o Peñarrubia, famosas por su valor terapéutico, hasta la fuente de Fombasallá, próxima a la ermita del mismo nombre, en una situación que permite contemplar una amplia panorámica de la hoya del Bierzo o la fuente de San Lázaro, al pie de la Ruta Jacobea.
Una rita etnografía
La especial situación geográfica de la comarca y su orografía han marcado de un estilo arcaico la vida ancaresa. Las formas tradicionales y artesanales se han mantenido apenas inalterables a lo largo de los siglos, llegando apenas sin cambios a nuestros días. Hoy, todavía pueden admirarse numerosos objetos que, lejos de su aspecto rústico y arcaico, son de especial interés para el visitante que se adentra en esta bella zona leonesa, si lo que se busca son formas de vida que han sobrevivido al paso de los años y a los avances de la modernidad.
Cada 15 de agosto el valle celebra su gran romería en el Santuario de Nuestra Señora de Trascastro. Los pueblos de Peranzanes, Trascastro, Chano y Guímara son los protagonistas de una jornada llena de encanto costumbrista, donde el ritual de las danzas ancestrales alegra a cuantos se acercan a contemplarlas.
Se conservan cuentos y leyendas de antiguas raíces, de los más arcaicos de la provincia. Muchos de ellos están protagonizados por duendes, trasgos, ñubeiros, licántropos, lobishomes… a todo ello se unen los antiguos recuerdos de aquelarres, donde se reunían multitud de brujas, o toda la fantasía mítica que ha generado el saber popular acerca de los restos de estelas y poblaciones atribuidas a los celtas o a los pueblos que, anteriores a estos, habitaron estas tierras. Son, en su mayoría, historias fantásticas, pero que reflejan con detenimiento el modo de vivir y de concebir el mundo tan particular de las gentes de Los Ancares.
Las pallozas
La vida ancestral de los habitantes de los valles ancareses giraba en torno a las pallozas, viviendas tradicionales de piedra, madera y paja. Cuentan que ya existía este tipo de construcciones en la época prerromana y su origen es consecuencia directa del precario modo de vida vigente en estas zonas durante siglos. Son edificaciones realmente imaginativas, ya que consiguen aprovechar tanto el desnivel del terreno para el vertido de aguas residuales, como la orientación adecuada al sol, para captar el más mínimo rayo de luz. Su estructura presenta planta oval, circular o elíptica, con techo denominado entre los lugareños ‘teito’, que no es más que paja de centeno majada, no trillada, golpeada hasta desgranarla sin partirla. En las pallozas convivían familias y ganado, los cuales proporcionaban el calor necesario para calentar la palloza en invierno. Algunos pueblos de la zona conservan pallozas con decenios de antigüedad a sus espaldas –la única habitada hoy en día está localizada en Balouta-, que conviven junto a otro tipo de edificaciones tradicionales como molinos de agua al lado de los numerosos riachuelos, hórreos que servían como despensa en tiempos ancestrales y que tienen su origen en los palafitos prehistóricos o curiosos colmenares, construcciones circulares de piedra que protegían las colmenas en los troncos de los árboles de los osos.